CAPÍTULO 41
AITANA
Si alguien me hubiera asegurado hace apenas dos meses que acabaría un viernes por la noche metida en una discoteca al aire libre de Benidorm, embutida en un vestido de infarto elegido personalmente por mi mejor amiga y con un gin-tonic de categoría en la mano, me habría reído en su cara.
Si, además, ese osado me hubiera soplado al oído que lo haría con el único y desesperado propósito de intentar sacarme de la cabeza a una empleada que tiene la alarmante capacidad de convertir mi cerebro en puré de patatas con una sola de sus sonrisas, probablemente habría pedido que llamaran a un equipo médico de urgencia.
Pero aquí me encuentro, cumpliendo ambas condiciones de manera flagrante y con el diablo de mi mejor amiga custodiándome el flanco.
La música house de última tendencia vibra con fuerza directamente bajo las suelas de mis zapatos de tacón, y las potentes luces de neón atraviesan la oscuridad de la pista como auténticos destellos eléctricos.
El mar Mediterráneo respira con calma a muy pocos metros de distancia de nosotras, oculto tras la línea de palmeras tropicales que rodean la terraza de la discoteca.
Para la ocasión, Valentina me ha obligado a ponerme un vestido negro de canalé que deja mis hombros completamente al descubierto, se ciñe a mi cintura como una segunda piel y abraza mis caderas con una impudicia que me saca los colores, dejando al aire una extensión de piernas que ni yo misma recordaba tener.
Valentina, por supuesto, no ha dejado de mirarme en toda la santa noche con una expresión de autosuficiencia y satisfacción que me resulta francamente insufrible.
—Haz el favor de dejar de mirarme de esa manera tan descarada —le pido, entornando los ojos e intentando infundir a mi voz el tono firme de los comités de dirección, aunque noto perfectamente cómo se me escapa una sonrisa traicionera por las esquinas de los labios.
Ella levanta una de sus perfectas cejas con esa eterna expresión de superioridad madrileña que tan bien sabe ejecutar cuando se lo propone.
—¿De qué manera te estoy mirando yo, si se puede saber? —responde derrochando una fingida e inocente sorpresa.
—Pues como si acabaras de completar con éxito una inspección de calidad histórica y te fueras a llevar un bonus de tres pares de narices.
—Porque la he completado, cariño, vaya si la he completado —afirma ella con una rotundidad pasmosa, mientras sus ojos oscuros brillan con una picardía salvaje—.
Mírate por un momento en el reflejo del cristal, Aitana.
Estás espectacular, pareces otra persona totalmente distinta.
Ahora mismo, con ese movimiento y ese tipazo, eres clavada a Julia Roberts en Pretty Woman cuando se pone el vestido rojo. Brutal, salvaje y sexy a rabiar.
Resoplo con ganas, divertida a mi pesar, y doy un sorbo largo a mi copa, saboreando el amargor perfectamente equilibrado de la ginebra con la tónica helada.
—No exageres, Valentina, por Dios. Solo me he puesto un vestido un poco más ajustado de lo normal y me he soltado la melena.
—¿Solo un vestido, dices? —replica ella, negando con la cabeza con un gesto de pura incredulidad mientras se acerca un poco más a mí para no tener que gritar—.
Aitana Robles lleva eones escondiéndose detrás de trajes de chaqueta de sastre impecables, abotonados hasta el último ojal y una sobriedad que asusta.
Hoy, por fin, dejas que el mundo contemple esa piel, ese bronceado y ese escote de infarto que, por cierto, más de uno en la barra no deja de devorar con los ojos desde hace una hora.
—Pues que sigan mirando y gastando saliva, porque te aseguro que en ese terreno no van a enterrar nada de nada —advierto con un deje de mi orgullo habitual, lo que provoca que Valentina estalle en una carcajada limpia y sonora.
Bebo otro trago de mi gin-tonic para disimular la risa floja que amenaza con escapárseme por culpa de sus ocurrencias.
Ella sonríe con complicidad, y yo también lo hago, rindiéndome a la evidencia del buen ambiente.
La verdad es que la cena en la playa ha sido una delicia sorprendentemente agradable.
Durante unas cuantas horas de relax he conseguido el milagro de olvidarme de nuestro inminente y problemático gran huésped, de los privilegios absurdos que me han obligado a concederle a ese tal Lucas Ferrer cuando aterrice en el resort y de la tensa conversación de despacho que mantuve con Héctor.
Por unas benditas horas he vuelto a ser simplemente yo, Aitana, despojada del peso plomo del cargo, sin la armadura invisible de jefa perfecta que suelo llevar pegada al cuerpo, y la verdad es que la sensación está siendo maravillosamente liberadora.
La música del DJ cambia de ritmo de repente.
Un éxito de reggaetón rompedor irrumpe con fuerza por los bafles y provoca una oleada instantánea de gritos, silbidos y aplausos entusiastas por toda la pista de baile.
Valentina se gira de manera automática hacia el origen del revuelo, y es en ese preciso instante cuando mis ojos las enfocan a través de la penumbra.
Clara, Marta, Sofía... Y justo en medio de todas ellas, ejerciendo como el centro absoluto de un auténtico huracán de luz, magnetismo y color, está ella. Valeria.
Mi corazón da un vuelco tan salvaje, tan ridículo y tan adolescente dentro de mi pecho que me entran unas ganas locas de reír de mi propia vulnerabilidad. El destino y sus malditos e imprevisibles.
—Bueno, bueno, bueno... pero mira a quién tenemos plantada justo en mitad del mapa —comenta Valentina al oído, que ya está sonriendo de oreja a oreja relamiéndose por el cotilleo.
Yo intento con todas mis fuerzas aparentar la mayor de las indiferencias y hacer como si no la hubiera visto, pero fracaso de forma estrepitosa.
Valeria lleva puesto un vestido corto de tirantes de un color azul eléctrico que parece haber sido confeccionado por un sastre con el único y retorcido propósito de acabar con mi paciencia, mi cordura y mi legendario autocontrol.
El tejido ligero y brillante se amolda y se mueve con cada paso que da, con cada giro juguetón de su cuerpo, con cada oscilación pecaminosa de sus caderas.
La jodida baila con una libertad y un desparpajo que cortan la respiración.
Despreocupada de todo el planeta. Absolutamente feliz.
Como si el mundo entero existiera única y exclusivamente para divertirla a ella y hubiera tomado la firme decisión de exprimir cada puto segundo del verano.
—Haz el favor de no mirarla con esa cara de sargento de la Guardia Civil —me advierte Valentina al brazo, devolviéndome a la realidad de un plumazo mediante un codazo suave y burlón en las costillas.
—¿Con qué cara la estoy mirando yo, según tus amplios conocimientos psicológicos? —pregunto, haciéndome la tonta aunque sé milimétricamente a qué se refiere.
—Pues como si tuvieras unas ganas locas de arrestarla por alterar el orden público y por mover el trasero de esa manera tan poco cristiana, Aitana.
—No la estoy mirando de ninguna forma inapropiada —defiendo en un susurro débil que no se cree ni mi contable.
—No, qué va, es verdad, no la estás mirando... la estás desnudando directamente con los ojos delante de trescientas personas. O lo que es todavía mejor, te la estás imaginando ya sin ropa en cualquier rincón oscuro. Que te conozco los pensamientos, pervertida.
—Valentina, por lo que más quieras...
—¿Qué? ¿He dicho alguna mentira?
—Compórtate como una mujer seria y ten un poco de decencia, por favor.
Ella se ríe con ganas, con una de esas risas suyas tan claras y contagiosas que siempre consiguen rebajarme las revoluciones del motor interno.
Acto seguido, mi amiga dirige su mirada fóbica hacia la zona donde Sofía baila de forma contenida, y noto al instante cómo la sonrisa burlona de Valentina se transforma en algo mucho más denso, espeso y enfocado.
No se me escapa ese sutilísimo detalle ni por un segundo. El cazador cazado.
—Vaya, vaya... Veo que la Inspectora de Calidad sigue teniendo serios problemas con el tema del autocontrol personal —le suelto a bocajarro, para devolverle la pelota.
Valentina parpadea un par de veces, completamente sorprendida por mi ataque relámpago.
—¿Perdón? ¿A qué viene eso ahora?
—A Sofía —respondo con total parsimonia, señalando con una leve inclinación de cabeza hacia la Chef, que se está moviendo con una sensualidad brutal—. A ella me refiero, listilla.
—¿Y qué demonios se supone que pasa con Sofía esta noche? —pregunta Valentina, intentando componer una máscara de confusión que le sale de pena.
—Pues que, según tú, no pasa absolutamente nada.
Pero mírate un espejo, anda —continúo el ataque con saña, dándole un trago triunfal a mi bebida—.
Llevas cinco minutos mirándola sin pestañear, y te apuesto lo que quieras a que ni te has percatado de que se te ha derretido hasta el último cubo de hielo y se te ha aguado el vodka con naranja. Estás perdiendo facultades.
—Aitana... haz el favor de callarte —protesta, poniéndose un pelín roja por el cuello.
—Ahora, es cuando entiendes al milímetro cómo me siento yo todos los días de mi vida —remato dibujando una sonrisa de absoluta satisfacción.
Ella abre la boca dispuesta a soltarme réplica, la vuelve a cerrar al quedarse sin argumentos válidos y, finalmente, acaba rindiéndose y riéndose con ganas de su propia desgracia.
—Vale, de acuerdo. Te apuntas un tanto, Robles. Uno a uno.
—Gracias, sé que soy buena en lo mío —respondo haciendo una reverencia con falsa modestia.
—Pero hazme el favor de dejar de preocuparte tanto por mis asuntos y céntrate de una vez en tu propio y descomunal desastre personal, Aitana. Porque lo que es ese terremoto de mujer que tienes enfrente...