¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

VALENTINA

Son muchas las personas a las que les fascina celebrar su cumpleaños por todo lo alto, soplar las velas y emborracharse con los amigos. Y luego, en una dimensión aparte, está Aitana Robles.

Mi queridísima mejor amiga considera que cumplir años no es un motivo de alegría, sino un mero trámite administrativo anual que debe resolverse con la menor atención mediática posible.

Si por ella fuera, el día pasaría con más pena que gloria, de forma totalmente desapercibida para el resto de los mortales.

Trabajaría doce horas seguidas, respondería correos electrónicos de la central sin pausa, revisaría los informes de ocupación del complejo hasta el último céntimo y, muy probablemente, acabaría la jornada nocturna corrigiendo algún inventario que ni siquiera necesitaba corrección.

Es una estirada incorregible, pero es mi estirada favorita.

Por esa misma razón estoy organizando una fiesta sorpresa a sus espaldas en el club de playa.

Porque alguien en este bendito resort tiene que recordarle que la vida también está para disfrutarla y no solo para rellenar hojas de Excel.

Y porque, al fin y como cabo, la conozco desde hace años.

Así que sí, pienso celebrar sus cuarenta y tres primaveras aunque tenga que llevarla en contra de su voluntad.

El único gran problema es que organizar un evento clandestino dentro de un resort lleno hasta la bandera resulta bastante más complicado de lo que había previsto.

Y el mayor obstáculo con el que me he topado esta mañana tiene nombre, apellidos y una chaquetilla blanca que le queda de infarto: Sofía.

Entro en las cocinas del restaurante pisando fuerte y de inmediato me empotro contra el caos controlado y maravilloso de un servicio de mediodía a pleno rendimiento.

El aroma embriagador a especias mediterráneas, a lubina fresca a la sal y a pan de focaccia recién horneado impregna el ambiente, despertándome los cinco sentidos de golpe.

Los cocineros y pinches se mueven de un lado a otro de la línea de fuegos como si formaran parte de una coreografía militar perfectamente ensayada.

Y justo en medio de ese bendito huracán culinario se encuentra ella.

Sofía lleva la chaquetilla de Chef remangada de mala manera hasta los antebrazos, dejando a la vista un par de tatuajes que llamaron mi atención la noche que Carmen preparó aquella cena, su pelo rubio se le ha escapado de la redecilla, y tiene la mirada fija y concentrada en el emplatado de un bogavante.

Esa capacidad que tiene de hacer que incluso el acto de emplatar el marisco me resulte salvajemente atractivo me golpea el pecho una vez más con fuerza.

—Ni se te ocurra mirarme con esa carita de buena, inspectora —me suelta ella sin molestarse siquiera en levantar la cabeza del plato, mientras sus manos siguen colocando unos brotes verdes con una pinza.

Parpadeo un par de veces, pillada por sorpresa por su radar.

—¿Con qué carita, Chef? Si yo soy un ángel.

—Me estás mirando exactamente como si fueras a pedirme un favor que me va a arruinar el inventario del mes —replica, limpiando el borde del plato con un paño limpio.

—Qué concepto tan sumamente ofensivo y distorsionado tienes de mi ética profesional —respondo dando un paso al frente, apoyando una mano en la barra de acero inoxidable y regalándole mi mejor sonrisa.

Ahora sí que se toma la molestia de levantar la vista. Sus ojos azules se clavan en los míos con esa intensidad de fuego que siempre consigue revolverme todo por dentro.

—Valentina. ¿Qué es lo que quieres? Habla ya, que tengo tres mesas esperando el segundo —me exige de brazos cruzados, apoyando el peso en una pierna.

Sonrío derrochando una inocencia totalmente fingida. Ella suelta un suspiro profundo desde los pulmones, arqueando las cejas porque es plenamente consciente de que ese gesto mío nunca augura nada bueno para sus existencias.

—Necesito un favor de categoría especial.

—No.

—Pero si todavía no te he dicho de qué se trata, mujer. Qué poca flexibilidad.

—Me da exactamente igual el desglose. Viniendo de ti y con esa sonrisa de pilla que traes, la respuesta es un no como una catedral.

—Podrías tener la decencia de escucharme al menos un minuto. Que para algo soy la inspectora de calidad del resort —le recuerdo con tono vacilón.

—No. El servicio no se toca por mucho rango que tengas.

—Madre mía, qué carácter tan sumamente rancio te gastas detrás de los fogones —murmuro, cruzándome de brazos a juego con ella y desafiándola con la mirada.

—Y qué pesada y soberbia eres tú cuando te lo propones, Valentina —replica ella sin perder ni un solo segundo el ritmo de trabajo, dándose la vuelta para cantarle una comanda a su segundo de cocina.

Es superior a mis fuerzas: no sé por qué demonios me gusta tanto buscarle las cosquillas y discutir con esta mujer.

Quizá sea porque es la única persona en todo el complejo capaz de y de bajarme los humos y plantarme cara sin pestañear.

Quizá porque cuando me clava esa mirada desafiante y orgullosa siento unas ganas irresistibles y pecaminosas de seguir provocándola hasta ver dónde tiene el límite.

O quizá, simplemente, porque soy una soberana idiota que busca problemas.

Las tres opciones me parecen operativamente válidas.

—A ver, Sofía, céntrate: mañana es el cumpleaños de Aitana —le explico, suavizando el tono ejecutivo y dando un paso para acercarme a su costado.

La expresión severa de la Chef cambia de inmediato, mostrando un atisbo de interés real en los ojos.

—¿El de la Directora? ¿Mañana martes?

—Mañana mismo. Cuarenta y tres tacos bien llevados.

—Pues no tenía ni la más remota idea.

—Normal, porque ella jamás lo diría en público. Prefiere fingir ante el personal que es un día laborable ordinario y enterrarse en informes.

Sofía asiente con la cabeza de forma comprensiva, dejando escapar una media sonrisa. Desde luego, ese comportamiento cuadriculado encaja a la perfección con la personalidad de Aitana.

—El caso es que quiero organizarle una fiesta sorpresa cuando cierre el servicio de noche —continúo con mi exposición de motivos.

—Bueno... eso me parece una idea estupenda —responde ella manteniendo la cautela.

—Y, por lo tanto, necesito que me prepares algo de comida.

—Pues eso ya me parece tan estupendo —hace el corte de mangas mental.

—Sofía, por favor...

—Ni hablar, Valentina.

Se gira sobre sus talones para revisar una bandeja de hojaldres crujientes que acaba de salir del horno central, dándome la espalda. Yo la sigo como un auténtico sabueso sin la más mínima intención de darme por vencida, rodeando la gran isla central de trabajo de acero.

—Venga, mujer, si solo te pido unos canapés gourmet sencillos. Nada que te vaya a desestructurar la mise en place .

—No.

—Algo pequeñito, de bocado.

—No.

—Un simple detalle para quedar bien con la dirección.

—Que no, Valentina.

—Eres un ser completamente cruel y despiadado, de verdad te lo digo.

—Estoy trabajando a contrarreloj, Valentina, tengo el restaurante lleno hasta la bandera —se justifica ella, aunque noto que la tensión de los hombros le ha bajado un poquito.

Y la verdad es que tiene toda la razón del mundo.

Las comandas no dejan de salir, el equipo de cocina va al límite de sus capacidades y lo último que necesita Sofía en su territorio es que venga yo a meterle una carga extra de trabajo por un capricho amistoso.

Aun así, insisto utilizando mi sonrisa más persuasiva y dando un paso más hacia su terreno personal.

—Le va a hacer muchísima ilusión, Sofía. Piensa que es su cumpleaños y que está muy sola con tanta responsabilidad. Un detalle de la Chef la va a emocionar.

—Me parece perfecto por ella.

—¿Entonces qué? ¿Contamos con ello?

—Mantengo mi decisión: no.

La miro totalmente incrédula, arqueando una ceja con indignación fingida. Ella se gira del todo, apoyando la cadera contra la mesa y devolviéndome exactamente la misma mirada de suficiencia, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho.

—Tengo suficiente volumen de trabajo para alimentar, como para ponerme a hacer virguerías —añade con una ironía que me encanta.

—Qué exagerada eres, de verdad. Te encanta el drama de los fogones.

—Pues mira, si tan especial y tan importante es para ti el cumpleaños de tu amiga, ya sabes lo que hay... —se encoge de hombros con una naturalidad pasmosa y una sonrisita de suficiencia—. Te pones el delantal y te pones a cocinar tú misma.

El comentario le sale cargado de un sarcasmo maduro y afilado, pero por un momento me hace una gracia tremenda. Luego lo proceso en un segundo y finalmente estallo en una carcajada limpia y sincera que llama la atención de un par de ayudantes que andan limpiando la partida de pescados.

Sofía frunce el ceño de inmediato, mirándome de arriba abajo con desconfianza.

—¿De qué demonios te ríes tanto?

—De nada, Chef. De la vida.

—¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta gracia, Valentina?

—Porque me acabas de ofrecer la solución perfecta a mi problema.

—Te aseguro que eso no era ninguna solución, era una ironía.

—Para mí lo es —insisto, acortando la distancia y dándole un paso al frente que la obliga a levantar un poco la barbilla para mantener el contacto visual—.

Solo tienes que cederme una esquina apartada de la encimera de pastelería, darme permiso para gastar algunos ingredientes y yo misma me encargo del menú de la fiesta.

Se produce un silencio espeso, cargado de una tensión magnética entre las dos.

Sofía me observa con detenimiento de arriba abajo, evaluando mis palabras como si buscara el truco de la central.

Yo le sostengo la mirada fija sin pestañear un solo segundo, retándola.

Ella arquea una ceja con un escepticismo monumental.

—¿Me estás diciendo en serio que tú sabes lo que es un cuchillo de cocina?

—Sé usarlo bastante mejor que tú, me temo.

—Claro, por supuesto... —murmura con una incredulidad que raya el vacile.

—Sé cocinar de verdad, Sofía, no me mires con esa cara —repito con una convicción que la deja descolocada—. Antes de meterme a los despachos de la gestión, fui jefa de cocina durante cuatro años en un restaurante de Estrella Michelin. Así que sé perfectamente cómo manejar un fuego.

Ahora sí que consigo dejarla completamente inmóvil, estupefacta y con la pinza de emplatar a mitad de camino.

—¿Perdona? ¿Tú has sido Chef?

—Durante seis años intensos —le confirmo, disfrutando como una enana de su soberana cara de sorpresa—. Puedo demostrártelo ahora mismo si tienes el valor de cederme una encimera limpia y un cuchillo cebollero.

Sofía me escanea varios segundos de lo más tensos, como si estuviera intentando descifrar si me estoy quedando con ella o si hablo en serio. Finalmente, niega con la cabeza dejando escapar un bufido.

—Esto va a acabar en un desastre para mi cocina, lo estoy viendo.

—Ten un poco de fe y confía en mí.

—Eso nunca, inspectora. Va en contra de mi religión —responde, aunque detecto un leve y delicioso tono de diversión en su voz grave.