¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

—Bueno, es lo que tiene haber aprendido de la mejor del sector —replica ella con rapidez, guiñándome un ojo.

Resoplo con ganas y sacudo la cabeza, apoyando los codos en la mesa.

—Entonces has aprendido más bien poco, bonita.

Venga, desembucha y cuéntame. —La sonrisa de Valentina se amplía todavía más si es que eso es físicamente posible, y aunque no me diga ni una sola palabra, tengo el olfato lo suficientemente entrenado como para saber que esto huele a cocina—.

¿Qué ha pasado exactamente con Sofía? Contéstame.

Valentina se cruza de brazos sobre el pecho, se reclina en el asiento con una actitud de triunfadora absoluta y suelta un suspiro contenido.

—Nada que sea de vital importancia, Aitana.

—Valentina... No me hagas suplicar, que hoy no tengo el cuerpo para juegos.

—Que no ha pasado nada que esta humilde inspectora no pueda manejar —dice, pero el tonito cantarín de su voz traiciona la emoción que lleva por dentro.

—Eso, en tu idioma y viniendo de ti, significa que ha pasado algo sumamente importante —afirmo, dibujando una media sonrisa por primera vez en toda la tarde.

Sus ojos brillan con una intensidad casi adolescente y, durante un breve instante, parece una colegiala incapaz de guardar un secreto jugoso.

—Digamos... que mi Chef favorita tiene una soberbia culinaria que te mueres, pero una incapacidad sobrehumana de evitar mirarme la boca cada vez que le hablo a menos de un metro —confiesa en un susurro, para luego echarse a reír sola recordándolo—.

De verdad, Aitana, te juro que me habría encantado que le hubieras visto la cara de boba y los calores que le han entrado cuando la he acorralado contra una mesa de acero en el almacén. Estaba que temblaba como un flan.

—Y a ti, que eres una provocadora nata, te falta tiempo para tentar a la fiera y jugar con las cosas de comer. Como si lo estuviera viendo —comento, negando con la cabeza pero divertida—. Deberías llevar muchísimo cuidado, Valentina. Quien juega con el fuego...

—Con fuego se quema, ya lo sé, mamá —protesta de broma, aunque su risa floja la delata—. Pero es que no lo puedo evitar. Esa mujer me enciende la sangre como nadie lo había hecho en años.

—No hace falta que lo jures. Desde el mismísimo día en que pusiste un pie en este hotel, tengo la persistente sensación de que en cualquier momento la cocina del restaurante va a saltar por los aires por combustión espontánea.

Ella se ríe con ganas, con una carcajada limpia, y el sonido consigue aliviar notablemente la presión y el agobio que llevo acumulando en el pecho durante todo el bendito día. La verdad es que resulta reconfortante tenerla aquí en los momentos de crisis.

—¿Y tú qué? —pregunta Valentina de pronto, inclinándose hacia delante sobre mi escritorio y entornando los ojos—. ¿Qué te pasa a ti? Tienes esa típica cara de «el universo entero conspira contra mí».

Suelto un suspiro lastimero y le cuento la llamada de Héctor con todo lujo de detalles.

La orden caprichosa, la inminente llegada de Lucas Ferrer, los privilegios especiales que estoy obligada a concederle a un chaval que ya lo tiene todo en la vida y, sobre todo, la insistencia en que Valeria se encargue personalmente de coordinar su agenda y de acompañarlo las veinticuatro horas del día.

Cuando termino el discurso, Valentina hace una mueca de absoluto disgusto y resopla.

—Vaya por Dios... Menuda piedra te acaba de encasquetar el jefe.

—Exacto. Y lo peor es que el chico todavía no ha puesto un pie en el resort, pero yo ya lo detesto con todas mis fuerzas.

Eso la hace desternillarse de la risa otra vez.

—¿Tan insoportable te parece el chaval?

—Es que da igual cómo sea en sus vídeos de Instagram, Valentina.

Todavía no ha llegado y ya me altera los esquemas.

Pero lo que me repatea las tripas no es él, de verdad.

Es que Héctor quiera que Valeria esté pendiente de él a tiempo completo.

Como si no tuviéramos ya suficiente... —me detengo en seco, mordiéndome la lengua al ser consciente de que estoy hablando de más y mostrando mis debilidades.

La sonrisa burlona de Valentina desaparece solo un milímetro, lo justo y necesario para dejar paso a esa expresión de psicóloga que pone cuando me conoce mejor que yo misma.

—Ah... Ya veo por dónde van los tiros. Amiga mía, lo tuyo no es estrés laboral. Estás celosa. Pero celosa perdida.

—Yo no estoy celosa de nadie, Valentina, por favor, no digas sandeces —respondo con demasiada rapidez y vehemencia, aunque noto perfectamente cómo un calor traidor me sube por las mejillas tiñéndomelas de rojo.

—Aitana... —dice ella con ese tono paciente y sutil—. Que a mí no me puedes engañar. Lo estás. Y mucho. Tienes un ataque de cuernos.

Cierro la carpeta de piel que tengo abierta delante de mí con muchísima más fuerza de la necesaria, provocando un golpe seco que resuena en las paredes de la oficina. Valentina, lejos de asustarse, vuelve a soltar una carcajada limpia.

—De verdad, es absolutamente adorable verte así. Tú, la mujer de hielo, “la implacable”, completamente celosa y de los nervios por una jovencísima mujer que te ha robado el sueño y el control de tu vida. Quién te ha visto y quién te ve.

Le lanzo una mirada asesina que habría fulminado a cualquiera, pero ella ya está inmunizada.

—Necesitas relajarte y rebajar la tensión, Aitana —insiste Valentina, apoyando ambos codos sobre la mesa de cristal—. De verdad. Te lo digo como tu mejor amiga. Llevas un par de semanas que estás más tensa que la cuerda de una guitarra. Te va a dar algo.

—Lo que necesito son unas vacaciones de tres meses en una isla desierta —admito con un suspiro de agotamiento.

—Bueno, eso también, no te lo niego. ¿Pero hace cuánto tiempo que tú y yo no hacemos algo normal? Salir a cenar, tomarnos una copa a gusto, reírnos de cualquier tontería sin tener la mente puesta en los informes, en las auditorías o en los huéspedes.

Parpadeo, un tanto sorprendida por la propuesta espontánea en mitad de la semana.