¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 41 #2
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CAPÍTULO 41 #2

Sigo de inmediato la dirección que me marca con la mirada y mis ojos vuelven a colisionar inevitablemente con la figura magnética de Valeria.

Está bailando de espaldas, riéndose a carcajadas de algo que ha dicho Marta, completamente ajena al demoledor efecto que su sola existencia provoca en mi sistema nervioso central —y en el de la mitad de los tíos de la discoteca—.

No sé si se trata de una pura y bendita casualidad o de un sexto sentido lésbico sumamente desarrollado, pero en ese preciso instante de la canción, Valeria levanta la cabeza, gira el rostro y nuestras miradas chocan de frente a través de la multitud que abarrota la pista.

El tiempo se ralentiza de golpe, el ruido ensordecedor de los altavoces parece desaparecer y la música se atenúa en mis oídos.

Solo queda ella, el brillo de sus ojos y esa sonrisa de pilla que sería capaz de desarmar a un ejército de infantería entero.

—Maldita sea su sonrisa —susurro para mis adentros con un hilo de voz, antes de darle un trago de desesperada valentía a mi copa.

—Me voy corriendo a la barra a por otra copa antes de que me dé un síncope aquí mismo —anuncia Valentina de repente, poniéndose en pie del taburete alto de la zona vip.

—¿Me vas a dejar aquí sola ante el peligro? —pregunto contrariada, aunque en el fondo de mi alma ya conozco la respuesta.

—Tú nunca estás sola, Aitana, no me vengas con milongas —respondo ella, señalando con el dedo de forma descarada hacia donde Valeria nos mira de reojo—. Jamás estás sola cuando ese torbellino anda cerca. Y lo sabes de sobra.

Antes de que me dé tiempo físico a replicarle, Valentina se difumina entre la masa de cuerpos con esa elegancia felina que la caracteriza, moviéndose con suavidad al ritmo de la música y esquivando con soltura a algunas personas que intentan mantener una conversación con ella.

Cuando devuelvo la mirada hacia el grupo, Valeria ha desaparecido de mi radar visual.

Permanezco inmóvil durante unos agónicos segundos en mi sitio, buscándola entre los destellos de los focos, pensando a mil por hora, intentando autoconvencerme de que debo comportarme como mujer adulta, responsable y madura.

La teoría del decoro profesional me dura exactamente veinte segundos de reloj.

Porque en cuanto mis ojos vuelven a dar con su vestido azul eléctrico cerca de la barandilla de la terraza, mis piernas toman el control de la situación y empiezo a caminar decidida hacia ella.

La pista es un hervidero de cuerpos sudorosos en constante movimiento.

La música electrónica golpea el aire con la fuerza de un martillo pilón.

Las luces de neón tiñen su piel bronceada de unos tonos rosa, violeta y azul místico que la hacen parecer una diosa pagana, y cuanto más me aproximo a la espalda de Valeria, más difícil me resulta recordar las nefastas posibilidades de que alguien nos pille juntas y acarameladas esta noche.

Ella sigue flotando en su propio universo, disfrutando de la melodía con los ojos semicerrados.

Está de espaldas a mí, contoneándose con una cadencia hipnótica, con su larga melena cayéndole en cascada sobre los hombros descubiertos, un mojito bien cargado de menta en la mano derecha y esa energía luminosa y magnética que parece atraer de forma inevitable a todo el que se cruza en su camino.

Me detengo justo a un milímetro de su espalda, sintiendo el magnetismo.

Puedo percibir la frescura de su perfume y el calor embriagador que desprende su piel con el baile.

Entonces me inclino ligeramente hacia delante, lo justo y necesario para que mis labios queden rozando el lóbulo de su oído, desafiando toda lógica profesional.

—Te ves absolutamente sensual con las luces de neón acariciándote la piel —le susurro con una voz que ni yo misma reconozco. Y rompiendo por fin con mi maldita costumbre de la contención, me atrevo a regalarle un beso lento, húmedo y deliberado justo en la curva del cuello.

Valeria se queda completamente estática, como congelada por un rayo, durante una mínima fracción de segundo.

Después, gira sobre sus talones con una rapidez pasmosa y sus ojazos se abren de par en par por la sorpresa, luego se inundan de una alegría pura, radiante, y finalmente da paso a una mirada cargada de una lujuria tan explícita que hace que mi respiración se altere y mi pulso se dispare a doscientas pulsaciones por minuto.

—Por un momento pensaba que el alcohol me estaba provocando visiones... —suelta con ese acento gaditano que me vuelve loca.

No tengo la menor idea de qué cortocircuito maravilloso se le pasa por esa cabecita loca en cuestión de milisegundos, pero el caso es que su mano libre se apoya en mi cuello, y antes de que yo pueda ponerme a analizar la situación, antes de evaluar los riesgos y muchísimo antes de que pueda preocuparme por las repercusiones, sus labios carnosos impactan contra los míos en un encuentro brutal.

El beso me roba el aire de los pulmones de cuajo.

Y no por una violencia desmedida, sino por la tremenda y maravillosa sensación de libertad que destila cada movimiento de su boca.

Es, con diferencia, la primera vez que nos besamos sin escondernos de las miradas del resto del planeta.

Ya no estamos encerradas entre las cuatro paredes de mi despacho, ni ocultas en ningún rincón oscuro del resort, ni rodeadas de secretos que mantener a salvo.

Solo estamos ella y yo, Valeria y Aitana, y una noche de verano que parece haber sido diseñada en exclusiva a la medida de nuestros deseos.