¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 40 #3
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CAPÍTULO 40 #3

—Pues... hace milenios, la verdad. Pero es que tengo una cantidad ingente de trabajo acumulado sobre la mesa, Valentina.

—Siempre tienes trabajo acumulado, Aitana.

Este despacho es un pozo sin fondo. Y sí, ya sé que alguien tiene que dirigir este transatlántico, lo sé perfectamente.

Pero también tienes la obligación de recordar que sigues siendo una persona de carne y hueso, Aitana.

Una mujer con deseos, con necesidades vitales...

y con todo el derecho del mundo a disfrutar de una noche de verano sin preocupaciones en la cabeza.

Me quedo completamente callada porque sé que tiene más razón que un santo. Desde aquella maravillosa y loca cita clandestina con Valeria, y desde la posterior cena familiar que organizó Carmen, apenas me he concedido un miserable respiro para respirar o disfrutar del verano.

—Mira, hagamos una cosa: el viernes por la noche saldremos a cenar juntas —propone Valentina con tono de no admitir discusión—.

Algo sumamente sencillo y tranquilo en ese restaurante con encanto que hay justo al final de la playa.

Solo nosotras dos, buena comida, una botella de vino blanco bien fría y conversación de la de verdad, de la que no se escribe en los correos electrónicos.

—No, de verdad, Valentina, te lo agradezco, pero no creo que deba —respondo casi por pura inercia y rigidez profesional—. Tengo demasiadas cosas pendientes que revisar.

—Que solo va a ser una cena tranquila y un par de copas, Aitana. No se va a hundir el resort porque te desconectes tres horas, de verdad. Te lo prometo por mi puesto de trabajo.

—Que no, Valentina, en serio...

—¿Y si lo dejamos en media copa de vino, un buen pescado a la sal y un postre de chocolate de esos que te hacen olvidar hasta tu propio nombre? Venga, no seas rancia.

No puedo evitar que se me escape una sonrisa sincera ante su insistencia, y Valentina lo celebra de inmediato levantando ambos brazos en señal de victoria.

—¡Trato hecho! Mañana por la noche —me señala con el dedo, apuntándome con guasa—. Yo misma me encargo de reservar la mejor mesa. Y aviso desde ya: no pienso aceptar ninguna excusa barata de última hora.

—Oye, que yo todavía no he dicho formalmente que sí... —protesto débilmente, aunque la verdad es que ya estoy totalmente desarmada.

—Tu cara de alivio lo ha dicho por ti hace un minuto, Directora. Anda, asúmelo.

Acabo soltando una risa limpia, franca y sincera. La primera risa de verdad en todo el bendito día, y supongo que es precisamente por eso por lo que termino cediendo a su chantaje afectivo.

—De acuerdo, tú ganas. Pero nos vamos a dormir temprano, ¿eh? Que nos conocemos.

—Eres verdaderamente insoportable cuando te pones en plan terca e institucional, ¿lo sabías?

—Lo sé perfectamente, mi vida, pero precisamente por eso me quieres tanto —le digo con complicidad mientras me pongo en pie de la silla, recojo las carpetas de juntas más urgentes y las meto con cuidado en mi maletín—.

Anda, vamos a inspeccionar el comedor, que me muero de hambre y no creo que pueda seguir leyendo ni un solo documento más si no le meto algo de gasolina al estómago.

—¿Pero es que no has comido absolutamente nada en toda la mañana, infeliz?

No sé por qué extraña y caprichosa razón la imagen nítida de Valeria esta mañana en mi despacho, tocándome la piel con sus manos cálidas, se abre paso con una fuerza brutal por mi mente en ese preciso momento.

El caso es que noto cómo un calor horrible y repentino me vuelve a encender las mejillas de pura lujuria contenida.

—Bueno... hay un chisme que te va a encantar saber —me apresuro a decir para cambiar de tema y desviar la atención de mi sonrojo mientras salimos juntas del despacho hacia el pasillo central de las oficinas.

El sol de la tarde comienza a descender lentamente sobre el horizonte, tiñendo de un oro viejo y mágico las fachadas blancas del resort y creando unos reflejos danzantes y preciosos en el agua turquesa de las piscinas.

Durante unos instantes maravillosos, camino junto a mi mejor amiga sintiendo algo muy parecido a la calma y a la paz, contándole en voz baja el sofocón que pasamos con Paco y riéndome con ganas mientras le explico el modo tan ridículo e hilarante en el que Valeria intentó disimular leyendo un folleto al revés.

Por unos minutos decido, conscientemente, no pensar en los rumores que puedan estar corriendo ya por los pasillos, ni siquiera en la remota posibilidad de que la historia llegue a oídos del comité de Madrid.

No quiero pensar en el dichoso influencer que está a punto de llegar ni en los dolores de cabeza que, con toda seguridad, traerá el día de mañana.

Solo quiero pensar en las ganas que tengo de cenar algo ligero y, simplemente, descansar los ojos.

Aunque, muy en el fondo de mi mente, sé perfectamente que la tranquilidad y Valeria son dos conceptos que jamás han coexistido juntos en el mismo espacio...

y que la inminente llegada de Lucas Ferrer está a punto de complicarlo todo de una manera absolutamente estratosférica.