¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 50 #2
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CAPÍTULO 50 #2

Destapo el frasco de aceite esencial con aroma a jazmín dulce, vierto una cantidad generosa sobre mis palmas y las froto entre sí hasta que mis manos están calientes y desprenden un olor embriagador que inunda la habitación.

Me subo a la cama, colocándome a horcajadas sobre sus muslos sin llegar a descargar mi peso, y empiezo a tocarla.

Primero con una lentitud exasperante, arrastrando las manos firmes, calientes y expertas sobre su piel suave.

Recorro sus hombros tensos, bajo por toda la extensión de su espalda, amasando con delicadeza los músculos que acumulan tantas horas de reuniones pesadas y tantas tensiones del día a día en el resort.

Presiono con firmeza los pulgares a lo largo de su columna vertebral, deleitándome con los gemidos suaves, roncos y de puro alivio que escapan sin filtro de su garganta.

—Dios mío… Valeria, qué bien haces esto, por favor —murmura Aitana con la voz rota, arqueando sutilmente la espalda hacia arriba para buscar más presión en mis manos—.

Llevo semanas arrastrando una tensión acumulada insoportable en las cervicales y tú…

tú siempre sabes exactamente dónde y cómo tocarme.

Sonrío con malicia, disfrutando enormemente del hecho de que ella no pueda ver la cara de satisfacción que tengo ahora mismo, y sigo bajando el recorrido táctil.

Mis manos, impregnadas de aceite deslizante, bajan por sus costados con parsimonia, rozando los laterales de sus pechos firmes de una forma que parece totalmente accidental pero que está minuciosamente planificada.

Aitana se estremece de arriba abajo en mitad del colchón, soltando un jadeo agudo.

—¿Le gusta el servicio de masaje, Directora Robles? —le pregunto en un susurro ardiente, inclinándome sobre ella para dejarle un beso húmedo en la nuca.

—Demasiado…, de verdad. No te atrevas a parar ahora —suplica con un tono de necesidad que me enciende la sangre.

El masaje comienza a transformarse, paso a paso y sin prisa, en algo muchísimo más íntimo, carnal y descarado.

Mis caricias se vuelven más lentas, pesadas e intencionadas.

Recorro la longitud de sus piernas con las palmas abiertas de par en par, subiendo con un tacto de fuego desde los tobillos, pasando por las pantorrillas y deteniéndome justo en la parte interna de sus muslos, a escasos centímetros su sexo, dejándola con la miel en los labios.

Con un movimiento rápido, estiro el brazo hacia la mesita de noche y tomo un cubito de hielo de un cuenco que pedí que trajeran a su apartamento antes de llegar con la excusa de que Aitana había pedido un refrigerio ya que la nevera del apartamento se había estropeado.

Lo sostengo entre mis dedos y, sin previo aviso, lo paso suavemente por la base de su nuca.

Aitana da un respingo tremendo sobre las sábanas, arqueando el cuerpo como si hubiera recibido una descarga de alta tensión, y suelta un gemido ahogado que es pura música para mis oídos.

—¡Valeria! —jadea con los dientes apretados, buscando con las manos a ciegas dónde agarrarse—. Está helado...

—Shhh… —le ordeno con una voz ronca y cargada de guasa, manteniendo el control absoluto de la situación.

El hielo traza un camino húmedo, frío y reluciente por toda su espalda dorada, siguiendo con una precisión milimétrica la curva sinuosa de su espina dorsal.

Cada vez que el cubito se va derritiendo por el calor sofocante de su piel, yo me inclino y reemplazo el frío con mi boca de fuego, lamiendo y succionando el rastro de agua helada que he ido dejando a mi paso.

Sus caderas empiezan a moverse inquietas, con una impaciencia impropia, restregándose contra la cama y buscando desesperadamente un contacto más profundo que apague ese fuego que está naciendo en su cuerpo.

—Esto es una tortura, Valeria —susurra entre dientes, con la voz completamente rota por la necesidad y el deseo más absoluto—. Me estás matando de placer a fuego lento, te lo juro...

—Y lo que te queda, jefa —le respondo con una risita pecaminosa, dejando el hielo a un lado.

Después llega el turno de la pluma. Una suave, larga y esponjosa pluma blanca.

La deslizo con una lentitud exasperante, casi criminal, por sus costados, bajando de nuevo por la parte interna de sus muslos.

Aitana se retuerce sobre el colchón, mordiéndose los labios con rabia para intentar contener los gemidos que le brotan de mi pecho.

Los sonidos descontrolados, jadeantes y húmedos que salen de su boca son puro placer sin filtros.

—Eres mala y cruel, Valeria… —jadea con fuerza cuando nota que la punta de la pluma empieza a rozar con insistencia el borde de encaje de sus bragas negras.

—Y a ti te encanta que lo sea. Que eres muy masoquista tú para tus cosas —le respondo con la voz pastosa, inclinándome de golpe para estampar un beso voraz en el nacimiento de su muslo.

Mi aliento caliente contrasta de forma brutal con el frío anterior—.

Dime cuánto te gusta que te lo haga así, Aitana.

Quiero oírte decírmelo clarito. Quiero que me calientes el oído.

—Me vuelve loca… Me deshace, Valeria. Sigue, por favor... te lo suplico, no te detengas ahora o me va a dar algo —confiesa entregándose a la causa, sin rastro de orgullo.