CAPÍTULO 43
VALERIA
No sé el tiempo que hemos tardado en abrir la puerta de mi dormitorio, pero es lo mismo.
Cuando lo conseguimos y pasamos dentro, cerramos de un portazo tan soberbio que retumba en mitad del pasillo.
Ni siquiera encendemos las luces. Vamos muy borrachas.
Borrachas de mojitos, de ginebra, de música discotequera de esa que te retumba en el pecho, de haberlo dado absolutamente todo en la pista de baile; pero, por encima de todas las cosas, borrachas de una verdad que nos ha estallado en toda la cara hace apenas unos minutos: nos queremos.
Nos lo hemos dicho entre risas flojas, justo antes de entrar, y ahora mismo esa confesión es gasolina para el fuego que nos está quemando vivas por dentro.
—Valeria... por lo que más quieras... frena un segundo... —jadea Aitana contra mis labios, intentando en vano poner un mínimo de orden en mitad del caos.
Aitana me mira a los ojos, con ese brillo especial que le ha sofocado las mejillas y ha borrado la compostura de jefa que suele cargar consigo normalmente.
La empujo de espaldas contra la pared blanca de la habitación y ella suelta un gemido sordo de pura sorpresa que se me mete directo en las venas.
—Ni «por favor», ni «frena» … —le susurro, mordiéndole el labio inferior con unas ganas locas, saboreando el alcohol de la ginebra y el labial rojo que ya lleva a medio correr—. Te juro que esta noche se va a enterar usted de lo excitada que me pone, Directora.
Aitana se suelta una risa floja, esa risa ronca de mujer madura que me desarma de arriba abajo, y me agarra del pelo con dedos para pegarme más a ella, devorándome la boca.
Su vestido negro —el mismo que he querido arrancarle en cuanto la vi—, me está estorbando lo indecible.
Mis manos, torpes por culpa de las copas, pero guiadas por un instinto salvaje que no atiende a razones, tiran de los tirantes sin miramientos.
Escucho el crujido seco de la costura al ceder y os prometo que me da exactamente igual.
Solo quiero tocarla. Deseo sentir su piel ardiente contra la mía, que ya está sudando por culpa del bochorno del verano y esa tensión sexual acumulada.
Nos deshacemos de la ropa como si estuviéramos compitiendo en una carrera contrarreloj.
Los zapatos vuelan por los aires estrellándose contra el armario, nuestros vestidos caen al suelo en un montón y, de repente, estamos ahí, en ropa interior, bajo la tenue luz de la luna que entra por el ventanal.
Contemplo su cuerpo a oscuras: maduro, perfecto, curvilíneo, con unas curvas que son patrimonio de la humanidad, y me lanzo sobre ella como un animal hambriento que lleva meses de ayuno forzado.
La tumbo de espaldas sobre la cama sin delicadezas.
El colchón cruje con fuerza. Me coloco de inmediato a horcajadas sobre sus muslos firmes, sintiendo el calor abrasador que emana directamente en mi intimidad.
Aitana me mira desde el colchón con esos ojos verdes oscuros, cargados de una experiencia vital y amorosa que a mí me falta por todos lados, pero esta noche la iniciativa y el mando son míos.
Soy un auténtico torbellino de juventud, de ganas y de un amor tan sumamente inmenso que apenas me cabe en el pecho.
—Eres una desvergonzada, Valeria Ruiz —murmura estirando los brazos para delinear mi cintura con posesión, hundiéndome los dedos en la carne con fuerza.
—TÚ desvergonzada favorita, jefa —le corrijo con chulería antes de bajar a morderle el cuello con saña.
Comienzo a devorarla como si no hubiera un mañana.
Mis manos bajan directas a su sujetador de encaje y lo arranco sin miramientos, dejando libres sus pechos, que suben y bajan al ritmo frenético de su respiración acelerada.
La toco, la muerdo, la lamo con parsimonia.
Aitana arquea la espalda hacia arriba, enterrando las uñas en las sábanas con desesperación.
Cuando mis dedos bajan por fin a buscar su sexo, el gemido ahogado que suelta es música celestial para mis oídos.
Está empapada, las cosas como son. El alcohol de la noche ha borrado cualquier rastro de timidez, y mis dedos entran en con una exigencia salvaje que la hace estremecer. Aitana suelta un grito ahogado contra mi cuello, cerrando los muslos con fuerza alrededor de mi mano.
—Dios mío, no pares… —me exige con la voz completamente rota por el deseo.
—No pienso hacerlo…
Muevo mis dedos dentro de ella con un ritmo rápido, descarado, combinándolo con los movimientos expertos de mi boca sobre sus pezones rígidos, que están como piedras.
Ella pasa de cero a cien en un segundo de reloj.
Sé perfectamente dónde tocarla, sé lo que le gusta y lo que la vuelve loca, pero hoy hay una urgencia totalmente distinta en el ambiente.
Es la urgencia maravillosa de saber que somos correspondidas.
El ritmo se vuelve frenético en la cama.
Aitana empieza a jadear con auténtica desesperación, balanceando las caderas contra mi mano, buscando el roce exacto que la haga saltar por los aires.
—Oh Dios... Valeria... me voy a correr —grita perdiendo los papeles.
Un segundo después, la siento tensarse debajo de mí.
Las paredes de su sexo se contraen con una fuerza brutal y deliciosa alrededor de mis dedos, mientras su primer orgasmo de la noche la sacude entera de arriba abajo.
Es un espasmo violento, maravilloso, que la deja temblando como una hoja y buscando aire con la boca abierta como si se estuviera ahogando en el mar.
Pero no le doy ni tres segundos de reloj para recuperarse del sofocón. No quiero. La adrenalina me corre por las venas a mil por hora. Me quito mi ropa interior de un tirón limpio y me pego a su rostro sin contemplaciones.
—Ahora te toca a ti trabajar, jefa —le digo con la respiración entrecortada y una sonrisa de lo más traviesa.
Aitana, con los ojos empañados por el placer y las mejillas encendidas por el alcohol y el deseo, no se lo piensa dos veces.
Me agarra de las nalgas con fuerza y me baja de golpe hacia su cara.
En cuanto su lengua experta hace contacto directo con mi clítoris, pego un brinco en la cama que por poco me hace chocar la cabeza contra el cabecero de madera.
¡Madre mía del amor hermoso, de la Virgen de la Palma y de todos los santos del cielo!
Esta mujer sabrá mucho de hoteles de lujo, pero os aseguro que sabe exactamente qué teclas tocar para volverme loca de remate.
Su lengua se mueve con una firmeza, una sabiduría y una cadencia que me destrozan en un segundo las pocas neuronas cuerdas que me quedaban en la cabeza.
Me agarro con las uñas al cabezal de la cama mientras muevo las caderas con pura desesperación, buscando más de ese fuego bendito.
El calor de la habitación es sofocante a más no poder, el sudor hace que nuestros cuerpos resbalen el uno contra el otro con un sonido húmedo, pero yo solo puedo pensar en el roce de sus labios devorándome viva.
—Aitana... más, por lo que más quieras... más rápido —le suplico, perdiendo todo el orgullo por el camino.
Ella sube la intensidad del tirón, usando sus dedos dentro de mí mientras su boca me deshace entera.
El clímax me golpea como una ola gigante en plena tormenta.
Grito su nombre con todas las fuerzas que tengo en los pulmones, sacudiéndome sobre su rostro mientras una descarga eléctrica me recorre la columna de arriba abajo.
Se siente tan jodidamente bien que, os lo prometo, me pongo a llorar de la pura emoción acumulada, derretida como un azucarillo sobre el colchón.
Nos quedamos unos segundos jadeando abrazadas, con el olor a sexo y a deseo flotando en el ambiente de la estancia. Pero esto no ha hecho más que empezar. La borrachera nos da una energía incombustible y un descaro indomable que no tiene fin.
Aitana se gira con agilidad, colocándose ahora ella sobre mi cuerpo. Me mira desde las alturas, con el pelo castaño completamente alborotado y una mirada de depredadora que me hace mojarme de nuevo al instante.
—¿Te creías de verdad que ibas a llevar tú todo el control, jovencita? —me susurra al oído, rozando sus labios húmedos contra mi lóbulo—. Tengo cuarenta y dos años, pero te aseguro que te va a faltar noche para aguantarme el ritmo.
—Ponme a prueba, jefa —le reto con la mirada bien alzada, desafiante.
Y vaya si lo hace. Se desliza hacia abajo entre mis piernas y vuelve a la carga, pero esta vez con una lentitud tortuosa que me hace suplicar de rodillas.
Me lame con una parsimonia que me mata, subiendo la tensión milímetro a milímetro, haciéndome rabiar de puro placer.
Yo me retuerzo entera sobre las sábanas, tiro de las almohadas con desesperación, le pido que acabe conmigo de una vez por todas, pero ella se ríe entre mis muslos con esa risa ronca y continúa con su tortura deliciosa.
Cuando por fin introduce dos de sus dedos profundamente y aumenta el ritmo de su lengua de golpe, mi segundo orgasmo es el doble de intenso que el primero.
Siento que floto en el espacio, que me rompo en mil pedazos.
Mis gemidos inundan la habitación del resort, fuertes, claros y sin ningún tipo de pudor.
Aitana sube de nuevo por mi cuerpo, arrastrándose como una leona, y me besa con una pasión arrolladora.
Siento el sabor de mi propio flujo en sus labios y os juro que eso me enciende todavía más las entrañas.
La giro con un movimiento rápido de cadera, aprovechando que está un pelín desprevenida por el esfuerzo, y la coloco boca abajo sobre la cama, levantándole las caderas con firmeza desde atrás.
—Valeria... ¿se puede saber qué haces? —pregunta mirando por encima de su hombro, con los ojos inyectados en deseo puro y las mejillas encendidas.
—Hacerte mía otra vez, jefa —le respondo con la voz más ronca que tengo.