¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

VALENTINA

Dos horas después, las cosas han cambiado radicalmente.

Sofía está completamente desconcertada mirándome de reojo y yo me lo estoy pasando en grande en su territorio.

Cocinar a nivel profesional es exactamente como montar en bicicleta: hay técnicas, ritmos y destrezas que el cuerpo nunca olvida por muchos años que pasen.

Mientras ella dirige el tramo final del servicio de almuerzos con su mano de hierro habitual, yo trabajo a destajo en una esquina apartada de la mesa de repostería, preparando una selección de pequeños canapés gourmet que son una auténtica delicia visual para la fiesta de Aitana: tartaletas crujientes de pasta filo con mousse de pato, mini brioches esponjosos rellenos de tartar de salmón marinado, cremas delicadas de aguacate con langostinos de la bahía y bocados elegantes de diseño pensados para desaparecer en una sola y maravillosa mordida.

La cocina bulle a nuestro alrededor con una energía vibrante.

El sonido metálico de las sartenes, el vapor espeso que se eleva de las ollas, las conversaciones rápidas en clave del equipo y los aromas que se mezclan en el aire crean una atmósfera que me resulta extrañamente nostálgica y familiar.

Aun así, noto la mirada fija de Sofía sobre mí constantemente, una y otra vez, como si todavía no terminara de asimilar el espectáculo de verme manejando el cuchillo con semejante velocidad.

—Señorita, que me vas a hacer un agujero en la nuca si sigues mirándome con tanta intensidad —comento divertida sin dejar de decorar las tartaletas con una manga pastelera.

Sofía baja la vista de golpe a su tabla de corte de madera, pillada in fraganti .

—¿Qué dices? ¿Qué agujero?

—Que no dejas de mirarme el trasero y las manos desde hace veinte minutos, Sofía. Lo tengo medido.

—Eso es mentira, Valentina. No te lo creas tanto.

—Es una verdad como un templo. Confiésalo.

—Solo estoy vigilando de cerca que no me destroces el material ni provoques un incendio con los sopleteados —replica ella sobre la marcha, intentando con todas sus fuerzas mantener una seriedad profesional que ya no se cree ni ella misma.

—Qué poquísima fe tienes en mis capacidades culinarias, de verdad.

Ella intenta contener la risa apretando los labios, pero fracasa miserablemente y acaba dejando escapar una media sonrisa preciosa.

En ese mismo instante siento esa absurda y deliciosa satisfacción que me recorre el cuerpo cada vez que consigo ablandarle la coraza a esta mujer y hacerla reír de verdad.

Es una sensación extraña, cálida y sumamente peligrosa.

La tarde de agosto avanza a buen ritmo y la fiesta sorpresa de Aitana empieza a tomar forma real: la decoración sutil con velas blancas que lleva Marta a la playa, la selección de música chill-out de los altavoces y las invitaciones discretas enviadas por mensajería a las personas más cercanas del complejo.

Todo milimétricamente cuadrado para que nuestra Directora no sospeche absolutamente nada desde su despacho.

Mientras termino de dar los últimos retoques de presentación a las bandejas en la cocina ya vacía del personal, Sofía se acerca con paso lento y se apoya con naturalidad contra la encimera que tengo al lado, cruzándose de brazos y observándome con una mezcla de curiosidad y algo más que no logro descifrar.

—¿Se puede saber desde cuándo os conocéis las dos? —me pregunta en un tono de voz inusualmente bajo, casi íntimo.

Levanto la vista del brioche, sorprendida por el cambio de tercio.

—¿Quiénes? ¿Aitana y yo?

—Sí. La jefa y tú.

Sonrío de forma automática, sintiendo un raudal de recuerdos entrañables agolpándose en mi cabeza.

—Desde que éramos pequeñas —respondo con suavidad—. Aunque nos hicimos realmente inseparables cuando empezamos juntas la universidad.

—¿Tan pequeñas erais cuando os conocisteis?

—Prácticamente bebés. Nuestros padres eran socios y amigos de toda la vida, así que nos hemos criado en el mismo ambiente, veraneado juntas y compartido confidencias desde que tenemos uso de razón.

Sofía procesa el dato en silencio, asintiendo levemente mientras me mira.

—Bueno... eso explica muchísimas cosas de vuestro comportamiento diario.

—Ah, ¿sí? ¿Como cuáles, si se puede saber?

Ella se encoge de hombros con una naturalidad que me resulta sumamente atractiva, acortando un poco la distancia que nos separa.

—La forma tan especial en que os tratáis, cómo habláis la una de la otra. Parecéis familia.

Mi mano derecha se queda completamente congelada en el aire, a mitad de extender una capa de crema de queso sobre un canapé. No me esperaba para nada una respuesta tan madura, profunda y observadora por su parte.

—Para mí es como una hermana mayor.

—Su constante en mitad de tanta marea de números y de clientes estirados —añade y me dedica una sonrisa breve, llevando la mirada directa a los canapés.

Algo inmensamente cálido, dulce y confortable se instala de golpe en mitad de mi pecho al escucharla.

Porque tiene toda la razón: Aitana siempre ha sido eso para mí.

Mi puerto seguro, mi hogar, mi persona favorita en el mundo entero, incluso cuando la vida adulta y las obligaciones profesionales nos han llevado por caminos completamente distintos.

—Supongo que tienes razón y que es así —admito con una sonrisa teñida de una ligera nostalgia—. Aunque las cosas como son: a veces es una estirada insoportable y dan ganas de darle un buen tortazo para que espabile.

Sofía suelta una carcajada baja, ronca y deliciosa que resuena en la cocina vacía.

—Una cosa... ¿Esta mujer siempre ha sido así de rígida y cuadriculada en su vida privada? Es que a veces da la impresión real de que lleve un palo metido por el mismísimo...

—¡Sofía, por Dios te lo pido! —la interrumpo de golpe, escandalizada a más no poder, pero con la risa floja desbordándome por los ojos.

—¿Qué pasa? Si es la pura verdad y lo sabe todo el mundo —insiste ella, continuando con la limpieza de su mesa de trabajo sin inmutarse lo más mínimo por mi arranque de decoro—.

Solo la he visto soltarse la melena la otra noche en la discoteca.

Aunque creo que eso fue culpa de Valeria y los mojitos.

Me río con tantas ganas y con tanto descaro que tengo que apoyar ambas manos sobre el borde de la encimera de acero para no caerme y poder recuperar el aliento.

Cuando por fin lo consigo y levanto la cabeza, descubro que ella también me está sonriendo de verdad, con los ojos brillantes.

No es esa sonrisa de cortesía y educada que les reserva a los clientes, sino una sonrisa auténtica, limpia, luminosa, de las que le arrugan los ojos en las esquinas de una forma preciosa.

De repente, mi mente borra la fiesta, borra el cumpleaños y borra a Aitana del mapa.

Solo puedo pensar en ella. En el azul intenso de sus ojos fijos en los míos, en la curva tentadora de su boca a escasos centímetros y en la forma tan sugerente en que la luz fluorescente de la cocina se refleja sobre la piel de su cuello.

Mala idea, Valentina. No la mires así.

Dejo la manga pastelera sobre la mesa de trabajo con deliberada lentitud y me dedico a observarla fijamente, de frente y sin el más mínimo tapujo.

Sofía tarda apenas un par de segundos en darse cuenta del cambio de temperatura ambiental y de mi descaro.

En cuanto lo nota, su sonrisa limpia se va desvaneciendo poco a poco, dando paso a una respiración mucho más densa y profunda.

—¿Qué pasa ahora? ¿Tengo una mancha de harina en la cara o qué? —pregunta intentando mantener el tipo.

—Tengo un problema de control bastante urgente, Chef —le digo, dando un paso decidido al frente y acortando la distancia de seguridad hasta que casi puedo oler el perfume de su piel mezclado con el aroma de la vainilla.

—Pues temo seriamente escuchar de qué se trata, Valentina.

—¿Tú siempre eres así, a mitad de camino entre el hielo y el fuego? Porque hay días en los que eres capaz de quemar a cualquiera con una sola de tus miradas de reojo. Y otros días, como hoy, en los que eres capaz de congelar las operaciones de todo el resort si te lo propones con tu orgullo.

La respiración de Sofía se altera de forma notable durante un instante. Deja el paño de limpieza sobre el mostrador con un cuidado excesivo, sin apartar ni un solo milímetro sus pupilas de las mías.

—Eso que dices es porque tú estás jugando conmigo desde que llegaste, inspectora —responde con una voz grave que me vibra en el estómago.

Mi sonrisa burlona va desapareciendo de mis labios de forma paulatina, devorada por la tensión carnal del momento.

—¿Jugando yo contigo? ¿En qué sentido?

—En todos, Valentina. Y a mí, por si no te ha quedado claro, no me gustan los picoteos. A mí me gusta el menú completo.

Ahí está lo que llevamos semanas enteras esquivando. Lo que se ha camuflado torpemente detrás de cada una de nuestras discusiones, de cada mirada de reojo en el buffet y de cada roce supuestamente accidental.

El corazón me da un vuelco salvaje y empieza a martillearme el pecho con una fuerza inusitada.

Sé perfectamente a qué se refiere con el plato completo, y las cosas como son: tiene toda razón del mundo.

He estado jugando al gato y al ratón con ella para protegerme de mis propios sentimientos, manteniendo una distancia prudencial de seguridad para no pillarme los dedos.

Aunque cada día que pasa en este bendito paraíso me resulta una tarea más titánica e imposible de cumplir.

Me acerco un paso más, despacio, de forma deliberada, sosteniendo el contacto visual directo como un desafío en toda regla.

Tengo las yemas de los dedos manchadas de crema de queso y azúcar, pero ahora mismo me importa tres pimientos la higiene y el protocolo del resort.

Sofía permanece completamente inmóvil contra su banco de trabajo, con las manos apoyadas atrás, observando cada uno de mis movimientos, esperándome con los ojos encendidos.

Cuando llego justo a su altura, apoyo ambas palmas de mis manos con firmeza a cada lado de la encimera de acero, atrapándola físicamente en el hueco que queda entre el banco de trabajo y el calor de mi propio cuerpo, dejándola sin escapatoria posible.

Su respiración se vuelve muchísimo más profunda y desbocada, chocando directamente contra mi cuello. La mía tampoco está para tirar cohetes.

—¿Estás completamente segura de que tienes el valor de quererlo todo conmigo, Sofía? —le pregunto en un tono de voz bajísimo, íntimo, que roza el susurro más absoluto a milímetros de su oreja.

Los ojos de la Chef ascienden de forma inevitable y salvaje hacia la curva de mi boca.

Solo un instante, un suspiro de deseo puro, pero es más que suficiente para firmar la sentencia de muerte de nuestra cordura.

Ninguna de las dos se mueve. Ninguna de las dos da el paso de retroceder.

Y por primera vez en muchísimo tiempo, tengo la absoluta, gloriosa y aterradora sensación de que estamos al borde de un abismo enorme.

Algo prohibido, ardiente y maravilloso que está a punto de cambiar las reglas del juego.