CAPÍTULO 50
VALERIA
La fiesta sorpresa se va apagando con la misma dulzura y el mismo duende con el que ha empezado. Las risas se vuelven más suaves, los abrazos son cada vez más largos y las despedidas se cargan de un cariño tan sumamente sincero que flota en el aire de la noche junto al rumor arrullador de las olas.
Cuando por fin nos quedamos completamente solas, recogiendo los últimos farolillos de papel que aún titilan con una luz tenue y de lo más sugerente, Aitana se gira hacia mí de golpe.
Su sonrisa ilumina el acantilado muchísimo más que todas las estrellas del firmamento juntas, y en sus ojos oscuros baila una mezcla de gratitud, emoción y un amor tan limpio que me pega un pellizco directo en el estómago.
—Valeria… —susurra, acortando los centímetros de distancia hasta que su frente descansa directamente contra la mía. Su aliento cálido, con un sutil aroma a alcohol procedente del cava con el que hemos brindado, me roba el sentido al rozar mis labios—. Ha sido una noche increíble…
Su voz suena ronca, pastosa por la emoción de haber sido el centro de atención por una vez en su vida, y yo siento que algo dentro de mi pecho se expande.
Tomo su rostro entre mis manos, acariciándole los pómulos con los pulgares como si temiera que todo esto fuera un espejismo y se fuera a desvanecer ante mis ojos, y la beso despacio.
Muy despacio. Saboreo el momento con una lentitud exasperante, disfrutando del leve gusto dulce que permanece en su boca y recreándome en la forma tan perfecta que tienen sus labios.
—Aún no ha terminado… —le respondo contra sus propios labios, sin poder contener una sonrisa traviesa, de esas mías que mi madre dice que son de tener el demonio metido en el cuerpo—. Todavía me queda darte el regalito…
Sus ojos se oscurecen de inmediato, pasando del modo emotivo al modo depredador en menos de un segundo.
Me encanta esa mirada intensa y felina suya; es la que siempre consigue acelerarme el pulso a mil revoluciones por minuto y hacer que el maldito complejo vacacional desaparezca del mapa.
Es una mezcla explosiva de curiosidad, deseo salvaje y esa pizca de vulnerabilidad que solo se atreve a mostrarme a mí.
—¿Y se puede saber qué hacemos todavía aquí? —pregunta ladeando la cabeza con suma picardía, mientras se muerde el labio inferior de esa forma tan perversa que sabe de sobra que me vuelve loca.
—Jugando un poco la desesperación —contesto con desparpajo, entrelazando mis dedos con los suyos y dándole un tirón juguetón hacia el sendero—. Pero te prometo por lo más sagrado que va a merecer la pena cada puñetero segundo de espera.
No hace falta decir más. Caminamos de regreso hacia el resort, derrochando una complicidad tan grande que se nota a tres leguas de distancia.
El silencio que se instala entre nosotras es cálido, espeso, cargado de promesas pecaminosas de las que hacen época.
El complejo duerme, y en el ambiente solo se escucha el rumor lejano del oleaje rompiendo contra el espigón y el crujido rítmico y suave de la grava bajo el calzado de nuestras sandalias.
El aire cálido de la costa alicantina nos envuelve la piel como una caricia invisible de lo más apetecible.
—¿Sabes una cosa? —suelta Aitana en voz baja, deteniéndose un instante bajo la sombra de una palmera para apretar mi mano con fuerza—. Cuando te conocí aquel primer día, nunca imaginé que acabaríamos así. Me has cambiado la vida, Valeria.
Sonrío de oreja a oreja, girándome para clavar mis ojos en los suyos mientras reanudamos el paso hacia los ascensores privados de dirección.
—Y tú a la mía. Yo iba como una loca de un lado a otro y llegaste tú con tu traje de ejecutiva estirada a ponerme firme —le digo con guasa, aunque enseguida suavizo el tono para ponerme seria—.
Cada bendito día que paso a tu lado me doy cuenta de que esto que siento no es solo deseo o una simple admiración.
Es muchísimo más hondo, mi amor. Es como si hubieras abierto una compuerta en mi corazón que ni yo misma sabía que existía.
Llegamos por fin al apartamento privado de Aitana situado en el piso más alto del resort con vistas exclusivas.
Nada más cerrar la puerta, el chip profesional se va directo a la porra y la atmósfera cambia, volviéndose densa y eléctrica.
El enorme salón, con sus impresionantes ventanales de suelo a techo abiertos de par en par al mar, se encuentra en penumbra.
Solo la luz tenue y anaranjada de una lámpara de pie y la brisa marina que mueve las cortinas crean un ambiente íntimo, casi mágico, donde el olor a jazmín de los jardines y el salitre del agua lo llenan absolutamente todo.
Aitana se vuelve hacia mí dispuesta a tomar el mando de la situación, pero esta noche la que manda soy yo.
Doy un paso al frente con determinación, la agarro por la cintura con firmeza y la acorralo suavemente contra la pared de la entrada, cortándole cualquier vía de escape.
La beso con una lentitud deliberada, profunda y abrasadora que hace que todo su cuerpo se tense de pura anticipación en el acto.
Mis manos empiezan a recorrer sus costados sin prisa pero sin pausa, sintiendo la tela fresca y suave de su vestido veraniego bajo las yemas de mis dedos.
—Esta noche —murmuro rozando mis labios contra la piel de su cuello, dejando un mordisquito prohibido justo debajo de su oreja que la hace soltar un respingo y estremecerse entera—, solo vas a disfrutar.
Nada de pensar y nada de llevar el control.
Te prometo que vas a volverte loca, Aitana.
Quiero que te olvides del maldito mundo entero y que durante unas horas solo existamos tú, yo y lo que nos de la real gana de hacer.
Ella deja escapar una risa baja, una mezcla deliciosa de nerviosismo y excitación desatada, un sonido que me vuelve loca porque revela esa faceta oculta, gamberra y pasional que solo yo tengo el privilegio de conocer.
—¿Piensas torturarme? —pregunta con la respiración ya notablemente entrecortada, clavando sus uñas con timidez en mis hombros.
—Solo un poquito, jefa —respondo con un brillo canalla en la mirada, mientras le mordisqueo con suavidad el lóbulo de la oreja—. Del tipo de tortura carnal que te va a hacer suplicar.
Con una paciencia que ni yo misma sé de dónde he sacado —porque las ganas de arrancarle el vestido con los dientes me están reconcomiendo por dentro—, empiezo a desnudarla con toda la parsimonia del mundo.
Deslizo lentamente los tirantes de su vestido por la curva de sus hombros, bajando la tela milímetro a milímetro mientras marco con mi boca cada centímetro de piel que va quedando al descubierto.
El vestido cae finalmente al suelo con un roce sutil, amontonándose a sus pies.
Aitana se queda plantada ante mí luciendo únicamente un conjunto de ropa interior de encaje negro de auténtico infarto, que contrasta de una forma pecaminosa con su piel dorada.
Mis dedos tiemblan de una manera notable al alcanzar el broche trasero del sujetador; y no es por falta de experiencia en el sector, os lo aseguro, sino por la pura y salvaje anticipación que me recorre las venas.
Lo desabrocho con un clic limpio y el encaje cede.
—Estás para pararle el corazón a cualquiera… —susurro con la voz rota, recorriendo con la mirada cada curva perfecta de su anatomía, cada rincón de ese cuerpo maduro que me trae de cabeza—. Eres jodidamente irresistible...
La tomo delicadamente de la mano y la guío con paso lento hacia el dormitorio.
La cama de matrimonio de dimensiones kilométricas, vestida con unas sábanas de algodón egipcio blancas e impolutas, nos espera en la penumbra como un auténtico santuario del placer.
La tumbo sobre el colchón con un cuidado exquisito, como si manejara una vajilla de las caras, aunque sé de sobra que Aitana es una mujer fuerte, decidida, intensa y con un carácter de armas tomar cuando se lo propone.
Se recuesta boca abajo sobre las almohadas con esa confianza natural, elegante y sofisticada que tanto admiro en ella.
—Confía en mí y no me hagas preguntas —le digo con voz sugerente, sacando de la bolsa que llevaba conmigo un pañuelo de seda negro que tenía perfectamente localizado y preparado desde hacía horas para la ocasión.
Ella levanta una ceja con un gesto divertido, aunque noto perfectamente cómo el pecho le sube y le baja a un ritmo bastante acelerado.
—Vaya, vaya... Resulta que eres muchísimo más perversa e imaginativa de lo que yo pensaba. ¿Se puede saber en qué lugar has aprendido todos estos trucos de magia?
—Solo quiero que apagues ese cerebro que tienes y te centres única y exclusivamente en lo que sientes…
—respondo dibujando una sonrisa de lo más pícara, mientras le anudo el pañuelo de seda con suavidad alrededor de la cabeza, asegurándome de que no le apriete.
Sus pestañas largas rozan la tela negra cuando cierra los ojos—.
Esta noche el sentido de la vista queda suspendido.
Solo va a existir el tacto. Mi tacto. Mi boca recorriéndote.
Mi piel ardiendo contra la tuya. Quiero que sientas en cada poro de tu cuerpo cuánto te quiero, cuánto te deseo y las ganas locas que te tengo, Aitana.
Aitana suelta un suspiro largo y tembloroso que resuena en toda la estancia.
Veo perfectamente cómo su cuerpo de jefa se va relajando contra el tacto de las sábanas blancas, pero su respiración se vuelve cada vez más profunda, irregular y descompasada.
Yo me dedico un instante a poner en orden sobre la mesita de noche todo el material que necesito.
Cuando lo tengo todo a mano, me despojo de mi ropa con prisa, quedando únicamente en unas bragas de encaje que combinan con el ambiente.