CAPÍTULO 45 #2
Durante unos segundos eternos no dice nada.
El silencio absoluto que se instala entre las dos en el despacho resulta muchísimo más íntimo y profundo que cualquier conversación de oficina.
Finalmente, Aitana acorta la distancia, apoya su frente contra la mía y empieza a respirar de forma agitada, contagiándome el pulso.
—Me vuelves completamente loca, Valeria. Joder... es que me tienes perdiendo los papeles y la cordura por los rincones.
—Eso me han dicho las malas lenguas... —bromeo con una voz ronca que ya delata mis verdaderas intenciones.
—Y encima tienes el descaro de hacerte la graciosa.
—Es uno de mis grandes encantos, Directora Robles. Viene en el contrato.
Ahora sí que sí. Aitana esboza una sonrisa de verdad, de las que le iluminan el rostro entero, y esa expresión suya vale un millón de veces más que cualquier puesta de sol.
Toda la tensión acumulada del día se disipa entre nosotras, pero el espacio que dejan los celos lo reclama de golpe algo mucho más cálido, urgente, oscuro y puramente carnal.
Sus manos firmes me rodean la cintura con una fuerza brutal, tirando de mí hacia delante y pegándome contra su cuerpo con ganas.
Yo enlazo mis brazos alrededor de su cuello de inmediato y, durante unos segundos agónicos, simplemente permanecemos fundidas en ese abrazo, escuchando cómo se nos aceleran los corazones al unísono y disfrutando de esta cercanía salvaje.
—¿Quieres saber qué es lo peor de todo esto? —murmura ella con los labios rozando los míos, tentándome.
—Dime, jefa, soy todo oídos.
—Que sé perfectamente que tú no has hecho nada malo esta noche. Pero el simple hecho de imaginar los ojos de ese hombre recorriendo tu cuerpo... joder, Valeria, es que me ha encendido por dentro de una manera que no puedo controlar.
—Menos mal que yo soy una santa y no he hecho nada de nada… —susurro, plantándole un beso húmedo justo en la comisura de su boca.
—Bueno... relativamente una santa, tampoco nos pasemos con los títulos —responde, arqueando las cejas—.
Aun así —continúa Aitana, bajando el tono de su voz hasta convertirlo en un ronroneo peligrosamente sensual que me hace temblar las piernas—, no me ha gustado un pelo ver cómo te ha colocado las manos encima.
—Ay, por Dios, qué miedo me das...
—Deberías tenérmelo.
Sonrío sobre su boca y le planto un beso suave en los labios.
Uno corto, tierno, de los que sellan la paz.
Pero ella no tiene la más mínima intención de conformarse con un tratado de paz descafeinado esta noche.
Su boca se vuelve exigente de golpe, hambrienta, devoradora.
Me besa con una desesperación salvaje, mordiéndome el labio inferior con ansia mientras me empuja hacia atrás sin contemplaciones, obligándome a retroceder hasta que mi espalda choca contra el enorme y frío cristal del ventanal del despacho.
El contraste del cristal helado contra mi piel contrasta de una forma brutal con el calorazo abrasador de su cuerpo embutido contra el mío.
—Aitana... —gimo entrecortada cuando su boca desciende con furia por mi barbilla y se clava directamente en mi cuello, besando, mordiendo y succionando la piel sensible de mi escote.
—Cállate, Valeria... —me ordena con una voz rota por el deseo—. Voy a follarte aquí mismo, contra este maldito cristal, hasta que la única cosa que seas capaz de procesar en esa cabeza sea mi nombre.
Sus palabras directas y pecaminosas me incendian las entrañas de golpe.
Mis manos se enredan sin control en su melena, tirando de ella hacia atrás mientras ella desliza una de sus piernas entre las mías con fuerza, presionando su muslo de forma fija contra mi sexo, haciéndome ver las estrellas.
El vestido que llevo se me sube por los muslos en un pispás hasta las caderas.
Sus dedos expertos, apartan de un zarpazo la fina tela de mi ropa interior y encuentran de golpe mi humedad más íntima.
—Joder, Valeria... si es que estás ya completamente empapada —gruñe con un tono cavernoso contra mi oído, introduciendo dos de sus dedos de golpe en mi coño.
Suelto un grito de puro placer que resuena en todo el despacho, arqueando la espalda contra el ventanal y perdiendo el sentido.
Las luces azules de la piscina iluminan nuestros cuerpos entrelazados en el reflejo del vidrio.
Aitana me folla con unos movimientos rápidos, profundos, rítmicos y completamente frenéticos que me hacen perder la noción del tiempo.
Su pulgar busca mi clítoris sin la más mínima piedad, frotándolo con maestría mientras su boca vuelve a reclamar la mía en un beso salvaje, húmedo y desesperado.
Mis caderas se mueven solas, siguiendo el ritmo desbocado de su mano, buscando más y más presión.
—Más fuerte, Aitana... por favor, te lo pido... más fuerte —le suplico entre gemidos rotos, arañándole la espalda.
—¿Esto es lo que querías? ¿Que te recuerde por las malas que eres mía y de nadie más? —pregunta acelerando el ritmo de sus dedos, que entran y salen de mí con una fuerza brutal, curvándose en el punto exacto que me hace rozar el cielo.
—Sí... tuya... solo tuya —jadeo con las pocas fuerzas que me quedan.
El orgasmo me golpea el cuerpo con la violencia de un tsunami.
Me corro a grito pelado pronunciando su nombre en mitad de la oscuridad, temblando de arriba abajo contra el ventanal mientras ella, lejos de parar, sigue moviendo los dedos dentro de mí con saña, prolongándome el placer y los espasmos hasta que noto que las piernas me fallan y no me sostienen.