¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 43 #2
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CAPÍTULO 43 #2

Me pego a su espalda sudorosa, sintiendo la suavidad de su piel, y hundo mi mano derecha entre sus piernas desde atrás.

Mis dedos se mueven con una velocidad salvaje, casi ruda, contagiada por la música que aún me resuena en la cabeza y los efectos del ron.

Aitana apoya la frente contra la almohada empapada y empieza a gemir de una manera tan sucia, tan caliente y tan entregada que me dan ganas de gritar de la emoción.

Muevo mi mano sin piedad alguna, frotando su centro con una precisión milimétrica mientras le muerdo con suavidad la espalda y los hombros bronceados.

El ritmo en la cama es frenético, rozando lo violento por la pura necesidad de posesión que tenemos las dos.

Aitana empieza a jadear con desesperación, empujando sus propias caderas hacia atrás, buscando más presión, más velocidad en mis dedos.

Su cuerpo se tensa como una cuerda de violín a punto de romperse en mitad de un concierto.

—Valeria... joder…—grita descontrolada, olvidándose del decoro del resort.

Su cuerpo tiembla en unos espasmos incontrolables mientras se corre por segunda vez en mis manos, apretando los músculos de su pelvis contra mis dedos, que no detienen el movimiento frotando su clítoris hasta que cae completamente exhausta y rendida sobre el colchón.

Nos dejamos caer de lado sobre el colchón, de cara la una a la otra.

El sudor nos empapa los cuerpos enteros, la respiración es un coro de jadeos rítmicos que llena la estancia.

Nos miramos fijamente a los ojos a escasos centímetros.

Ya no hay alcohol que valga en nuestras cabezas; la mirada que compartimos ahora mismo es de una lucidez apabullante, cargada de un sentimiento tan real y tan inmenso que asusta.

—Te quiero, Valeria —me dice con una ternura y una dulzura que contrasta enormemente con la salvajada que acabamos de hacer en la cama.

—Y yo a ti, mi jefa mandona —le respondo yo, acariciándole la mejilla con suavidad.

Pero el simple roce de nuestras pieles sudorosas vuelve a encender la mecha del tirón.

Esto es como una droga de las buenas. No podemos parar ni aunque queramos.

Aitana me abraza con fuerza, me arrastra hacia su cuerpo y nos empezamos a frotar la una contra la otra.

El contacto directo de nuestras intimidades, húmedas, calientes y sumamente sensibles por los orgasmos anteriores, es una sensación tan eléctrica que nos hace gemir al unísono a las dos.

Nos besamos con desesperación, metiéndonos las lenguas hasta la garganta, mientras nuestras caderas se mueven en un vaivén perfecto, acopladas la una a la otra como dos piezas de un puzle.

Yo levanto una de mis piernas sobre su cadera para presionar con más fuerza el roce.

El contacto es directo, puro, brutal. Cada movimiento nos acerca más y más al borde del abismo.

Es un ritmo constante, adictivo, pasional a más no poder.

Siento cómo el clímax se va construyendo en mi vientre, una ola inmensa que amenaza con arrastrarme con fuerza.

Aitana también lo siente en sus carnes; noto cómo sus espasmos empiezan a volver a brotar, cómo aprieta los dientes contra mi cuello para no gritar más de la cuenta.

El placer sube y sube sin freno, como la temperatura al mediodía.

Estamos a punto de estallar juntas por los aires.

El roce es tan sumamente intenso que veo estrellas de colores detrás de mis párpados cerrados.

Nos movemos con una urgencia casi dolorosa, buscando fundirnos la una en la otra para siempre.

—Aitana... —le gimo su nombre al oído.

Y nos corremos a la misma vez. Una ola de placer descomunal y salvaje nos pasa por encima, haciéndonos temblar al unísono en un orgasmo compartido que parece no tener fin.

Gritamos juntas, unidas en un abrazo tan fuerte que casi nos deja sin aire en los pulmones, sintiendo cómo nuestras intimidades palpitan con la misma frecuencia salvaje.

Nos quedamos tumbadas de lado, unidas por las piernas, escuchando el zumbido sordo del aire acondicionado que apenas puede con el calor comunal de la habitación.

Podríamos dejarlo aquí perfectamente, las cosas como son.

Estamos cansadas, borrachas de todo y satisfechas hasta el tuétano. Pero somos nosotras.

Aitana me mira fijamente, con una sonrisa pícara y de lo más sensual dibujándose en sus labios perfectos.

—¿Te queda algo de energía en el cuerpo? —me pregunta desafiante, pasándome un dedo húmedo por el centro de mi pecho.

—Para ti tengo energía de sobra —le respondo, incorporándome de inmediato sobre ella con chulería.

Esta vez la tumbo boca arriba, abriéndole las piernas de par en par sin contemplaciones.

Me coloco entre ellas de rodillas y la miro fijamente a los ojos.

Quiero que me vea bien. Quiero que sepa con total claridad que soy yo, la chica que apareció en su vida para romperle todos sus esquemas perfectos de oficina, la que está loquita por sus huesos.

Bajo mi cabeza entre sus muslos y empiezo a lamerla con una devoción casi religiosa, pero con toda la picardía andaluza que me caracteriza.

Alterno lametazos largos y húmedos con succiones rápidas en su clítoris, metiéndole dos dedos a la vez dentro de ella, jugando con su ritmo, acelerando cuando la escucho gemir con fuerza y deteniéndome justo cuando está a punto de llegar al borde del orgasmo, solo para hacerla rabiar y suplicar.

—¡Valeria... eres mala... juega limpio, por lo que más quieras! —se queja arqueando las caderas hacia arriba, suplicando por el final del tormento.

—En el amor y en la guerra todo vale —le digo mirándola desde abajo con una sonrisa de lo más traviesa antes de volver a la carga con una ferocidad renovada.

Uso toda la fuerza y la energía que me queda para darle el final que se merece.

Muevo mis dedos y mi lengua a una velocidad de vértigo.

Aitana pierde el control. Se agarra con las dos manos a las sábanas, echa la cabeza hacia atrás exponiendo su cuello largo y empieza a emitir unos sonidos tan roncos, tan sucios y tan sensuales que me invitan a ir todavía más rápido.

Su cuerpo empieza a temblar, señal inequívoca de que está en el límite absoluto de sus fuerzas.

Aumento la presión dándolo todo, vaciándome en el proceso.

Y entonces, Aitana estalla en su cuarto orgasmo de la noche, un clímax tan largo, tan profundo y tan descomunal que la deja llorando de pura felicidad, temblando de arriba abajo mientras mi nombre se escapa de sus labios como si fuera un mantra sagrado.

Pero yo no me detengo ahí, qué va. Saco las manos de entre sus piernas, me deslizo hacia arriba por su cuerpo sudoroso y me coloco sobre ella, buscando mi propio roce final.

Estoy tan sumamente sensible por los orgasmos anteriores que el más mínimo contacto me hace ver el cielo abierto del tirón.

Aitana, a pesar de estar completamente exhausta y sin fuerzas, comprende de inmediato lo que necesito.

Me agarra con fuerza de las nalgas y me empuja contra su pubis, ayudándome a encontrar el ángulo perfecto de encaje.

Empezamos a movernos en un ritmo lento, pero increíblemente profundo, un roce constante de nuestras pieles que me quema por dentro.

Cada embestida me acerca más y más al colapso total de mis sentidos.

Mis ojos se llenan de lágrimas de la pura intensidad del momento.

Miro a Aitana a los ojos. Ella me mira a mí.

En ese momento no existen barreras, no hay miedos a las represalias, no hay diferencia de edad que valga entre las dos.

Solo somos dos mujeres entregadas a lo que sienten en mitad de la noche.

El placer me invade las entrañas, subiendo como una marea imparable.

Noto que mi orgasmo está ahí, a la vuelta de la esquina, listo para reclamarme por cuarta vez consecutiva.

El corazón me late a mil por hora contra las costillas, el sudor nos une en una sola piel brillante.

Me pego a su oído con la voz rota, jadeando, entregándole mi alma entera en el proceso.

—¡Te quiero, Aitana! ¡Te quiero con locura, joder! —le grito con el último aliento de vida que me queda en el cuerpo.

Y justo en ese mismo instante, mientras mis palabras flotan en el aire caluroso y denso de la habitación, mi cuarto orgasmo me golpea con la fuerza de un rayo.

Mi cuerpo se arquea sobre el suyo, mis músculos se contraen en una delicia indescriptible y me hundo por fin sobre su pecho, llorando y riendo a la misma vez, completamente vacía de fuerzas, pero completamente feliz, sabiendo que, pase lo que pase, esta noche nos ha cambiado la vida para siempre.