CAPÍTULO 45 #3
Pero está completamente desatada por los celos y no ha terminado el servicio ni muchísimo menos.
Me gira del revés con una urgencia que me asusta y me encanta a partes iguales, presionando mi pecho y mis palmas directamente contra el cristal frío del ventanal, dejándome de espaldas a ella.
Sus manos grandes me suben el vestido azul hasta la espalda y me bajan la lencería de un tirón hasta los tobillos, dejándome totalmente expuesta a su merced.
Me muerde la nuca con fuerza, sujeta mi pelo con una de sus manos para obligarme a inclinar el cuerpo y, con la otra mano, se abre paso de nuevo entre mis nalgas para penetrarme otra vez con los dedos, arrancándome un gemido largo y agudo que retumba en el cristal.
Empieza a follarme por detrás contra el ventanal con una potencia brutal.
Una de sus manos libres sube por mi costado, atrapa uno de mis pechos con fuerza y me pellizca el pezón con una impertinencia que me hace perder el sentido, mientras sus dedos se abren paso en mi coño húmedo con una facilidad pasmosa.
—Dime ahora mismo que nadie más en este maldito mundo te ha tocado de esta manera, Valeria —exige con un jadeo sordo, acelerando las embestidas de sus dedos dentro de mí.
—¡Nadie... nadie más! Solo tú, Aitana... solo tú me follas con esta rabia y de esta manera —le respondo entre sollozos de puro placer, con la frente apoyada en el vidrio templado.
Sus movimientos se vuelven completamente salvajes, primitivos, sin una pizca de cuidado.
Su mano baja de nuevo hasta mi clítoris desbordado, frotándolo sin tregua al ritmo frenético de sus dedos dentro de mí.
El placer es tan abrumador y tan bestia que me nubla la vista.
Me corro por segunda vez consecutiva, contrayéndome con violencia alrededor de su mano y pegando un grito que casi rompe el ventanal, pero Aitana sigue follándome sin darme un solo segundo de tregua ni de respiro.
—Al escritorio, ahora mismo —ordena con una voz ronca que no admite réplicas de la plantilla.
Me lleva en volandas y medio a rastras hasta su mesa, me sienta de un golpe en el borde y me abre las piernas de par en par de forma expeditiva.
Se coloca justo entre mis muslos abiertos y vuelve a penetrarme con una fuerza descomunal con sus dedos empapados.
Varios informes de facturación y bolígrafos caen al suelo del despacho con el jaleo, pero nos importa tres pimientos.
Me besa con una furia y una pasión desatadas, mordiéndome los labios con ganas, mientras mis dedos se clavan en la seda de su blusa buscando agarre.
—Eres mía, Valeria. Mía y de nadie más en esta vida —repite una y otra vez, follándome cada vez más duro, más rápido y más hondo.
—Sí... tuya, Aitana... entera. Te quiero...
joder, te quiero tanto —gimo completamente fuera de mí, estirando los brazos hacia abajo para buscar su propio sexo por debajo de su ropa, abriéndome paso entre sus telas hasta encontrar su coño ardiendo para meterle mis propios dedos y empezar a follarla a ella con la misma intensidad y la misma rabia salvaje.
El tercer orgasmo nos alcanza a las dos casi al mismo tiempo, en una explosión monumental que nos deja temblando.
Aitana suelta un gemido hondo y se derrumba sobre mi pecho, con los brazos flojos, mientras yo me sigo contrayendo espasmódicamente alrededor de sus dedos mojados, gritando su nombre al techo.
Nuestros cuerpos sudorosos, desordenados y con la ropa del revés permanecen unidos durante un buen rato, respirando de forma agitada en mitad del silencio de la oficina.
Poco a poco, las pulsaciones van bajando a niveles normales y la respiración se nos calma.
Aitana saca los dedos de mi interior con una suavidad extrema y me rodea con sus brazos en un abrazo protector, besándome la frente, los mofletes y los labios con una ternura infinita que me recompone el alma por dentro.
—Lo siento, de verdad... —murmura contra mi oído, con un tonito de culpa ejecutiva—. He perdido el control. Los celos me nublan la razón de una manera que me desconozco, Valeria.
—No lo sientas ni un poquito, mi alma, no me seas sosa —le respondo yo, sonriendo en la penumbra mientras le acaricio la espalda sudada—. A mí me encanta que me desees así y me folles con tanta rabia cuando te da el ataque de cuernos. Me pone a mil.
Ella suelta una risa suave y cantarina contra mi cuello, relajándose por fin.
—Es que eres incorregible.
—Y tú una Directora adorable, mi cielo.
Nos vestimos entre besos lentos, caricias cómplices y risitas flojas, recogiendo los papeles del suelo y recuperando como buenamente podemos la compostura.
Al salir del despacho unos minutos más tarde, con el uniforme más o menos en su sitio pero con las sonrisas de pillas todavía dibujadas en los labios, no puedo evitar mirarla de reojo mientras caminamos por el pasillo.
—¿Sabes una cosa, Aitana?
—¿Qué pasa ahora, cabeza loca? —pregunta arqueando una ceja con suspicacia.
—Pues que creo que voy a tener que ponerte celosa más a menudo.
Aitana se gira lentamente hacia mí en mitad del pasillo, con una ceja arqueada y dibujando una sonrisa peligrosísima que me hace vibrar el estómago.
—Ni se te ocurra, Valeria.
Estallo en una carcajada limpia que resuena por los pasillos del hotel.
Y mientras caminamos de la mano de vuelta a la fiesta de la playa, sé perfectamente que no importa cuántos influencers de pacotilla o invitados perfectos se crucen en nuestro camino.
Porque hay algo que ella ya ha comprobado en sus propias carnes, algo que yo jamás me voy a cansar de recordarle entre beso y beso: que mi corazón ya tiene una dueña absoluta, y que estoy enamorada de ella hasta trancas.