CAPÍTULO 48
VALERIA
Mantener una fiesta sorpresa en estricto secreto dentro de un resort de cinco estrellas que está literalmente plagado de cotillas resulta muchísimo más complicado de lo que mi mente gaditana había imaginado.
¡Por los clavos de Cristo! Si es que en este hotel pegas una patada a una piedra y te salen tres recepcionistas, dos botones y una masajista con la antena parabólica dispuesta a enterarse de todo el cotilleo.
Además, el nivel de dificultad se te dispara hasta el infinito y más allá cuando la homenajeada es Aitana.
Porque mi jefa —en todos los sentidos habidos y por haber de la palabra— no es una mujer normal; tiene unos radares que ya los quisiera la NASA para sí misma.
Esa mujer percibe los detalles más insignificantes que escapan al resto de los mortales.
Te detecta un error invisible en una comanda a tres kilómetros de distancia, nota la más mínima alteración en el humor del personal y, para colmo de males, tiene la irritante y soberana costumbre de aparecer en el momento menos oportuno, justo cuando alguien está intentando ocultar algo entre susurros.
Por eso me he pasado todo el santo día al borde de un ataque de nervios, fingiendo mientras coordinaba los últimos flecos por el grupo secreto de WhatsApp que creó Valentina y rezando a todos los santos del cielo para que a nadie se le escapara un «¡felicidades! » antes de tiempo.
Ahora, por fin, caminamos juntas por el sendero pedregoso que baja hacia la cala en la que estuvimos hace un tiempo.
El sol se ha puesto ya por el horizonte, dejando un rastro de tonos violáceos y anaranjados en el cielo, y la noche envuelve el camino con un manto cálido de lo más sugerente.
Las cigarras cantan ocultas entre los arbustos, y el aire puro huele a salitre, a pino y a verano.
Aitana camina a mi lado con esa expresión.
Para arrastrarla hasta aquí abajo sin que sospechara, le he soltado la milonga de que quería repetir una de nuestras noches especiales, una cena íntima y clandestina solo para nosotras dos a la orilla del mar, y parece que la he engañado.
O, bueno, al menos a medias. Porque no deja de observarme de reojo con esa mirada suspicaz, inteligente y felina que conozco tan bien y que siempre consigue ponerme la piel de gallina.
—¿Se puede saber por qué sonríes tanto? —me pregunta de repente, ladeando la cabeza con elegancia y clavándome esos ojos que me desarman los esquemas.
—¿Yo? —respondo abriendo los ojos de par en par y tirando de mi mejor repertorio.
—Sí, tú. Esa sonrisa de oreja a oreja no es normal en ti a estas horas si no estás tramando alguna de tus gamberradas.
—Ay, chiquilla, qué desconfiada eres —le digo, soltando una risita floja y dándole un toquecito juguetón con el hombro—. Sonrío porque estoy feliz. Contigo. Aquí, con este mar para nosotras. ¿Es que acaso hace falta algo más en esta vida para estar alegre, mi arma?
—Eso que acabas de decir es muy bonito, pero no responde del todo a mi pregunta —insiste ella, aunque noto perfectamente cómo el tono de su voz se ha suavizado un montón y una pequeña curva de ternura asoma por la comisura de sus labios.
—La responde a la perfección —replico con desparpajo, entrelazando mis dedos con los suyos y apretando ligeramente su mano cálida.
Aitana entrecierra los ojos, deteniendo un segundo el paso para estudiarme el rostro como si fuera un informe y pudiera leer cada uno de mis pensamientos ocultos.
Yo intento mantener la compostura, tragándome el aire, pero la tensión del secreto me puede y termino soltando una risa traicionera y cantarina.
—Valeria... —advierte en tono de jefa superior, arqueando una ceja.
—¿Qué? ¡Si yo no he hecho nada!
—Estás tramando algo de proporciones bíblicas. Lo sé, lo huelo y lo detecto en tu lenguaje corporal.
—Qué poca confianza tienes en mi persona, de verdad te lo digo —protesto de boquilla, plantándole un mohín exagerado con los labios que sé perfectamente que la vuelve loca.
—Te conozco demasiado bien, de ahí mi extrema precaución —responde ella con una punzada de sorna madura.
—Y a pesar de eso, sigues conmigo.
—Eso es simplemente porque tengo un gusto pésimo y absolutamente irracional en mujeres, no le busques más lógica—suelta con un brillo divertido en la mirada.
Suelto una carcajada sincera y ella me acompaña con esa risa baja y elegante suya que me derrite los huesos.
Durante unos segundos gloriosos seguimos caminando de la mano bajo la luz plateada de la luna llena, disfrutando de un silencio entre nosotras que resulta sumamente cómodo, cómplice y lleno de un significado que no necesita traductor.
Hay momentos en los que todavía me cuesta asimilar que todo esto sea real y no un sueño de los míos.
Que podamos hacer algo tan sumamente sencillo como pasear de la mano por un sendero, sin miradas que nos obliguen a separarnos por el protocolo, sin el peso de los malditos secretos o los miedos al qué dirán o qué pasará.
Que ya no tenga que esconder ante el mundo entero lo que siento por ella.
Y que la mismísima Aitana Robles me mire de esa manera tan dulce, como si yo fuera su rincón favorito del mundo.
Cuando llegamos al último tramo del sendero, justo donde las rocas se abren para dar paso a la arena fina, mi corazón se desboca y empieza a latir con una fuerza que me retumba en los oídos.
Suelto su mano y disimulo que estoy recogiendo mi pelo en un moño.
Las luces de los farolillos ya se distinguen titilando entre las ramas y sé exactamente lo que está a escasos metros de suceder.
Aitana, por supuesto, sigue en su bendita ignorancia.
Sigue avanzando con esa confianza, hasta que dobla la última curva y se queda completamente clavada en el sitio, inmóvil como una estatua de mármol.
La cala privada aparece ante nuestros ojos como un auténtico sueño de una noche de verano, iluminada con un gusto exquisito por decenas de farolillos que se mecen de lo más sugerente con la brisa marina.
Las mesas, cubiertas con manteles de lino blanco impoluto y adornadas con centros de flores frescas, brillan con un fulgor mágico bajo la luz cálida.
Suena de fondo una música suave, un jazz ligero mezclado con acordes chill-out que invita a relajarse.
Las antorchas clavadas en la arena proyectan destellos dorados sobre el agua oscura de la orilla y, allí mismo, reunidos con unas sonrisas de oreja a oreja llenas de expectación, están todos: Valentina, Sofía, Marta, Clara y varios miembros del equipo con los que Aitana tiene relación.
Personas que la aprecian de verdad, despojadas de los cargos oficiales.
Personas que se han compinchado con Valentina y conmigo para estar a su lado esta noche.
Durante unos segundos que se me hacen eternos, Aitana no gesticula ni dice esta boca es mía. Solo observa la escena como si su mente intentara procesar el descuadre de datos que tiene delante de los ojos.
—Sorpresa, mi arma —le susurro muy cerquita de la oreja, aprovechando el impacto para darle un golpecito a su cadera.
Ella sigue completamente congelada. Después, como a cámara lenta, gira la cabeza hacia mí. Sus ojos verdes brillan con una intensidad tan brutal y húmeda que me pega un pellizco directo en el corazón.
—¿Qué...? —La voz se le quiebra de forma notable, cargada de una emoción contenida que rara vez se permite—. ¿Qué es todo esto, Valeria? ¿Qué significa?
—Tu cumpleaños, jefa —respondo llenando mis palabras de toda la ternura del mundo—. Feliz cumpleaños, mi amor.
La emoción atraviesa sus facciones sin ningún tipo de filtro.
Aitana siempre controla lo que muestra al resto del mundo, siempre va pertrechada con esa armadura profesional de Directora implacable.
Pero esta noche no. Esta noche está completamente expuesta ante mis ojos, vulnerable y humana de una forma tan bonita…
—No tenías por qué haberte tomado tantas molestias, de verdad... —murmura desviando la mirada hacia las luces, aunque el tono tembloroso de su voz me grita todo lo contrario.
—No lo planeé yo, lo hizo Valentina, chiquilla. Yo solo fui el cebo.
—Es demasiado. Todo esto es excesivo para mí.
—Ni de lejos —insisto con firmeza, negando con la cabeza y obligándola a mirarme de nuevo—. Llevas años trabajando como una auténtica leona sin parar ni un solo segundo, olvidándote de ti. Esta vez no te vas a escapar.
A pesar de la presencia de varios miembros del equipo, rompe toda distancia y me envuelve en un abrazo que por un momento me deja sin respiración en los pulmones.
Es un abrazo largo, hondo, de esos que son absolutamente necesarios y que hablan con más elocuencia que cualquier discurso de tres páginas.
Siento su cuerpo temblar sutilmente contra el mío y entierro la nariz en el hueco de su cuello, aspirando su aroma.
—Hace muchísimos años que nadie se tomaba la molestia de prepararme una fiesta sorpresa —confiesa pegada a mi piel, con la voz ronca por la emoción—. Y aunque no hayas sido tú la organizadora principal, sé que formas parte de todo esto.
El corazón se me encoge de pura pena al escucharla.
Puedo imaginar cuántos cumpleaños habrá pasado sola en un despacho, en hoteles impersonales, resolviendo crisis ajenas mientras el resto del mundo seguía girando sin acordarse de la persona que estaba detrás del cargo.
Acaricio su espalda con lentitud, trazando círculos suaves sobre la tela de su ropa para reconfortarla.
—Pues ve acostumbrándote —le digo con una sonrisa tierna y divertida—. Porque mientras yo esté en tu vida, pienso celebrarte los cumpleaños así todos los años.
Ella levanta la cabeza de mi hombro y me mira fijamente, con las pestañas todavía húmedas de la emoción.
—Ah, ¿sí?
—Sí, señora. Palabra de gaditana. Este es solo el primero de los muchísimos cumpleaños que vamos a pasar juntas, mi arma.
Sonrío derrochando todo el amor que me cabe en el pecho y le planto un beso tierno en mitad de la frente, luego otro en la puntita de la nariz para hacerla rabiar un poco.
Durante un instante suspendido en el tiempo, el mundo entero parece detenerse a nuestro alrededor.
Sus ojos buscan los míos con una profundidad tan limpia y sincera que me roba el aliento.
No hay atisbo de duda en su mirada, ni miedos del pasado, ni reticencias.
Solo una felicidad inmensa, pura y luminosa.
—Eso me gustaría más de lo que tu mente es capaz de imaginar, Valeria —confiesa en un susurro bajo, casi reverente, que me eriza la piel.
Y yo que estaba intentando hacerme la fuerte, siento un nudo de emoción en la garganta.
Porque sé perfectamente que Aitana no me está hablando solo del próximo año.
Me está hablando de nosotras dos. Del futuro real que estamos construyendo.
De todo lo bueno que está por venir en Paraíso Azul.
Y esa idea me llena el pecho de una alegría tan absurda, luminosa y chispeante que me hace sentir más viva que nunca.