¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 42 #2
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CAPÍTULO 42 #2

Miro hacia el frente fijando la vista y, efectivamente, la madre que me parió: le estoy metiendo la tarjeta a una junta decorativa del papel pintado de la pared, a diez centímetros de la cerradura real.

Me doblo de la risa yo también, contagiada, y Aitana termina apoyando la espalda contra la pared, con una mano en el estómago de lo mucho que le duele de reírse conmigo.

Mientras yo sigo peleándome a muerte con el picaporte y la dichosa tarjetita, ella se queda quieta, observándome desde su sitio con una de esas miradas que te desnudan el alma, una mirada inundada de un amor tan puro que asusta.

Levanta una mano con una lentitud de película y me acaricia el pómulo con el dorso de los dedos, apartándome un mechón de pelo.

—¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara o qué? —pregunto en un susurro, deteniendo mi lucha con la puerta.

—Me has robado el corazón, ¿lo sabías? —confiesa de sopetón, y la voz le sale extrañamente tomada por una emoción honda y verdadera.

Durante un segundo me quedo completamente inmóvil, de piedra. Ella baja la vista un momento al suelo, como si necesitara armarse de valor o buscar las palabras exactas en su manual de dirección, y luego vuelve a levantar esos ojos oscuros hacia los míos.

—Creo que llevas haciéndolo desde el primer maldito día que pisé este resort, Valeria.

Desde aquel tropiezo absurdo donde me pusiste el traje perdido de cóctel y esa forma tan descarada de coquetearme en mitad del chiringuito...

¿Te acuerdas? —me pregunta, mordiéndose el labio inferior con una timidez que me parece lo más sexy del planeta—.

Ese mismo día supe perfectamente que me ibas a complicar la vida de mala manera.

Solo que... no esperaba que fuera de una forma tan jodidamente dulce.

Siento un nudo enorme y espeso en mitad de mi pecho. Uno de esos nudos que duelen de lo mucho que llenan y que te hacen la mujer más feliz de la tierra al mismo tiempo.

—No me digas esas cosas tan bonitas, Aitana, o te juro que me pongo a llorar aquí mismo en mitad del pasillo —admito intentando meter guasa, aunque no lo descarto en absoluto porque a mí el alcohol me da fuerte y me pongo de un tierno que asusto.

Aitana vuelve a acariciarme el rostro con una ternura infinita.

Sus dedos largos se deslizan por mi mandíbula, bajan por mi cuello y van dejando un rastro de calor tan potente que me hace estremecer entera.

Y entonces habla sin filtros, sin corazas y sin esconderse detrás de ningún cargo, porque si el alcohol tiene algo bueno en esta vida, es que te quita los miedos de un plumazo.

—Estoy enamorada de ti, Valeria...

El mundo entero se detiene de golpe. El pasillo del personal desaparece.

La puerta maldita desaparece. El resort de cinco estrellas se evapora.

Solo existe esa frase flotando en el aire y la mujer espectacular que acaba de pronunciarla mirándome a los ojos.

Mi respiración se corta. El corazón me late con una fuerza tan descomunal que me da la impresión de que va a romper el vestido para escaparse de mi pecho.

—¿Qué... qué has dicho? —pregunto, necesitando con desesperación que me lo repita para asegurarme de que no son las copas haciéndome alucinar.

Aitana suelta una pequeña risa nerviosa, un sonido precioso, pero no aparta sus ojos de los míos ni un milímetro.

—Lo que has oído, cabeza loca —sus ojos se entornan un poco, cargados de una ternura que me desarma, y uno de sus pulgares empieza a acariciar con suavidad mi labio inferior—.

Que estoy de ti, Valeria. Cada día un poco más.

Con cada sonrisa tuya que me ilumina el día, con cada beso clandestino que nos damos, con cada lío monumental en el que nos metemos...

Con cada momento en el que me demuestras que esto que tenemos es de verdad y no una simple historia de verano con fecha de caducidad.

Trago saliva como puedo, intentando poner un poco de orden en la traca de emociones que me está explotando ahora mismo en las tripas.

Pero es un esfuerzo completamente inútil.

Porque la verdad de todo esto es muchísimo más simple y no necesita planos.

Llevamos semanas enteras construyendo esto, una relación que empezó entre tropezones de comedia y que dio un salto de vértigo absoluto aquella tarde que besamos bajo mi escritorio.

La miro detenidamente, devorándole cada rasgo de la cara bajo la luz que entra por el ventanal: la curva perfecta de sus labios, la pequeña arruga de expresión que se le dibuja al lado de los ojos cuando sonríe de verdad, cada pequeña inseguridad que ha tenido el valor de compartir conmigo y cada fortaleza que admiro de ella hasta el infinito.

Todo lo que ella es. Todo lo que yo adoro con locura.

—Pues mira, qué casualidad... Yo también estoy enamorada de ti, Aitana —confieso con el corazón en la mano—. Me has cambiado la forma de ver las cosas y de sentirlas, mi alma. Contigo a mi vera, es que siento que todo es posible.

Aitana cierra los ojos con fuerza, como si necesitara absorber cada una de mis palabras y guardársela en la caja fuerte de su pecho.

Cuando vuelve a abrirlos, algo brilla en el fondo de sus pupilas con una intensidad que me quema.

Su risa sale mezclada con una emoción pura y desatada, y entonces, sin previo aviso, se lanza y me besa.

Pero esta vez es un beso distinto: suave, lento, profundo, rebosante de un amor tan grande que dice muchísimo más que cualquier discurso.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros para no ahogarnos, nuestras frentes vuelven a encontrarse en el aire.

Y es ahí, justo en ese preciso instante de magia, donde sucede el milagro definitivo.

—Te quiero —susurra contra mis labios, rozándolos.

Las dos palabras le salen de la boca casi en un soplido, un susurro bajito, pero yo las escucho con una nitidez que me hace temblar el alma entera.

Aitana se queda completamente inmóvil, conteniendo el aliento, con cara de haber saltado desde lo alto de un precipicio sin paracaídas y estar esperando a ver si abajo hay alguien con los brazos abiertos para atraparla antes del golpe.

—Y yo te quiero a ti. Te quiero con todo lo que soy y con todas mis ganas.

Y entonces vuelve a besarme con una pasión que me levanta del suelo. Y las dos nos aferramos la una a la otra con una fuerza brutal, como si acabáramos de descubrir por fin el único lugar del mundo al que de verdad pertenecemos.