¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

AITANA

Dirigir un resort en plena efervescencia de la temporada alta consiste, pura y llanamente, en resolver averías de última hora, apagar incendios metafóricos con el personal y regalarle la mejor de mis sonrisas a clientes asquerosamente ricos e insoportables.

Luego están los días como hoy. Días malditos en los que descubro que mi vida personal amenaza seriamente con convertirse en un problema operativo tan descomunal como cualquier crisis de reputación en TripAdvisor.

Me apoyo con pesadez contra el respaldo de piel de mi sillón ergonómico y cierro los ojos apenas un segundo, buscando un miligramo de paz mental.

Pero es inútil. Porque si me recreo demasiado tiempo en el silencio de mi mente, vuelvo a ver a Paco entrando en mi despacho, y vuelvo a experimentar ese calor abrasador y sofocante que me subió directo a las orejas cuando el buen hombre comprendió, con una sola mirada, qué narices estábamos haciendo Valeria y yo.

Desde ese bendito instante no he conseguido concentrarme en absolutamente nada.

He revisado tres veces el informe de ocupación diaria sin que las malditas cifras calen en mi cerebro.

He corregido dos presupuestos de lavandería que ya estaban perfectos.

Y llevo quince minutos clavando la vista en la misma hoja de Excel sin leer una sola columna.

La puerta de mi oficina permanece entornada, para que cualquiera sienta que puede entrar a consultarme cualquier incidencia.

El despacho está en un silencio sepulcral, roto únicamente por el leve y monótono rumor del aire acondicionado central.

Pero tengo la extraña y persistente corazonada de que no me marcharé a mi apartamento sin que algo se ponga patas arriba y se desate el caos absoluto.

Mi teléfono vibra y suena sobre la mesa, sobresaltándome.

Levanto la vista con rapidez y noto cómo se me tensan todos y cada uno de los músculos del cuello al leer el nombre que parpadea en la pantalla táctil: Héctor.

La última vez que cruzamos palabra fue para recordarme, con un tono no muy amigable, que los presupuestos para animación estaban desproporcionados y que debía aplicar unos recortes que, por supuesto, todavía no he tenido el valor de ejecutar.

Respiro hondo, me enderezo en la silla adoptando mi mejor postura y respondo deslizando el dedo.

—Dígame señor Balmaseda.

—Buenas tardes, Aitana —saluda él desde el otro lado de la línea, utilizando esa cordialidad perfectamente medida, fría y aristocrática que siempre emplea.

Y precisamente por eso, porque lo conozco al milímetro, sé que me va a soltar una bomba de las gordas—.

¿Qué tal marchan las cosas por el paraíso? ¿Todo bien? —pregunta sin preámbulos.

Por favor, que no hayan llegado ya los rumores. Es humanamente imposible.

—La ocupación de esta semana supera todas las previsiones, señor Balmaseda.

Los eventos marchan según lo planeado y los índices de satisfacción de los huéspedes se mantienen en el noventa y ocho por ciento, tal y como se esperaba —respondo con total claridad y firmeza, aunque mi mente ya está anticipando el verdadero y retorcido motivo de su llamada sorpresa.

—Magnífico, sabía que la dirección del hotel estaba en las mejores manos —contesta él. Hace una pausa en el teléfono demasiado breve, demasiado calculada como para ser natural—. Verás, necesito pedirte un favor de carácter estrictamente personal.

Cruzo una de mis piernas, acomodándome el pantalón, y me pego el auricular al oído, intuyendo el peligro.

—Le escucho. Usted dirá.

—El sábado por la mañana llegará al resort un invitado muy especial. Alguien a quien debemos cuidar al máximo.

Ya empezamos con los privilegios feudales. Qué cruz.

—¿Se trata de algún nuevo inversor del fondo? —inquiero, intentando mantener el tono profesional aunque por dentro ya me estoy temiendo lo peor.

—No, no es un accionista. —Su tono de voz se vuelve ligeramente más bajo, casi confidencial—. Se trata de un creador de contenido. Un chaval joven.

Me pellizco el puente de la nariz con dos dedos, cierro los ojos y contengo un suspiro de desesperación pura.

—¿Un influencer ? ¿Me está llamando para eso?

—Es uno muy importante, Aitana. Con un alcance global que ya quisiéramos nosotros para nuestras campañas de marketing tradicional.

Claro. Por supuesto. Faltaría más. Porque, aparentemente, en pleno año 2026 el sector del turismo ya no gira alrededor de grandes empresarios, diplomáticos o jeques árabes con billeteras sin fondo, sino de personas que se graban haciendo el ganso frente a la cámara de un teléfono móvil para que los vean millones de personas.

—¿Nombre del susodicho? —pregunto, sacando un bolígrafo dispuesta a apuntar el desastre en mi agenda.

—Lucas Ferrer.

Tardo exactamente dos segundos en ubicarlo en mi mapa mental.

Es materialmente imposible no saber quién es ese espécimen.

Veintiséis años, facciones de modelo escandinavo, millones de seguidores en todas las redes sociales imaginables, campañas internacionales de moda, portadas de revistas de tendencias y entrevistas constantes en los programas de máxima audiencia.

Una presencia mediática que domina las pantallas y las conversaciones de medio planeta.

Vamos, el típico niñato malcriado que viaja gratis a costa del trabajo de los demás.

—Es un gran amigo de la familia —añade Héctor con una naturalidad pasmosa que me revuelve el estómago—. De hecho, es íntimo amigo de Elena, mi hija pequeña.

La mandíbula se me tensa de tal manera que me cruje, y tengo que morderme el labio inferior con fuerza antes de soltar una estupidez que me cueste el puesto.

—Quiero que reciba un trato verdaderamente excepcional durante su estancia, Aitana —continúa instruyéndome mi jefe desde Madrid.

—Todos nuestros huéspedes reciben un trato excepcional por política de empresa —replico con una calma helada, aunque por dentro la irritación comienza a subirme por el pecho como una marea negra.

—Sabes perfectamente a qué me refiero, Aitana. No me busques las cosquillas.

Sí. Desgraciadamente lo sé. Y lo odio con todas las fuerzas de mi ser. Significa lamerle las botas a un crío caprichoso.

—Aitana —insiste él al notar mi silencio, y su tono de voz se vuelve un poco más firme y autoritaria—.

Necesito que este chico esté absolutamente encantado con la experiencia en el hotel.

Que tenga acceso preferente a todo. Que no le falte absolutamente nada de nada, ni caprichos de última hora.

Quiero que se sienta como en su propia casa o mejor todavía, ¿ha quedado claro?

—Eso supone hacer distinciones flagrantes entre clientes que pagan una tarifa idéntica, y puede generar quejas —señalo con prudencia, intentando apelar a su cordura.

—Eso supone cuidar una relación pública estratégica y de vital importancia para la expansión de la compañía —responde él sin titubear lo más mínimo—. Y te recuerdo, Aitana, por si se te ha olvidado, que quien toma las decisiones estratégicas de la cadena soy yo, no tú. Tu trabajo es ejecutarlas.

De pronto, mi oficina parece quedarse más fría, más silenciosa y muchísimo más pequeña. Siento cómo el peso de la responsabilidad y la presión de la central se me acumulan en los hombros como una losa de hormigón.

—Entendido. Se hará como desea —digo al fin, aunque cada palabra me cuesta la misma vida pronunciarla.

—Me alegra oírlo. Confío plenamente en tu criterio y en tu discreción, Aitana. Sabes que te aprecio.

—Gracias.

—Ah, y otra cosa antes de que se me olvide —añade mi jefe con una ligereza que me hace ponerme en alerta máxima justo antes de colgar—. Quiero que la señorita Valeria Ruiz esté pendiente de él en todo momento. Que sea su sombra.

Parpadeo varias veces seguidas, completamente descolocada y sorprendida por el requerimiento.

—¿Perdón? ¿Valeria?

—Es vuestra responsable de RRSS, ¿no? Tiene experiencia con el público joven, es sumamente simpática, dicharachera, carismática... En fin, perfecta para lidiar con este tipo de huéspedes de perfil alto. Una mujer con gancho.

El estómago se me encoge de golpe en un nudo incómodo, agrio y punzante. Valeria. Por supuesto. Tenía que ser precisamente ella. El universo se está riendo en mi cara.

—El equipo completo puede turnarse para encargarse de su agenda de actividades, no es necesario saturar a una sola persona... —sugiero, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se me note el ramalazo de posesividad y pánico en la voz.

—He dicho que quiero que se encargue ella personalmente, Aitana —repite él con una autoridad que no admite réplica—. Buenas tardes y buen servicio.

La llamada se corta y me quedo completamente inmóvil en mi sillón, observando la pantalla apagada del teléfono como si tuviera la culpa de mis desgracias.

Siento cómo una oleada de pura irritación y algo que me niego a llamar celos me recorre el cuerpo como una corriente eléctrica.

El destino parece disfrutar enormemente poniéndome obstáculos cada vez más enrevesados.

La simple y espantosa idea de que un influencer famoso de veintiséis años, guapo de revista y acostumbrado a conseguir todo lo que quiere, pase una semana entera pegado a Valeria...

es que consigue ponerme de un humor de perros.

—Pero qué cara de pocos amigos traes… Da miedo mirarte.

Levanto la vista del escritorio de golpe. Valentina acaba de entrar en mi despacho sin hacer ruido. Por primera vez en varios días, carga con una sonrisa radiante le ilumina todo el rostro.

—¿Y a ti qué demonios te ha pasado? —pregunto, agradeciendo internamente la distracción para no seguir comiéndome la cabeza.

Ella se deja caer en el sillón de piel frente a mi mesa con esa soltura y esa elegancia natural que siempre la caracteriza, dejando su tableta a un lado.

—A mí no me pasa nada del otro mundo —responde ensanchando la boca, aunque sus ojos grises brillan con una picardía y una malicia que la delatan.

—Mientes fatal, Valentina. Pero fatal.