¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

VALERIA

Llevo toda la noche preguntándome la razón por la que Aitana no aparta su mirada de mí.

Ojalá fuera porque está enfadada conmigo, eso sería mucho más sencillo de torear.

Pero lo que brilla en el fondo de sus ojos es peligroso, una corriente de alta tensión que me acelera el pulso a trescientas pulsaciones por minuto y me obliga a apartar la vista durante un segundo para disimular el tembleque y recuperar la compostura.

Porque conozco esa mirada de gata celópata.

El gran dilema es que no entiendo qué demonios he hecho mal para merecer este marcaje.

Durante toda la santa tarde me he limitado estrictamente a cumplir con mi bendito trabajo y con el protocolo: le he enseñado a Lucas el resort de arriba, le he aguantado las tonterías derrochando mi mejor salero, le he presentado al personal de los departamentos y he intentado por todos los medios que su estancia sea lo más agradable posible.

Vamos, exactamente lo que me exigen en mi contrato laboral.

Sin embargo, cada vez que levanto la cabeza, me encuentro con Aitana escaneando mis movimientos.

Y cuanto más avanza la madrugada, más intensa, oscura y peligrosa se vuelve esa mirada suya.

Cuando la fiesta entra en su momento más animado y el DJ pincha el temazo de la noche, estoy charlando animadamente con dos huéspedes junto a la barra cuando, de repente, noto una mano firme, cálida y decidida cerrándose alrededor de mi muñeca como un grillete.

Me giro con el corazón en la boca y me topo de bruces con ella.

Sus ojos brillan con una intensidad felina que me deja sin cobertura.

—Ven conmigo ahora mismo, Valeria —me ordena con una voz bajísima, ronca y cargada de una autoridad que me hace temblar las pestañas.

Parpadeo un par de veces, completamente sorprendida por el asalto relámpago.

—¿Ahora mismo, Directora? Pero...

—Ahora mismo. Es una orden directa.

—¿Pero ha pasado algo grave?

—Sí. Ha pasado algo muy grave y necesito que me ayudes.

El estómago me da un vuelco. ¡Madre mía del amor hermoso!

La he fastidiado pero bien. Sabía yo que tanta risa con el rubio me iba a pasar factura.

No sé cómo, no sé cuándo, pero la he liado parda.

Me despido a toda prisa y como puedo, pidiéndoles disculpas con una sonrisa de compromiso, y sigo a Aitana por el sendero iluminado que conecta el club de playa con el edificio central de las oficinas.

Ella camina a una velocidad de vértigo, con paso firme y los tacones resonando con fuerza contra el suelo, sin suelta una sola palabra por esa boca.

Y eso, las cosas como son, no ayuda precisamente a tranquilizar mis nervios.

—¡Aitana, chiquilla, frena un poco que pareces un miura! —la llamo, acelerando el paso para no quedarme atrás.

Silencio absoluto por su parte.

—Aitana, de verdad, me estás asustando con tanto misterio.

Nada. Ni mirarme de reojo.

—¿Se puede saber qué he hecho mal?

Se detiene tan de golpe en mitad del pasillo interior que casi me empotro de bruces contra su espalda y sus hombros.

Entonces se gira sobre sus talones con una rapidez pasmosa y me clava los ojos directamente.

Con esas pupilas verdes que tienen el superpoder de desarmarme, incluso cuando estoy convencida de que me va a firmar la carta de despido disciplinario allí mismo.

Durante dos segundos reales llego a plantearme seriamente esa posibilidad tan absurda.

Hasta que me fijo bien en el tembleque de su mandíbula, en la respiración agitada y en la expresión de orgullo herido de su rostro.

¡Ay, por Dios! ¡Oh, la virgen!

Una sonrisa traicionera, descarada y cargada de guasa empieza a abrirse paso de manera inevitable por mis labios.

Porque de repente todas las piezas del puzle encajan a la perfección en mi cabeza: el rubito de las narices, las risitas, la tensión en el buffet y la forma en que me vigilaba desde la barra .

¡Celos! ¡Pero un ataque de cuernos de categoría internacional!

Mi maravillosa, racional, fría y ultra controlada Directora está muriéndose de celos por las esquinas.

Y yo sé que eso debería preocuparme muchísimo, pero la pura realidad es que me cuesta un mundo no soltar una carcajada.

Ella abre la puerta del despacho y se hace a un lado.

—Entra. Dentro.

Paso al frente con chulería. La pesada puerta de madera se cierra de golpe a mis espaldas y el sonido del pestillo automático retumba en las paredes.

El despacho está casi a oscuras a estas horas, en un ambiente de lo más íntimo.

Solo la iluminación azulada del exterior se filtra a través del enorme ventanal de suelo a techo que da directo a las piscinas del complejo.

El agua en movimiento refleja unos destellos mágicos sobre las paredes blancas y todo el espacio parece suspendido en una especie de silencio eléctrico, cargado de una anticipación que me pone la piel de gallina.

Me vuelvo hacia ella, cruzándome de brazos y apoyando el peso en una cadera.

—Muy bien, Directora Robles. ¿Se puede saber qué ocurre?

Aitana se cruza de brazos también sobre el pecho, una postura tensa y desafiante que resalta de mala manera la curva de sus senos bajo la blusa elegante de seda.

—¿Te lo estás pasando bien esta noche, Valeria? ¿Es divertido el servicio?

—¿Perdón? No te entiendo la pregunta.

—Con él. Con el invitado estrella.

Intento por todos los medios componer una expresión seria y profesional de subordinada ejemplar. De verdad que pongo todo mi empeño. Pero fracaso de forma estrepitosa porque la risa me desborda.

—¿Me estás hablando de Lucas?

—¿Es que acaso hay algún otro hombre persiguiéndote como un perrito faldero por todo el resort y tocándote donde no debe? —replica ella con una voz afilada que podría cortar un cabo de amarre.

Mi sonrisa se ensancha tanto que ya me duelen los mofletes. Es superior a mis fuerzas.

—¿Estás celosa?

—Yo no estoy celosa de nada ni de nadie, Valeria, no digas sandeces —niega de inmediato, aunque veo perfectamente cómo se le tensa el músculo de la mandíbula.

—Aitana... por favor.

—Que no lo estoy.

—Claro, claro, lo que tú digas, cariño —respondo utilizando mi tonito más burlón y vacilón.

—Valeria, te estoy hablando muy en serio.

—Y yo a ti, Aitana.

Nos quedamos mirándonos fijamente en mitad de la penumbra, midiendo las fuerzas como dos gatas en un tejado. Entonces ella resopla con frustración y desvía la mirada un segundo, porque sabe de sobra que la he pillado con las manos en la masa y que no tiene defensa posible.

—Es un imbécil superficial —suelta por fin con una rabia contenida que me da la vida.

—Pero si no lo conoces de nada, mujer —contesto, aguantándome la carcajada en el pecho.

—Ha tenido la tremenda osadía de entrar aquí esta tarde a pedirme tu número de teléfono personal —suelta de golpe, con los ojos inyectados en un orgullo herido que me resulta adorable.

No puedo evitar abrir los ojos como platos de la sorpresa real.

—¿Qué dices? ¿De verdad te ha pedido mi número?

—Como lo oyes. En mi propia cara.

—¿Y se puede saber qué ha hecho mi Directora ante semejante brecha de seguridad?

La expresión de Aitana se vuelve altiva, estirada y digna del mismísimo trono real.

—Decirle que no, evidentemente. Y aplicarle la normativa de protección de datos con una frialdad y unas malas formas que dudo mucho que se le olviden en toda su vida.

La carcajada limpia y sonora se me escapa de la boca antes de que pueda ponerle el freno de mano.

—¡Dios mío de mi vida, Aitana! Eres única.

—No le veo la maldita gracia por ninguna parte, de verdad —gruñe ella, dando un paso al frente, aunque noto perfectamente cómo las comisuras de sus labios tiemblan del esfuerzo por no contagiarse de mi risa.

—Pues la tiene, cariño. Y mucha. Muchísima.

—Valeria... estás jugando con fuego y te estás burlando de mí —advierte, acortando la distancia entre las dos con paso depredador.

—Es que estás absolutamente adorable cuando te pones en plan posesiva y mandona, de verdad te lo digo.

—Te aseguro que yo no soy adorable en absoluto cuando me enfado.

—Lo eres, aunque… también irresistible, peligrosa y sexy a rabiar, diría yo —insisto con voz melosa, mordiéndome el labio inferior mientras clavo mis ojos en su boca.

Aitana niega con la cabeza, rindiéndose a la evidencia, y esa sonrisa preciosa que intentaba camuflar se abre paso por fin en la oscuridad.

Doy un paso decidido hacia delante. Ella no retrocede ni un milímetro.

El aire entre nuestros cuerpos se espesa de golpe, cargándose de una temperatura que no es la del aire acondicionado. El deseo puro y duro.

—Aitana... —murmuro con voz suave, perdiendo la guasa.

—¿Qué quieres, Valeria?

—No me interesa ese chaval ni lo más mínimo, mi alma.

Su mirada verde se suaviza durante un instante mágico.

—Lo sé. Con la mente lo sé perfectamente.

—¿Entonces a qué viene esa cara de sargento de la legión? —pregunto, estirando una mano para acariciarle el brazo con suavidad, sintiendo el tejido de seda de su blusa.

—Porque me pone de los puros nervios, Valeria. No lo puedo evitar. La forma en que te mira, como si tuviera derecho a tocarte o a tenerte. Como si ese niñato no supiera... que tú ya eres completamente mía.

El corazón se me derrite de manera literal en mitad de mi pecho y se me cae la baba con ella.

Porque detrás de toda esa fachada de posesividad y autoridad ejecutiva, sé perfectamente que lo que hay es miedo, una pizca de inseguridad y una vulnerabilidad preciosa que Aitana solo se atreve a mostrar cuando estamos entre estas cuatro paredes.

Levanto la mano con lentitud y le acaricio la mejilla, disfrutando del tacto sedoso de su piel.

—Yo solo tengo ojos a ti, Aitana. Y solo te deseo a ti. Que lo sepas.