CAPÍTULO 50 #3
Mi boca reemplaza a la pluma blanca. Empiezo a propinarle besos húmedos, mordiscos juguetones de los que dejan marca y lametones lentos que van subiendo de intensidad y altura cada vez más.
Con una habilidad que ya la quisiera un cirujano, le quito las bragas utilizando únicamente los dientes, rozando su piel íntima con mi aliento abrasador en cada tirón.
Cuando por fin mis dedos y mi lengua entran en contacto directo con la zona donde más lo necesita, donde está completamente empapada y ardiendo en deseos, Aitana se mueve para quedarse a cuatro patas, arqueando su espalda y apoyando su pecho contra las sábanas para soltar un gemido largo, agudo y profundo que resuena en las paredes del dormitorio.
Mis dedos y mi lengua empiezan a trabajar al unísono, en perfecta sintonía y con un ritmo que ríete tú de las coreografías BTS.
Exploro cada rincón, saboreo su esencia y la torturo con una lentitud deliciosa, sabiendo perfectamente dónde presionar y dónde lamer para volverla loca de remate.
El tener los ojos tapados con el pañuelo de seda multiplica la sensibilidad de Aitana por un millón: cada roce sutil, cada soplo de aire de mi respiración, cada caricia húmeda se convierte para ella en una explosión de sensaciones brutales.
—Valeria… por lo que más quieras… —suplica con la voz rota, completamente rota por el clímax que se le echa encima—. No puedo más con este ritmo... Necesito sentir tus dedos dentro de mí ya... Me voy a morir, te lo juro...
—No tengas tanta prisa, que tenemos toda la noche por delante —murmuro contra su espalda, subiendo poco a poco por su cuerpo hasta besar sus labios—. Quiero que esto dure. Quiero que se te quede grabado a fuego en la memoria.
La llevo al borde del abismo una, otra y otra vez, disfrutando como una enana de la forma tan salvaje e instintiva en que su cuerpo responde única y exclusivamente a mis estímulos.
Su primer orgasmo es una auténtica locura: intenso, tembloroso, con sus manos aferradas con una fuerza descomunal a las almohadas y mi nombre escapando de sus labios.
Pero yo no me detengo ni un solo segundo.
Sigo con el estímulo, aplicando caricias un poco más suaves pero igual de letales, hasta que un segundo orgasmo consecutivo la atraviesa de arriba abajo con muchísima más fuerza, haciendo que todo su cuerpo se tense al máximo para, un segundo después, derrumbarse contra la cama, exhausta, jadeando mi nombre en un susurro tembloroso una y otra vez.
Me quito las bragas con una prisa que ya roza la desesperación y me tumbo a su lado, desanudando por fin el pañuelo de seda negro de sus ojos.
Aitana parpadea un par de veces, con las pestañas húmedas y las pupilas completamente dilatadas y vidriosas de puro placer, mirándome con una intensidad tan brutal y cargada de amor que me deja a mí también sin aliento en los pulmones.
—Ven aquí ahora mismo, gamberra —susurra atrayéndome hacia sí con un tirón firme de mis brazos, con una urgencia que no admite réplicas de personal—. Necesito sentirte, piel contra piel. Sin juegos de animación de por medio.
Nos fundimos en un beso profundo, desesperado, de esos que te hacen perder el sentido de la orientación.
Nuestros cuerpos se mueven juntos sobre el colchón, piel contra piel, mezclando el sudor, el aroma a jazmín y un deseo salvaje que ha terminado por desbocarse.
Esta vez no hay estrategias ni masajes lentos: solo somos nosotras dos, entregándonos en cuerpo y alma en mitad de la noche.
Sus manos calientes me exploran con la misma urgencia y la misma posesión con la que yo la he tocado a ella antes, recorriendo toda mi espalda, bajando por mis caderas con fuerza y deteniéndose con una precisión en los lugares exactos que sabe de sobra que me hacen perder los estribos y gritar como una loca.
Cuando llegamos juntas al clímax unos minutos más tarde, es como si el maldito mundo entero se detuviera de golpe y porrazo en Paraíso Azul.
Es un placer compartido, hondo, abrumador y tan sumamente perfecto que nos deja a las dos temblando como flanes, abrazadas con una fuerza que parece que nos vamos a fusionar en una sola persona.
Después de la tormenta perfecta, nos quedamos así, quietecitas en mitad de la penumbra, con nuestras respiraciones agitadas mezclándose de forma acompasada y los corazones latiendo al mismo compás.
La brisa fresca del mar entra con suavidad por los ventanales abiertos, aliviando nuestra piel caliente y sudorosa.
Acaricio su cabello oscuro con una ternura infinita, plantándole besos suaves en la frente, en los párpados cerrados y en la puntita de la nariz para ver cómo sonríe con los ojos cerrados.
—Te quiero más que a mi propia vida…
Aitana levanta un poco la cabeza de mi pecho y me mira fijamente, con los ojos brillando con una luz hermosísima en mitad de la oscuridad del dormitorio.
—Y yo a ti, mi gaditana loca. Esto que tenemos... esta bendita locura que has traído a mi vida... te aseguro que es lo mejor que me ha pasado en todos mis años de existencia —confiesa con una sinceridad tan pura que me dan ganas de llorar de alegría.
—Para mí también —le respondo, sellando mis palabras de amor con un beso suave, lento y cargado de futuro—. Estar a tu lado... es lo más grande del mundo entero.
Nos quedamos dormidas al cabo de un rato, completamente enredadas la una en la otra, con las piernas cruzadas, profundamente enamoradas y con el sonido lejano y constante del mar como la mejor canción de cuna que se pueda pedir en este paraíso.