CAPÍTULO 44
AITANA
Pasar la noche con Valeria debería estar terminantemente prohibido por los comités de seguridad y salud de cualquier empresa del planeta.
Y no precisamente porque sea incómodo o molesto, qué va.
Todo lo contrario. Es porque ahora, con cuarenta y dos años y el corazón del revés, entiendo por fin la bendita y absoluta locura que comete la gente cuando pierde la cabeza por amor.
Abro los ojos con una lentitud inusual en mí y, durante unos breves y desconcertantes segundos, a mi mente le cuesta horrores recordar en qué coordenadas exactas del mapa me encuentro.
La luz dorada y deslumbrante de la mañana mediterránea se filtra ya con descaro por las rendijas de las persianas del ventanal, dibujando líneas cálidas y perezosas sobre las sábanas blancas y completamente revueltas.
El aire acondicionado zumba con suavidad, manteniendo la estancia a unos refrescantes veintitrés grados, pero las sábanas de la cama conservan intacto el aroma a sexo.
Ese olor tan nuestro y que mi cerebro asocia inmediatamente a todo lo que sentimos.
Valeria tiene una de sus piernas enredada sin pudor entre las mías, un brazo rodeándome la cintura con un descarado sentido de la posesión y la cara enterrada contra el hueco de mi hombro, como si durante la madrugada hubiera decidido, por decreto ley, que ese era su lugar exacto e innegociable en el mundo.
Su respiración, pausada, lenta y tibia, me roza la piel desnuda del cuello en cada bucle, provocándome un escalofrío placentero que me recorre toda la espalda.
Sonrío. Soy completamente incapaz de evitarlo.
Apenas unas horas antes nos encontrábamos en mitad del pasillo borrachas de risa y de mojitos, confesándonos unos sentimientos que llevábamos demasiado tiempo camuflando.
Todavía puedo escuchar el eco de su voz pronunciando las palabras exactas que lo cambiaron todo y que encendieron una mecha que acabó prendiéndole fuego a todo.
—Te quiero —susurro para mí misma en la penumbra del cuarto, saboreando el sonido de las palabras como si fueran un conjuro de magia negra.
El corazón me da un vuelco tan violento y salvaje que temo que la despierte.
No importa que tenga cuarenta y dos años cumplidos.
No importa que dirija con mano de hierro un resort de cinco estrellas como este.
No importa que durante toda mi puta vida haya creído tener bajo estricto control mis emociones y mis defensas.
Ahora mismo me siento exactamente como una adolescente torpe, atontada y ridículamente feliz, y sé que es absurdo.
Pero también es lo más maravilloso que me ha sucedido en eones.
Valeria se remueve entre las sábanas soltando un quejido perezoso. Murmura algo completamente ininteligible contra mi piel y se aferra todavía más fuerte a mi costado, apretando el agarre de sus brazos como si temiera que pudiera escaparme volando por la ventana al amanecer.
—Eres un auténtico koala, ¿lo sabías? —susurro con ternura, rozando con los labios su cabello alborotado y rebelde.
—Mmm... déjame, anda... —protesta ella sin tomarse la molestia de abrir los ojos, arrugando la nariz.
—Un koala de la bahía de Cádiz, borracho de sueño y con resaca.
—Que yo no soy ningún koala... —murmura adormilada, pero dibujando esa sonrisa perezosa y canalla en las comisuras que me vuelve loca.
—Lo eres. Vaya si lo eres. Y de los que se agarran bien fuerte a la rama.
—Tú eres la única culpable de que me haya vuelto un koala...
—responde ella, levantando apenas la cara de mi pecho para depositar un beso suave, lento y húmedo justo debajo de mi clavícula.
Sus ojos marrones se abren un poco, todavía cargados de legañas y de noche, y me mira con una intensidad tan limpia que me desarma las pocas defensas que me quedan—. Buenos días, mi amor...
—Buenos días...
Nos quedamos así durante unos minutos deliciosos, enredadas entre las sábanas, besándonos con una lentitud de película, explorando con calma y sin prisas esa nueva intimidad que aún nos resulta deliciosamente frágil, prohibida y excitante.
Sus manos recorren mi espalda desnuda con una pereza embriagadora, y yo enredo los dedos en su pelo indomable mientras le cuento entre susurros el vuelco que me dio el pecho anoche al oírla decir que me quería.
Ella se ríe bajito contra mi boca, derrochando salero, y me asegura que si hace falta me lo va a repetir todas las mañanas antes del café para que no se me olvide quién manda en mi corazón.
Dos horas después, por desgracia, la magia se resquebraja. La cruda realidad irrumpe en nuestra burbuja romántica con la delicadeza y el tacto de una retroexcavadora.
Estoy revisando el correo electrónico de la empresa en el iPad de la terraza del dormitorio cuando Valeria aparece perfectamente vestida con su uniforme.
—Esa cara... ¿Tenemos problemas en el paraíso, mi alma? —pregunta, acercándose por detrás para darme un beso rápido y reconfortante en la sien.
Levanto la vista de la pantalla y, durante unos segundos, me distraigo contemplando lo bien que le sienta el azul. Verla sonreír a estas horas de la mañana debería considerarse un arma de destrucción masiva para la productividad.
—Nuestro invitado estrella acaba de aterrizar en el aeropuerto de Alicante-Elche —le informo, frotándome las sienes—. El dichoso influencer de las narices ya está de camino en el transfer privado del hotel.
—Ah —responde ella simple y llanamente, encogiéndose de hombros sin el más mínimo entusiasmo.
—Exacto. Ah. Y ese nivel de pasotismo andaluz tuyo me preocupa, Valeria.
—A mí lo que me preocupa es la tontería que tienen los altos cargos de la central con usar a los influencer para dar a conocer el resort, que no es ni medio normal —añade ella, cruzándose de brazos.
—Pues espérate, que esto te va a encantar: ha enviado un correo a través de su representante exigiendo una lista completa de cosas en su suite —añado, levantando una ceja con mi mejor mueca de incredulidad.
Valeria se echa a reír con esa risa ronca, suelta y natural que me vuelve loco el sistema.
—¡No me jodas! ¿En serio?
—Te lo juro por mi puesto de trabajo. Y peor aún: ha especificado de su puño y letra que las almohadas no pueden ser de ganso común, que ninguna tenga más de tres años de antigüedad y que prefiere las de espuma viscoelástica con certificación ecológica.
—Me dan lástima las camareras de piso. La de trabajo que les va a dar adecentar la Suite Presidencial esta mañana, de verdad. Espero que encuentren alguna en los almacenes o las veo yendo a comprar una al centro comercial —dice ella, negando con la cabeza mientras se sienta a mi lado en la silla.
—Pobre todo el mundo en este complejo, Valeria. Incluida yo, que tendré que coordinar personalmente este circo mediático para que el Director General no me monte un número desde Madrid. Y tú, que vas a tener que soportarlo.
Ella vuelve a reír con ganas y, por unos breves instantes, conseguimos olvidar el estrés que se nos avecina. Me toma de la mano por debajo de la mesa y entrelaza nuestros dedos con una firmeza que me reconforta el alma.
—No te preocupes por eso, ya sabes que tengo salero de sobra para soportar a personas como él —me recuerda y se acerca para besar mis labios—. Esta noche, en cuanto termine la fiesta de la playa y se acabe el servicio, nos vemos aquí. ¿Qué te parece el plan, jefa?
—Me parece un plan operativamente perfecto —respondo, apretando su mano con fuerza antes de soltarla.
Pero en cuanto cruzamos el umbral de la habitación, el trabajo, como un monstruo insaciable en plena temporada alta, nos reclama a cada una en nuestro puesto.
La llegada de Lucas Ferrer provoca, tal y como yo había vaticinado, el caos más absoluto en la recepción del resort.
Personal extra de refuerzo, seguridad privada reforzada para contener a un par de adolescentes que merodean por la entrada, fotógrafos de prensa rosa en la valla exterior, los responsables del departamento de marketing digital con las cámaras preparadas, coordinadores, recepción y el equipo de Relaciones Públicas en posición de revista.
Todo el mundo corre de un lado para otro intentando anticiparse a cada capricho del niñato.
Yo superviso cada detalle desde el entresuelo, manteniendo el orden y la calma.
Al menos hasta que aparece. Alto, facciones escandinavas perfectas, sonrisa de diseño de clínica dental, millones de seguidores en Instagram y esa presencia escénica de los que han nacido sabiendo milimétricamente dónde está colocada cada cámara para sacarle su mejor perfil.
—Aitana, un auténtico placer conocerte por fin en persona —dice, extendiendo la mano con una confianza desmedida y tuteándome sin el menor reparo.
—Bienvenido a Paraíso Azul, Lucas. Esperamos que su estancia entre nosotros sea inolvidable y cumpla con todas sus expectativas —respondo estrechándole la mano con mi mejor sonrisa, esa que llevo ensayando años para clientes de alta alcurnia.
Intercambiamos los saludos habituales de cortesía, un par de comentarios educados sobre el vuelo privado y la calidad de nuestras instalaciones de la playa exclusiva.
Durante los primeros cinco minutos, todo transcurre dentro de los canales de la normalidad.
Hasta que aparece Valeria en el vestíbulo y todo mi mundo se va directo al infierno. A mi infierno de celos particular.