CAPÍTULO 42
VALERIA
Madre mía del amor hermoso, yo no sé cómo conseguimos llegar vivas al resort sin matarnos de la risa por el camino o sin que nos arreste la mismísima Guardia Civil.
La noche se ha acabado convirtiendo en una especie de burbuja flotante e irreal, de esas donde todo parece muchísimo más brillante, más ligero y, sobre todo, un millón de veces más sencillo y liberador.
El alcohol de los mojitos todavía me corre calentito por las venas, mezclándose de mala manera con la revolución de sentimientos que Aitana despierta en mí.
La mismísima mujer que hace apenas unas semanas parecía diseñada para acabar con mi existencia y con mi puesto de Relaciones Públicas en Paraíso Azul, y que ahora, cosas de la vida, parece hecha a medida para hacerme feliz de una forma que yo jamás creí que existiera fuera de las novelas románticas.
Caminamos de la mano por los jardines privados del resort mientras las fuentes de diseño proyectan unos destellos plateados espectaculares sobre los senderos de grava fina.
En el ambiente flota ese olorcito a gloria bendita que surge cuando se mezcla el olor a mar con el aroma de los jazmines.
Huele a verano de los de verdad, de los que se te quedan grabados a fuego en la memoria y en el corazón para los restos.
Aitana, lleva los taconazos de aguja colgando de los dedos de una mano, balanceándolos con una naturalidad que me resulta hasta pecaminosa.
Camina descalza sobre las losas de piedra, y cada vez que la miro de reojo, me entra una risa floja y tonta por los adentros que soy completamente incapaz de contener.
—No te rías de mí, que te estoy viendo —protesta de repente, entornando esos ojos verdes suyos, aunque el tonito de su voz la delata: está a un milímetro de partirse de risa ella también.
—¡Que no me estoy riendo, mi alma! —respondo yo, dándole un codazo cariñoso y mordiéndome el labio inferior para disimular el cachondeo—. ¿Cómo me voy a reír yo de mi Directora favorita?
—Estás sonriendo como una idiota —me acusa, parándose en seco y apuntándome directamente a la nariz con el dedo índice, arqueando una ceja.
—Es que, vamos a ver... ¡En la vida me hubiera imaginado yo ver a la mismísima Aitana Robles descalza como una hippie, haciendo el camino de Santiago por los jardines del hotel!
—Pues ando así porque me duelen los pies una barbaridad. Estos zapatos de Valentina son un instrumento de tortura de la Santa Inquisición, te lo juro.
—Ay, por favor... Si es que pareces una adolescente de instituto que está llegando a su casa de tapadillo después del primer botellón de las fiestas del pueblo —le suelto, pegando mi cuerpo al suyo.
Ella me lanza una mirada que pretende ser de indignación, pero sus ojos brillan con una diversión salvaje. Se detiene un segundo justo bajo la luz cálida de una de las farolas del sendero y me observa de arriba abajo con una fijeza que me hace temblar las pestañas.
—Te recuerdo que tengo cuarenta y dos años muy bien llevados, Valeria —me suelta con su habitual orgullo de mujer madura.
—Pues mira, cariño, ahora mismo con los mofletes colorados y los pelos a lo loco aparentas diecisiete —insisto yo, acortando la distancia y arrimándome tanto que nuestros labios se rozan al respirar—.
Así que será mejor que aligeremos el paso hacia las habitaciones, porque como me sigas mirando con esa cara de comerte el mundo, soy capaz de empotrarte aquí mismo y quitarte las ganas de trabajar entre esos setos de ahí abajo —le indico guiñándole un ojo con toda la guasa del mundo.
Suelto una carcajada limpia y ella, perdiendo toda la compostura de jefa, termina riéndose a carcajadas.
Entonces vuelve a mirarme de esa forma tan suya.
Con una intensidad que asusta. Como si estuviera intentando memorizar cada peca de mi rostro bajo la luna.
Como si todavía no pudiera creerse del todo que estoy aquí.
Como si yo fuera una especie de tesoro valioso y temiera que me fuera a derretir con el primer rayo del amanecer.
Mi corazón da un vuelco tan bestia que tengo que apartar la vista un instante para que no se me note la tremenda debilidad.
Porque como me quede clavada en esos ojos dos segundos más, me la como a besos aquí mismo, pasándome por el forro que todas las cámaras de seguridad del complejo estén apuntando en nuestra dirección.
Llegamos por fin al edificio residencial del personal envueltas en ese silencio maravilloso y espeso que solo se respira en los hoteles a estas horas de la madrugada.
La inmensa mayoría de la plantilla ya duerme.
Solo se escucha el zumbido monótono del aire acondicionado y, de tanto en tanto, el portazo lejano de alguna habitación en las plantas de arriba.
Subimos las escaleras de caracol agarradas de la mano, entrelazando los dedos sin escondernos de nadie, sin pensar en las consecuencias, sin importarnos tres pimientos el mañana.
Cada escalón que subimos me parece una victoria, sobre todo porque noto las rodillas flojas como la gelatina y las piernas me tiemblan que da gloria vernos.
Sus dedos encajan a la perfección con los míos, y no paramos de mirarnos de reojo, de sonreír como bobas e incluso de pararnos en cada descansillo para robarnos unos besos que me hacen navegar por la luna.
Al enfocar el pasillo largo de las habitaciones me da otro ataque de risa, incapaz de contenerme.
—A ver, Valeria, ¿de qué te estás riendo ahora? —pregunta Aitana, entornando los ojos y plantando la mano libre en su cadera con gesto de sargento gracioso.
—De nada malo, de verdad —respondo, apoyando mi cabeza en su hombro mientras caminamos—. Es que estaba cayendo en la cuenta de que mañana por la mañana, en cuanto te tomes el café, me vas a odiar con toda tu alma...
—Ah, ¿sí? ¿Y se puede por qué?
—Pues porque te he obligado a subirte conmigo a la plataforma de la discoteca a bailar reggaetón, Aitana Robles. ¡Y lo peor es que lo has dado todo como una auténtica profesional del perreo!
Ella abre los ojos de par en par, componiendo una máscara de absoluto horror que me resulta desternillante.
—Te aseguro que yo no he bailado encima de ninguna plataforma —niega con rotundidad, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Estás completamente borracha y deliras, Valeria.
—¡Que sí lo has hecho, por mis muertos! Y con un estilo y un movimiento de caderas que ya quisieran muchas de veinte, debo añadir.
—Eso no es verdad, te lo inventas.
—Que tengo pruebas, mi alma.
—¿Qué clase de pruebas? —exige saber, deteniéndose en seco a mitad del pasillo con los ojos como platos.
Saco el teléfono móvil de mi bolso con un gesto triunfal. Aitana palidece de forma visible bajo la luz del pasillo.
—No puede ser... bórralo ahora mismo —intenta abalanzarse sobre mí para quitarme el teléfono de las manos de un zarpazo.
—¡De eso nada, monada! —me esquivo dando un sutil quiebro de cintura.
—Enséñamelo ahora mismo, Valeria —exige intentando poner cara de mala.
—Mañana con la resaca —respondo guardándome el móvil bien hondo en el escote con una sonrisa de pilla absoluta—. Así nos reiremos las dos juntas desayunando en la terraza.
—Te voy a despedir por insubordinación y por chantaje a la dirección —amenaza, aunque sus ojos verdes brillan de pura diversión y ganas de juerga.
—No me puedes despedir, lo sabes de sobra.
—Ah, ¿no? ¿Y quién me lo va a impedir, según tú? Soy tu jefa máxima en este hotel.
—Sí, pero también eres mi novia —le suelto a bocajarro.
La afirmación me sale de la boca con una facilidad tan pasmosa y tan natural que hasta yo misma siento cómo las mejillas me arden de golpe por el atrevimiento.
Las dos nos quedamos completamente petrificadas en mitad del pasillo, mirándonos fijamente en silencio, hasta que el gesto de asombro de Aitana se va transformando poco a poco en algo muchísimo más dulce, suave y tierno.
—Así que... tu novia... —murmura en un susurro bajito que me eriza hasta el último vello del cuerpo.
Mi estómago da una voltereta de campeonato y me acerco otro paso más a ella, pegando mi cuerpo al suyo y notando el calorazo que desprende.
—Bueno... eso si tú quieres el cargo, claro. Hay que pasar la entrevista de trabajo —bromeo con un hilo de voz.
Sus ojos brillan tanto que juro por mi madre que nunca en mi vida he visto nada tan bonito como la expresión que se le queda en la cara.
—Claro que quiero el puesto, Valeria —responde sin dudarlo ni un milisegundo, mientras levanta una mano con una delicadeza extrema para acariciarme la mejilla—. Lo quiero más que nada en este mundo, no te quepa duda.
Me acerco un palmo. Ella hace lo mismo y nuestras frentes se quedan apoyadas la una contra la otra solo un instante, lo justo para que el universo entero, el trabajo y los problemas desaparezcan a nuestro alrededor.
Aitana cierra los ojos y sonríe con una paz increíble.
Es feliz. Profunda, sincera y auténticamente feliz.
Y descubrir que yo, con todas mis locuras y mis desastres, soy la causante absoluta de esa felicidad me deja directamente sin aliento en los pulmones.
Llegamos por fin a la puerta de mi habitación.
O, mejor dicho, intentamos el asalto a la fortaleza.
Porque hay que reconocer que meter una tarjetita magnética de banda estrecha en una cerradura electrónica después de llevar encima más de tres resulta ser una obra de ingeniería aeronáutica de lo más compleja.
—Esto no entra ni a la de tres, qué coraje —murmuro frustrada, dándole golpes a la puerta mientras lo intento una y otra vez con el pulso temblón.
—Estás intentando meter la tarjeta al revés, cariño —me señala con una paciencia de santa, aunque la voz ya le tiembla de la risa contenida que lleva por dentro.
—¡Que no está al revés, Aitana, que es que esta puerta me tiene manía!
—Pero bueno... ¡Si es que llevas treinta segundos intentando abrir la pared, Valeria! —suelta por fin, y ya no puede aguantar más la carcajada limpia, doblándose por la mitad.