CAPÍTULO 51
MARTA
A veces, tengo la firme y absoluta convicción de que el universo entero se empeña en poner a prueba diariamente toda la paz interior, el zen y el control mental que una lleva cultivando a base de retiros espirituales durante años.
Y luego, está el momento exacto en el que directamente decide atropellarte con un camión de dieciocho ruedas sin importarle un pimiento tu namasté .
La mañana empieza de dulce. Muy bien, de hecho, con unas vibraciones altísimas.
El taller de yoga matutino es un éxito rotundo de asistencia.
Los huéspedes abandonan la sesión con los hombros relajados, unas sonrisas serenas y la firme convicción de que respirar profundamente por la nariz puede solucionar, al menos, la mitad de los problemas financieros y matrimoniales de su existencia.
Yo misma salgo de la sesión con esa agradable sensación de calma flotante que siempre me acompaña después de cada clase, como si el runrún del Mediterráneo se llevara consigo en cada ola parte del peso que a veces cargo en estricto silencio.
El mar brilla bajo el sol con una intensidad generosa, casi cegadora.
La brisa marina mece suavemente las hojas de las palmeras del jardín y, por un milagro divino de la providencia, hoy dispongo de unas horas libres en mi cuadrante.
Un auténtico hito histórico en este paraíso vacacional.
Mi único objetivo en la agenda ahora mismo consiste en localizar a Clara y arrastrarla conmigo para desayunar juntas unos cruasanes antes de que alguna emergencia de última hora nos arruine la mañana.
Porque mi Clara tiene un talento extraordinario y casi sobrenatural para desaparecer del mapa cuando menos te lo esperas, y porque, qué queréis que os diga, me apetece un montón verla y que me cuente qué fue lo que pasó ayer con las motos de agua.
Mientras atravieso el majestuoso vestíbulo principal del hotel, decorado con un gusto minimalista que cuesta un ojo de la cara, saludo con mi mejor sonrisa a varios botones y a algunos huéspedes habituales que ya forman parte de la fauna del resort.
Todo parece estar en su sitio, en perfecto equilibrio cósmico.
Hasta que noto una agitación inusual cerca del mostrador de mármol de la recepción.
No es que haya un barullo de mercado, qué va, en este hotel los escándalos se mascan en susurros de alta cuna, pero noto un cambio de energía drástico en el ambiente.
Como si alguien hubiera pegado un bofetón magnético alterando la vibra del lugar.
Clavo la mirada en el mostrador y al principio solo distingo la silueta de espaldas de una mujer alta, esbelta y con un cabello rojizo cortado a la altura de los hombros con un estilo impecable y de peluquería.
Lleva unas gafas de sol de Chanel sujetas con glamour sobre la cabeza y viste con esa sofisticación natural que llama la atención de todo el mundo que pase a su alrededor.
Incluso desde la distancia resulta materialmente imposible no fijarse en ella.
Hay personas que simplemente ocupan espacio físico en una habitación; luego están las que dominan el entorno con el mero hecho de poner un pie en el suelo.
Esta mujer pelirroja pertenece, de cabeza, al segundo grupo.
La observo unos segundos resguardada tras una columna de diseño.
Está hablando con la recepcionista de turno.
Parece estar buscando a alguien con insistencia y, cuanto más me acerco y la escucho, más firme y urgente se vuelve su tono de voz.
No es que sea maleducada ni agresiva, para nada, pero sí denota una autoridad innata, como si estuviera acostumbrada a que el mundo se mueva rápido cuando ella lo solicita.
Mi primera reacción como responsable de uno de los departamentos del resort, es acercarme a ver qué pasa.
Simple cortesía profesional y protocolo de atención al cliente.
Nada más, lo juro por mi esterilla de yoga.
Después de todo, si una visitante de alto nivel necesita asistencia, forma parte de nuestras competencias ofrecérsela con la mejor de nuestras caras.
Así que avanzo hacia la recepción con mi sonrisa más amable y zen grabada en el rostro, preparada para intervenir, para mediar o para solucionar cualquier incidencia hotelera.
Menos para esto. Para esto no me había preparado ningún gurú de la India.
Porque cuando estoy lo suficientemente cerca como para escuchar su voz aterciopelada con total claridad, el nombre que sale de sus labios pintados de rojo me hace clavar los pies en el suelo, deteniéndome en seco como si me hubiera golpeado un rayo.
—Estoy buscando a Clara Serra —le dice a la empleada, dándole unos toquecitos impacientes al mostrador con sus uñas perfectas—. Se encarga de la zona recreativa de mar y de las actividades acuáticas del resort. Soy...
No llega a terminar la frase de presentación porque en ese mismo instante, alguien aparece por el pasillo del ala de oficinas y la reconoce de inmediato, rompiendo la mística del momento.
—¿Lucía? —exclama Valentina con una mezcla de sorpresa mayúscula y una alegría que no se molesta en disimular lo más mínimo.
La recién llegada gira la cabeza con elegancia y una sonrisa auténtica, de esas que te iluminan las facciones, aparece en su rostro. En ese microsegundo me da un vuelco el corazón: sé perfectamente quién es, aunque mi mente en shock tarda un segundo en encajar las piezas del rompecabezas.
—¡Valentina! ¡No me lo puedo creer! —responde la pelirroja, abriendo los brazos en un gesto espontáneo y de lo más efusivo.
Durante unos segundos que a mí se me antojan eternos, ambas mujeres se observan y se abrazan con la efusividad propia de quienes no esperaban encontrarse en este rincón del Mediterráneo.
Yo permanezco allí plantada, inmóvil como una planta de decoración de la recepción, escuchando, procesando y atando cabos a velocidad de vértigo hasta que los ojos se me abren de golpe con un horror absoluto: Lucía.
La Lucía . La mismísima e innombrable Lucía de la que Clara apenas suelta prenda, la misma cuyo nombre siempre aparece rodeado de silencios incómodos, suspiros tristes y miradas que se desvían hacia el infinito.
La misma mujer despampanante que consiguió romperle el corazón en mil pedazos a mi amiga hace tiempo y mandarla a la otra punta del mapa a reconstruirse.
Ah. Fantástico. Maravilloso. Mi mañana de relax y meditación activa acaba de complicarse de una forma monumental.
Valentina ya se ha plantado junto a nosotras y lo siguiente que sucede en el mostrador resulta francamente irritante desde mi punto de vista, porque ambas se ponen a parlotear con esa animación y esa complicidad típica de quienes comparten un pasado común, haciendo que yo parezca un jarrón de la dinastía Ming, una palmera de plástico o un perchero especialmente atractivo pero invisible.
—Pero, ¿qué haces tú por tierras alicantinas, mujer? —pregunta Valentina, apoyando los codos en el mostrador con total familiaridad.
—Podría hacerte exactamente la misma pregunta —responde Lucía con una risa ligera, musical y de lo más sensual—. Aunque ya veo impecable que trabajas en este sitio tan impresionante.
—Exacto. Llevo solo unas semanas por aquí, me encargo de los informes de calidad del grupo hotelero —explica Valentina derrochando profesionalidad—. ¿Y tú qué? ¿Vienes de vacaciones a fundirte la tarjeta?
—Qué va. Asuntos pendientes de resolver —contesta Lucía, y su tono de voz se vuelve de repente un punto más grave, con un matiz que me pone la piel de gallina.
La respuesta es de un ambiguo que asusta y ambas parecen saber perfectamente de qué va el tema, porque intercambian una mirada extraña, cómplice, de esas que contienen muchísima más información confidencial de la que expresan las palabras.
Yo sigo allí metida, existiendo e intentando canalizar mi energía de forma positiva, más o menos, aunque ninguna de las dos parezca percatarse de mi presencia física.
Hasta que finalmente Valentina vuelve la cabeza de golpe y, por fin, parece acordarse de que sigo formando parte de la escena del vestíbulo.
—¡Ay, perdona, Marta! Qué maleducada —dice señalándome primero a mí con un gesto de la mano y luego hacia la pelirroja—.
Marta, te presento a Lucía Mirandés. Lucía, ella es Marta, la responsable de nuestra área de Wellness & Spa.
Te e aseguro que es la mejor terapeuta y masajista que tiene esta cadena en todo el país.
Nos observamos ahora sí, cara a cara, directamente y sin filtros de por medio.
Y durante una décima de segundo siento algo de lo más extraño en el estómago: una especie de corriente silenciosa, inesperada, incómoda y sumamente eléctrica.
Porque la tal Lucía tiene unos ojos impresionantes, de un color imposible de definir entre el verde oliva y el azul cielo, y porque me está clavando la mirada con la mismísima intensidad descarada con la que yo la estoy examinando a ella.
—Encantada, Marta —dice ella, extendiéndome la mano derecha con una naturalidad y una clase que me desarma las defensas zen.
—Igualmente, Lucía —respondo, estrechándole la mano para no quedar como una maleducada. Su contacto es firme, cálido y me pega una sacudida traicionera por el brazo que no me gusta ni un pelo.
No sé por qué demonios tengo que aclararme la garganta justo después de soltarla, ni por qué de repente me invade una sensación de incomodidad corporal que no tiene nada que ver con mis posturas de yoga.
Valentina consulta la hora de forma rápida en la pantalla de su móvil y deja escapar un suspiro de agobio.
—Oye, Lucía, ¿qué te parece si nos vemos para comer juntas más tarde? Tengo un millón de cosas pendientes que contarte.
Lucía sonríe de medio lado, y esa sonrisa pícara transforma sus facciones, volviéndola aún más atractiva, la muy ladina.
—Hecho. Me parece un plan perfecto.