¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 51 #2
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CAPÍTULO 51 #2

—Estupendo. Tengo que volver volando al trabajo ahora mismo antes de que Aitana, que es la Directora del resort, me eche los perros. Te escribo un mensaje en cuanto consiga escaparme.

—Sin problema. Por aquí estaré. Mi número es el de siempre.

Y así, sin más preámbulos ni explicaciones, Valentina da media vuelta sobre sus tacones y desaparece, abandonándome a mi suerte en mitad del hall . Traicionándome vilmente, en cierto modo. Dejándome completamente a solas con la exnovia tóxica de una de mis mejores amigas.

Lucía vuelve a dirigir sus pasos hacia el mostrador de recepción, pero al notar mi presencia estática, se gira hacia mí con una determinación absoluta en esos ojos ámbar que tiene.

—Marta, ya que trabajas aquí... Necesito que me ayudes a encontrar a Clara Serra. Es compañera tuya. Es urgente.

En ese preciso instante, como un flash mental, recuerdo todas y cada una de las conversaciones que tuve con Clara en el pasado, sus confesiones rotas por las lágrimas, lo mal que lo pasó la pobre con la ruptura y cómo le costó salir del pozo.

De golpe, la mujer despampanante y sofisticada que tengo delante de las narices se transforma ante mis ojos en un monstruo.

Sin embargo, haciendo de tripas corazón y tirando de mi manual de atención al cliente, adopto mi sonrisa más profesional, gélida y cortés.

—Me temo que hoy va a ser del todo imposible que la encuentres en las instalaciones del resort, Lucía. Lo siento.

Ella ladea la cabeza mirándome fijamente, sorprendida por mi respuesta tajante.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué, si puede saberse?

—Porque hoy es su día libre —le explico manteniendo una calma aparente que no siento por dentro—.

Y cuando Clara libra, suele aprovechar las primeras horas de la mañana para perderse en kayak por las calas de la costa o simplemente para desconectar bien lejos de este complejo. No la vas a localizar.

La sombra de la decepción aparece de forma clara en sus facciones perfectas; es solo un instante fugaz, pero mis ojos de terapeuta la cazan al vuelo. Sus hombros perfectos se tensan sutilmente bajo la ropa de marca.

—Vaya… Entiendo la situación —suelta Lucía guardando silencio durante unos segundos interminables, pensativa. Luego vuelve a observarme con muchísima más atención, entornando los ojos como si acabara de tomar una decisión estratégica de lo más osada—. Dime una cosa, Marta... ¿Tú la conoces bien?

La pregunta me hace esbozar una sonrisa cargada de una ironía interna de lo más punzante. ¡Que si la conozco!

—Sí, la conozco bastante bien, la verdad. Somos muy buenas amigas y compartimos confidencias a diario.

Los ojos de Lucía brillan de golpe con un interés renovado y bastante descarado.

—¿Muy buenas amigas? —insiste dando un paso al frente, acortando la distancia física entre las dos hasta el punto de que puedo oler su perfume a rosas.

—Lo suficientemente buenas como para saber con total certeza que a Clara no le gustan absolutamente nada las sorpresas que vengan del pasado —le respondo con una suavidad extrema en el tono, pero con una firmeza que no admite equívocos.

Ella asiente lentamente con la cabeza, asimilando el golpe de mis palabras sin perder la compostura.

Se apoya con sensualidad en el mostrador de mármol y baja notablemente el tono de su voz, arrastrándola hacia un terreno mucho más íntimo, como si estuviéramos compartiendo un secreto de Estado en mitad de la recepción.

—Ya veo por dónde vas, Marta... Entiendo perfectamente que de entrada no me tengas demasiada simpatía por lo que te haya podido contar ella.

—Yo no te conozco de nada, Lucía, ni juzgo a la gente a la primera —le aclaro cruzándome de brazos de forma defensiva—, pero a Clara sí la conozco y me preocupa su bienestar emocional.

Esa chica ha trabajado muy duro y ha sudado sangre para reconstruir su vida desde cero aquí en Altea. No necesita desestabilizarse.

Lucía deja escapar un suspiro hondo y se pasa una mano fina por el cabello rojizo, denotando un cansancio real.

—Te aseguro que no he viajado hasta este resort para hacerle daño de nuevo, Marta. Solo… necesito hablar con ella. Hay demasiadas cosas importantes que se quedaron pendientes y que merecen un cierre. He cambiado mucho en este tiempo, de verdad.

Antes de que mi cerebro pueda articular una respuesta coherente y defensiva, Lucía se vuelve hacia el mostrador, toma un bolígrafo de la cubeta con un gesto decidido y, sin pedirme permiso, me coge suavemente de la mano derecha.

Mi cerebro se queda completamente en blanco y deja de funcionar durante unos segundos que me parecen una eternidad cósmica.

Porque no me lo esperaba en absoluto. Porque el contacto de su piel con la mía es ardiente, porque sus dedos largos son de una suavidad increíble y porque esos ojos suyos tan imposibles siguen clavados y anclados en los míos mientras empieza a escribir con cuidado sobre el dorso de mi mano.

Siento el roce frío y continuo de cada trazo de la tinta sobre mi piel, la ligera pero firme presión de su dedo pulgar sosteniendo mi muñeca con una posesión que me pone los vellos de punta.

Un calor traicionero y de lo más desconcertante empieza a subirme por todo el brazo directo al pecho.

Intento recordar por todos los medios que estoy muy enfadada con ella, que esta mujer hizo sufrir lo indecible a mi amiga Clara y que no debo bajar la guardia bajo ningún concepto.

Pero os prometo que tenerla tan cerca y oliendo así de bien no ayuda. En absoluto.

Cuando termina de escribir, me suelta la mano con una delicadeza extrema, rozando mis dedos al retirarse. Observo el dorso de mi mano: me ha pintado una fila de números con una caligrafía clara y elegante.

—Este es mi número de teléfono personal —me dice en un susurro bajo, manteniendo el contacto visual—. Haz el favor de dárselo a Clara en cuanto la veas. Y dile, por favor, que necesito hablar con ella. Solo hablar cinco minutos en cualquier cafetería. Nada más. Ella decide.

—Lucía… —empiezo a decir, dudando por primera vez en toda la mañana y sintiéndome un poco tonta.

Ella levanta una de sus manos, interrumpiéndome con una gentileza absoluta que me desarma los chacras.

—No te estoy pidiendo que me ayudes a convencerla ni que seas mi aliada, Marta. Solo te pido que seas buena compañera y le des a ella la oportunidad de decidir si quiere verme o no.

Su mirada se mantiene firme, desafiante y magnética. Permanecemos así, midiendo las fuerzas en mitad del vestíbulo durante unos instantes que se congelan, hasta que ella rompe el hechizo, recoge su bolso del mostrador y se lo cuelga del hombro.

—Muchas gracias por todo, Marta. Eres muy amable.

—Oye, que yo no te he prometido que se lo vaya a dar, que conste —le recuerdo a la defensiva, aunque mi voz suena muchísimo menos convencida y firme de lo que pretendía mi orgullo.

Una sonrisa sumamente divertida, casi tierna, aparece en sus labios carnosos al escucharme protestar.

—Lo sé perfectamente, Marta. Pero también sé con total certeza que terminarás haciéndolo. Clara te importa un montón, ¿a que sí? Se te nota en los ojos.

Y sin darme margen a réplica, da media vuelta y se dirige con paso firme y seguro hacia la zona de los ascensores de los clientes vip.

Yo me quedo allí plantada, observando cómo se marcha, principalmente porque necesito asegurarme de que realmente se sube a un taxi para salir corriendo en busca de Clara y contarle de inmediato lo que está pasando.

Porque mientras la veo desaparecer, tengo la absurda sensación de que la llegada de Lucía está a punto de complicar la existencia de muchas personas en este resort. Incluida la mía propia.