CAPÍTULO 49
VALERIA
La fiesta resulta ser un éxito rotundo. Por primera vez desde que Aitana puso un pie en este resort, tengo la inmensa fortuna de verla relajarse de verdad.
Se ríe con ganas, bromea sin reservas con los camareros y disfruta del momento sin estar pendiente de nada más, sin mirar la pantalla del móvil cada dos minutos y sin comportarse como la implacable e inaccesible Directora.
Solo es ella misma: la mujer madura, divertida y fascinante de la que estoy perdidamente enamorada, con todas sus luces y sus maravillosas sombras.
Y es un auténtico espectáculo contemplarla así de feliz.
Estamos terminando de comernos los canapés cuando Aitana, sosteniendo una copa de champán en la mano, se acerca a la zona donde está Sofía supervisando discretamente todo.
—Tengo que felicitarte formalmente como es debido —le dice Aitana con una admiración profesional y sincera reflejada en el rostro.
Sofía levanta una ceja con ese punto de suficiencia y diversión tan suyo, cruzándose de brazos con soltura.
—¿Y se puede saber el motivo de la felicitación?
—Porque este despliegue culinario está sencillamente increíble, Sofía.
Sabía de sobra que eras una de las mejores profesionales de la zona, pero esto supera todas mis expectativas de calidad —responde Aitana, señalando con la copa una bandeja de mini brioches de tartar de salmón que está ya prácticamente vacía—.
La presentación visual, el equilibrio de los sabores... todo es perfecto. Un diez.
Sofía abre la boca sorprendida, la vuelve a cerrar de inmediato aguantándose la risa y luego, con un gesto lleno de picardía, señala con el dedo índice hacia el otro extremo, donde Valentina charla animadamente con Marta mientras sostiene una copa de vino tinto con suma elegancia.
—Pues lamento informarle a la dirección de que este mérito no me pertenece —aclara Sofía con una sonrisa pícara que le ilumina los ojos.
Aitana parpadea un par de veces, completamente descolocada por el dato.
—¿Cómo que no los has preparado tú?
—No, señora. Ni un solo bocado.
—Entonces... ¿quién demonios ha elaborado esto?
Ambas giramos la cabeza al unísono hacia el rincón de la barra.
Valentina nota la tremenda inspección ocular a la que la estamos sometiendo, se percata de nuestras miradas de asombro y, con una soltura de lo más madura, levanta su copa de vino en un brindis silencioso y misterioso desde la distancia.
—¿Me estás diciendo que Valentina ha cocinado todo esto? —pregunta Aitana, con un tono de incredulidad absoluta que me hace una gracia tremenda.
—Doy fe de que maneja el cuchillo de cebolla que da gloria —confirma Sofía, volviendo a cruzarse de brazos y clavando una mirada de lo más intensa en la inspectora madrileña.
La expresión de sorpresa pasmada de Aitana es tan genuina y tan poco habitual en ella que resulta absolutamente encantadora.
—No puede ser verdad.
—Lo hice. Sofía me hizo un hueco en su cocina —responde la propia Valentina, que se ha ido acercando hacia nuestra posición con ese paso firme, elegante y sensual, intuyendo a la legua la conversación que se avecina.
—Sigues teniendo una mano espectacular y única para la cocina, Valentina —afirma Aitana mirándola con una calidez y un orgullo antiguos que me dejan asombrada—. De verdad te lo digo. Esto que has hecho hoy aquí es auténtico arte culinario.
Valentina deja escapar un suspiro profundo, recolocándose un mechón de pelo detrás de la oreja y dejando la copa sobre la mesa con un cuidado excesivo, denotando una ligera incomodidad que intenta camuflar con profesionalidad.
—Aitana, por favor... no empieces con los discursos del pasado.
—Lo digo completamente en serio —insiste mi jefa, ignorando el aviso—.
Siempre he pensado que fue una soberana estupidez por tu parte cerrar aquel restaurante.
Tenías un talento único para los fogones y un futuro brillante como Chef.
Era tu sitio natural. Tu verdadera pasión, no los despachos de la central —remata Aitana con suavidad.
Ahí está. El gran secreto del pasado que, por lo visto en sus caras, Valentina lleva años intentando esquivar y enterrar debajo de los informes de calidad del grupo.
—Aitana, te lo pido por favor…
—¿En serio...? —interviene de golpe Sofía, que ha estado escuchando todo con los ojos abiertos como platos y una curiosidad monumental brillándole en los ojos.
—No —corta Valentina con una rotundidad que no admite réplica alguna—. Es agua pasada y no quiero hablar de ello esta noche. Es tu cumpleaños, Aitana.
Y antes de que nadie pueda meter el dedo en la llaga del pasado, la inspectora de calidad se gira y se marcha hacia donde están Clara y Marta, escapando de la conversación como una auténtica experta en gestión de crisis.
Sofía, por supuesto, no pierde el tiempo y la sigue con una mirada cargada de intriga, misterio y una tensión sexual que se podría cortar con el cuchillo del pan.
La fiesta fluye con una naturalidad y un buen rollo que da gloria bendita verlo.
Las notas musicales del jazz se mezclan de forma maravillosa con el rumor constante y arrullador del mar, las olas rompen con suavidad perezosa contra la orilla de la cala y las luces de los farolillos crean unos reflejos dorados y sinuosos sobre el agua oscura de la noche mediterránea.
Mientras todo el equipo habla y bebe cava , yo permanezco sentada junto a Aitana.
Estamos muy juntas, tanto que nuestras piernas desnudas se rozan constantemente con cada movimiento.
Ella observa el panorama con una sonrisa serena y pacífica, feliz de un modo tan auténtico que le ilumina toda la expresión del rostro.
Miro la escena, la miro a ella y decido que ha llegado el momento de pasar a la acción.
Me inclino despacito hacia su costado, sorteando la distancia con astucia, hasta que mis labios quedan rozando la piel sensible de su oído.
Noto de inmediato cómo un estremecimiento eléctrico recorre todo su cuerpo y se le corta la respiración en el acto.
—Escúchame una cosa... Aún queda un regalito especial que quiero entregarte en privado... —le susurro con una voz suave, cargada de guasa, descaro y un montón de promesas pecaminosas.
Aitana gira la cabeza de forma lenta, centímetro a centímetro, clavando sus ojos en los míos. La sonrisa pícara y sumamente sugerente que se dibuja en sus labios me provoca un enjambre entero de mariposas furiosas revoloteando en mitad del estómago.
—Ah, ¿sí? —responde con ese tono ronco, bajo y sexy que tanto me gusta y que me desarma las defensas.
—Sí. Algo de diseño exclusivo, pensado solo para ti.
—¿Y debo preocuparme por los estándares de calidad de ese regalo, Valeria? —bromea con la mirada encendida de pura anticipación.
—Bueno... eso ya depende del punto de vista de la dirección.
Ella se ríe, esa risa baja, grave y tan sumamente atractiva que siempre consigue quitarme las pocas tonterías que tengo en la cabeza de golpe.
—¿Y voy a tener que esperar mucho tiempo para desenvolver ese paquete, Valeria? —pregunta de golpe, acortando la distancia que nos separa hasta que su aliento cálido me roba el sentido rozando mi mejilla.
La pregunta del millón queda flotando en el aire de la cala, cargada de una electricidad estática tan brutal que casi saltan chispas en la arena. De repente, de un plumazo, me olvido de todos. En mi radar particular solo existe ella, el olor de su piel y la forma tan intensa en que me está mirando.
Sonrío derrochando toda la guasa del mundo y entrelazo mis dedos con los suyos bajo la mesa, apretando con fuerza para dejarle claras mis intenciones.
—Un poquito más de paciencia, Directora Robles. Hay que cumplir los horarios del evento.
La observo con una intensidad que me quema por dentro.
Ella me devuelve la mirada, llena de un amor maduro, sincero y de un deseo contenido que está a punto de desbordarse en mitad de la playa.
Mientras las risas felices de nuestros amigos llenan la cala y la noche de agosto sigue brillando sobre el Mediterráneo, pienso que, efectivamente, este va a ser el mejor cumpleaños de toda su vida.
Y, sinceramente, uno de los días más bonitos, mágicos y redondos de la mía en este paraíso.