¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 44 #3
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CAPÍTULO 44 #3

La noche llega con una rapidez pasmosa que no me da tregua.

Con ella arranca la fiesta privada organizada en el club de la playa.

Las antorchas iluminan la arena, la música chill-out suena de fondo cerca de la orilla y las olas rompen con un ritmo relajado a muy pocos metros de los reservados.

Todo parece sacado de una postal idílica del verano perfecto en la costa.

Pero yo, para mi desgracia, estoy de un humor de perros.

Llevo horas viendo desde mi rincón estratégico cómo ese hombre orbita alrededor de Valeria como si fuera un tiburón blanco oliendo sangre fresca en el agua.

Y ella, completamente ajena a mis sangrientos pensamientos homicidas, sigue haciendo su trabajo a la perfección: amable, sociable, derrochando simpatía gaditana, encantadora y sumamente profesional con todo el mundo.

La veo charlar con los invitados vip, con los jefes de departamento, con él...

Sé perfectamente que Valeria no está haciendo nada malo.

Lo sé con la mente. Pero los celos, por desgracia, no entienden de lógica empresarial ni de racionalidad.

Estoy apoyada junto a la barra de madera del chiringuito cuando veo al susodicho acercarse a ella por enésima vez.

Valeria sostiene una copa de cava y le sonríe educadamente, manteniendo las distancias de seguridad.

Pero el muy imbécil, envalentonado por el alcohol, decide invadir su espacio personal sin el menor permiso protocolario.

De pronto, veo cómo la mano del hombre se posa con excesiva confianza justo sobre la curva de su cintura.

La mandíbula se me tensa de tal manera que me cruje hasta el cuello, y noto cómo los nudillos se me quedan blancos de la rabia.

Veo perfectamente cómo Valeria intenta apartarse de forma discreta dando un paso lateral, pero él vuelve a recortar la distancia, le dice algo al oído que no logro escuchar por culpa de los altavoces y le toca el brazo con una familiaridad que me resulta intolerable.

La sangre me hierve en las venas a trescientos grados.

Mi primer impulso irracional es caminar recta hacia allí a zancadas sobre la arena, apartar a ese niñato de un empujón y cantarle las cuarenta delante de todo su séquito.

Pero no puedo. No soy su pareja de forma pública.

Él sigue siendo un invitado de vital importancia para el marketing de la cadena hotelera.

Una escena de celos de la Directora se convertiría en un desastre reputacional absoluto para el resort.

Así que me veo obligada a quedarme completamente inmóvil en mi sitio, apretando mi copa de gin-tonic con tanta fuerza que temo seriamente romper el cristal entre los dedos.

Valeria vuelve a intentar marcar distancias de forma ostensible. Esta vez logro captar con total nitidez el brillo de incomodidad y fastidio en su expresión. Mi corazón da un vuelco salvaje. Conozco esa mirada perfectamente: se le está acabando la paciencia. Y eso no me gusta un pelo.

Lucas insiste una vez más, volviendo a estirar la mano.

Y durante un agónico segundo real, estoy a punto de perder los papeles, mandar la dirección del hotel al garete y saltar los límites del decoro.

Pero afortunadamente no hace falta. Porque Valeria da un paso firme y seco hacia atrás, planta la mano en su propia cadera cobrando una distancia insalvable y le suelta algo breve, tajante, educado pero absolutamente inequívoco que le borra la sonrisa de golpe al chaval.

El hombre parece comprender finalmente el mensaje de "hasta aquí hemos llegado" y se aparta con el rabo entre las piernas hacia la zona donde están sus amigos.

Mi respiración vuelve poco a poco a sus niveles normales, aunque la rabia de la posesividad me sigue quemando las entrañas por dentro como un ácido.

Es en ese preciso instante cuando Valeria levanta la vista hacia la barra y me encuentra clavada allí, observándola fijamente desde el otro extremo de la terraza de la playa.

Nuestros ojos se cruzan a través de la penumbra y de las antorchas.

Solo un segundo. Pero es más que suficiente para las dos.

En esa sola mirada de reojo descubre, con total nitidez, el tremendo ataque de celos con el que llevo lidiando toda la santa noche.

Las comisuras de sus labios carnosos se curvan ligeramente hacia arriba en una sonrisa pícara, como si tuviera unas ganas locas de reírse en mi cara de mi rabieta.

Como si supiera de sobra el poder absoluto que tiene sobre mí.

Yo entrecierro los ojos con gesto de seria advertencia.

Ella, lejos de amedrentarse, sonríe todavía más, la muy insolente y descarada, y me dedica un guiño de ojo rapidísimo y totalmente discreto antes de darse la vuelta hacia el grupo de invitados con una tranquilidad pasmosa.

Mientras tanto, yo sigo completamente clavada en la barra, con el corazón acelerado a mil por hora, la sangre hirviendo de la emoción y una certeza tan clara, rotunda y evidente que resulta materialmente imposible ignorarla: estoy enamorada de esa mujer hasta las mismísimas cejas.

Profunda, loca e irremediablemente. Y como alguien del hotel vuelva a ponerle una sola mano encima sin su consentimiento, no tengo ni la más remota idea de cuánto tiempo más seré capaz de seguir comportándome como la impecable, fría y racional Directora que todo el mundo cree que soy.