CAPÍTULO 44 #2
Porque hay que estar ciego para no ver desde el primer maldito segundo que los dos conectan de inmediato, de una manera asquerosamente natural y espontánea.
Como dos personas de la misma generación que hablan exactamente el mismo idioma superficial de las redes sociales.
Valeria empieza a enseñarle las instalaciones principales con su profesionalidad habitual, le cuenta un par de anécdotas divertidas y con chispa del resort, y le hace reír a carcajadas con esa facilidad y ese desparpajo que tiene ella para ganarse a la gente.
Él responde de inmediato con bromas rápidas de madrileño resabiado, ella contraataca con ingenio gaditano, ambos se pisan las frases con una complicidad pasmosa y terminan riéndose juntos como si se conocieran de toda la vida.
El muy imbécil parece absolutamente fascinado y encantado.
Yo observo toda la escena desde la distancia, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho y una sonrisa profesional que siento completamente congelada y acartonada en la cara.
Intento por todos los medios autoconvencerme de que soy una mujer adulta, madura, razonable y que esto es puro negocio.
Pero no funciona ni un poquito. Cada vez que ese crío le sonríe demasiado a Valeria o le roza el hombro al reírse, siento una punzada aguda, ardiente y dolorosa en mitad del estómago. Y no me gusta nada. Absolutamente nada.
La situación empeora de forma drástica durante la comida en el restaurante.
Valeria está sentada justo al lado de él en la mesa presidencial porque, por orden de Madrid, forma parte obligatoria de su jornada laboral como su sombra.
El influencer parece hipnotizado. No deja de buscarla con la mirada a cada plato, de hacerle preguntas de carácter personal disfrazadas de interés profesional por el turismo de la zona, y de reírse a carcajadas de comentarios de Valeria que ni siquiera son especialmente graciosos.
Yo estoy sentada justo al otro lado de la gran mesa, masticando un tartar de atún que me sabe a corcho, intentando con todas mis fuerzas no parecer una psicópata celosa sacada de una película de terror.
Probablemente lo estoy consiguiendo sin demasiado éxito.
Valentina, que tiene un radar olímpico para estas cosas y no se pierde un solo detalle del cotilleo, me observa de reojo varias veces desde su sitio y sonríe con una picardía que me dan ganas de matarla.
En cuanto termina el servicio de la comida y los comensales se levantan, se acerca a mí disimuladamente por el pasillo del buffet.
—¿Se puedes saber por qué tienes cara de ogro? —pregunta con retintín.
—No tengo cara de nada, solo estoy pendiente de que todo marche sobre ruedas —respondo con una sequedad que podría cortar el cristal.
—Claro, claro. Se te nota en la cara de felicidad que traes. Vaya si se te nota.
—¿Qué significa eso exactamente, si se puede saber? —le espeto, clavándole la mirada.
—Nada, mujer... qué susceptibilidad —dice ella derrochando una inocencia más falsa que un euro de madera—.
Solo que tienes una cara de querer empujar a alguien de cabeza al mar desde el acantilado que asusta.
Preferiblemente a un influencer rubio con exceso de sonrisas y muy pocas horas de cotización a la Seguridad Social.
—No digas tonterías, Valentina, haz el favor.
—Aitana... te conozco. Y esa mirada asesina de leona herida es completamente nueva en tu catálogo. Háztelo mirar.
La fulmino con los ojos, prometiéndole la peor de las muertes. Ella se echa a reír con ganas, divertida por mi ataque de cuernos, y se marcha hacia la cocina antes de que me dé tiempo físico a replicarle la insolvencia.
Por la tarde la cosa pasa de castaño oscuro y ocurre algo todavía peor. Estoy revisando unos informes de facturación urgentes en mi despacho cuando llaman a la puerta.
—Adelante.
Para mi desgracia, es el mismísimo Lucas Ferrer el que entra en mi oficina, con una actitud relajada, sonriente y demasiado cómodo en un espacio que es mi santuario.
Se sienta en el sillón que hay frente a mi escritorio sin esperar a que le dé la invitación protocolaria y cruza las piernas con una soltura que me enerva.
—¿Te puedo hacer una pregunta de carácter un poco más informal, Aitana? —me dice, mirándome fijamente.
—Por supuesto, Lucas. Tú dirás. ¿Algún problema con la suite o las almohadas ecológicas?
—No, qué va, todo perfecto, de diez. Es sobre tu responsable de Relaciones Públicas... Valeria.
Mi corazón se detiene en seco durante un angustioso segundo. Noto cómo la sangre se me congela en las venas.
—¿Qué ocurre exactamente con la señorita Valeria? —pregunto, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener la voz en un tono neutro y profesional.
—Nada malo, tranquila, al revés. Me cae genial, tiene un gancho brutal y un rollo que me flipa.
Creo que podríamos llevarnos muy, pero que muy bien fuera de lo que es el entorno del hotel, ¿sabes?
—me suelta con una naturalidad que me revuelve las tripas—.
¿Habría algún problema en que me facilitaras su número de teléfono personal para organizar algo en privado?
Silencio absoluto en el despacho. Un silencio tan denso y espeso que creo que hasta los pájaros que cantan fuera en las palmeras han dejado de hacerlo del susto.
Lo miro fijamente a los ojos, sin pestañear, manteniendo mi mejor máscara. Él me devuelve la sonrisa, completamente confiado en su estatus de guapo oficial y protegido del Director General.
—Lo lamento muchísimo, Lucas. Pero va totalmente en contra de nuestras normas —respondo con una frialdad profesional que habría congelado el mismísimo Mediterráneo en un pestañeo.
Su sonrisa perfecta vacila notablemente por primera vez desde que llegó.
—¿Perdón? ¿Cómo dices?
—Por estricta política de privacidad y protección de datos del resort, está terminantemente prohibido facilitar información personal o números de contacto de cualquier miembro del personal a los huéspedes. Es una norma interna innegociable —añado, clavándole las palabras como puñales de hielo.
—Bueno, pero tratándose de mí, que soy amigo de la familia Balmaseda... —intenta presionar el niñato con prepotencia.
—La ley de protección de datos se aplica con la misma rigurosidad a todos los clientes por igual, independientemente de sus influencias o de sus seguidores en las redes sociales, Lucas —zanjo la conversación, poniéndome en pie para invitarlo implícitamente a salir—.
Si necesitas coordinar cualquier actividad del hotel, la señorita Valeria estará encantada de atenderte en su horario laboral. Buenas tardes.
Cuando el chaval se marcha del despacho con el orgullo visiblemente herido, cierro la puerta de madera con muchísima más fuerza de la estrictamente necesaria, provocando un golpe seco, y apoyo ambas manos sobre el escritorio, temblando de pura rabia contenida.
Respiro hondo varias veces, intentando meter aire en los pulmones.
Dios mío de mi vida. Estoy celosa. Ridícula, absurda y patéticamente celosa de un crío de veintiséis años.
Y lo peor de todo el asunto es que no puedo hacer absolutamente nada para marcar territorio sin exponernos a que todo el hotel descubra lo nuestro.