CAPÍTULO 39
SOFÍA
Algunas personas tienen el don sobrenatural de sacarte de tus casillas, encenderte la sangre y hacer que pierdas los papeles con el simple hecho de existir y respirar el mismo aire que tú.
Valentina es, sin lugar a dudas, la presidenta de ese club, y cada bendito día que pasa se empeña en demostrármelo.
Después de la reunión de urgencia con Valeria, que nos contara que Paco la han pillado con Aitana y que van a tener que cuidar mucho las apariencias si no quieren que las echen a ambas a la calle.
Entro en las cocinas del restaurante. El ruido ensordecedor del servicio me envuelve al instante como una bofetada de realidad.
Ese caos perfectamente organizado que yo he creado, que tanto amo y que me hace sentir viva y al mando de mi propio reino.
Pero toda mi paz mental se va al garete en cuanto la veo.
Valentina está apoyada con total parsimonia contra una de las encimeras centrales de acero inoxidable, revisando una tablet , como si fuera la dueña y señora de todo el complejo hotelero.
O lo que es muchísimo peor y me revuelve las tripas: como si supiera perfectamente el efecto sísmico y los calores que provoca en mi cuerpo cada vez que me mira.
A ver, a estas alturas no es que yo haya tenido un cuidado exquisito en ocultar que me atrae su boca de manera insensata, que me pone de los nervios (y de los otros) que no pare de darme órdenes con ese tonito repelente y que llevo soñando con sus manos desde el mismísimo día en que apareció en el resort.
Además, seamos realistas, tampoco es que ayude mucho el pequeño detalle de que la otra noche, justo después de la cena de Carmen, nos quedáramos a solas y estuviésemos a punto de darnos un beso de los que hacen historia.
Que todavía noto la electricidad en los labios de recordarlo, joder.
Esta tarde lleva una camisa blanca de hilo fino, impecable, remangada con cuidado hasta los codos dejando a la vista sus antebrazos finos, unos pantalones de sastre oscuros que le marcan las piernas y el pelo cayéndole con una soltura endiablada sobre los hombros.
Está para pararle el pulso a cualquiera, la muy bruja.
—Inspectora —la saludo con un tono de voz que pretende ser seco, distante y sumamente profesional, mientras me coloco el delantal de Chef—.
Le recuerdo a usted que, según la normativa vigente de sanidad, para estar en la zona de los fogones debe llevar el uniforme reglamentario y el pelo perfectamente recogido en una red. No queremos accidentes.
Valentina despega los ojos de la pantalla táctil muy despacio y sus ojos oscuros, cargados de ironía, se encuentran con los míos en mitad del aire.
—Chef —me devuelve el saludo con una sonrisita de medio lado que me dan ganas de morderle—.
Le recuerdo a usted que, según el manual de procedimientos, en este lado de la línea de emplatado no se maneja ningún tipo de producto.
Así que mi pelo está perfectamente a salvo, gracias por su preocupación.
Ya estamos. Vuelta a empezar. Otra vez el bailecito de medirnos las fuerzas.
—¿Se puede saber qué hace exactamente en mis cocinas a estas horas, Valentina? —le pregunto, cruzándome de brazos y plantándome a un metro de ella, aunque la verdad es que me sé la respuesta de memoria.
—Trabajar, Sofía. Revisar los puntos críticos de control de la cadena de frío, como hacemos todos los profesionales de esta cadena —responde con una calma que me saca de quicio, bloqueando la tablet con un clic—.
Aunque, si me lo permites, la pregunta del millón debería hacértela yo a ti.
Vamos a ver... —levanta la muñeca izquierda con elegancia y le echa un vistazo rápido a su reloj de marca—.
En exactamente una hora y diez minutos se abre el turno de cena para los clientes, y la Chef del restaurante estaba por ahí haciendo vete tú a saber dónde.
—Estaba con las chicas en el chiringuito, si tanto le interesa. Una reunión de urgencia, pero ya está todo solucionado y bajo control —le espeto, dando un paso hacia delante, acortando la distancia física entre las dos sin darme cuenta.
—Me alegro, Chef.
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duelen las muelas. Ella sonríe apenas un milímetro, lo justo y necesario para irritarme todavía más y hacerme perder los papeles.
—Por cierto, estaba revisando los históricos de costes de vuestro proveedor habitual de marisco de la zona —continúa ella como si tal cosa, encendiendo la tablet de nuevo y acercándose un poco más a mí.
—¿Y? ¿Qué pasa con el marisco? Es el mejor de toda la costa de Altea, ya le gustaría a los de Santorini o Maldivas tener un producto así.
—Pues que hay algunas prácticas comerciales y algunas desviaciones presupuestarias en las facturas que deberíamos revisar —menciona con tono de suficiencia ministerial—. ¿Tienes algo de tiempo para que te muestre los datos
—¿Ahora mismo? ¿A las puertas del servicio de cena? —le pregunto con incredulidad, arqueando las cejas.
—Ahora mismo, Chef. No me gusta dejar el trabajo para mañana —insiste, clavándome una mirada afilada que me desafía.
La mía tampoco se queda atrás y se afila en el acto.
Es que nuestro gran problema real no es que una sea mejor profesional que la otra, qué va.
El problema real que tenemos es que llevamos discutiendo como el perro y el gato desde el minuto uno en que cruzó la puerta y quiso imponer las normas estrictas de la central en mi cocina.
Siempre nos estamos midiendo las fuerzas, buscando el fallo de la otra, y la tensión es tan salvaje que parece que estemos siempre a dos frases de distancia de estrangularnos vivas con un trapo de cocina...
o de besarnos hasta quedarnos sin una gota de aliento en los pulmones.
Y, sinceramente, a estas alturas de la película ya no sé cuál de las dos opciones me preocupa más o me resulta más jodidamente atractiva.
Caminamos hacia la zona del almacén, un rincón mucho más tranquilo y apartado, lejos del bullicio de los ayudantes y del traqueteo del personal de sala. En cuanto la puerta de doble sentido se cierra tras de nosotras y nos quedamos completamente a solas, Valentina empieza su discurso sin anestesia:
—Cómo puedes comprobar aquí, los costes por cubierto en el apartado de crustáceos han aumentado de forma notable en el último trimestre de 2026 —señala en la tablet con un dedo largo, mostrándome un informe lleno de gráficos de colores, flechas rojas de alerta y tablas comparativas de la central.
—Han aumentado sencillamente porque la calidad del producto que entra en esta cocina también ha mejorado una barbaridad desde que yo tomé el mando —respondo a la defensiva, defendiendo a mis proveedores locales sin dudarlo un segundo.
—No siempre va ligado lo uno con lo otro, Sofía.
A veces, los proveedores locales inflan los precios aprovechándose de la etiqueta de lujo del resort, pero eso no significa necesariamente que el marisco sea de primera categoría —habla y habla, con esa voz ejecutiva tan perfecta, y yo...
bueno, yo a los tres segundos ya no sé qué me está contando de los gráficos de barras porque solo puedo mirarle la boca.
Nos quedamos cinco segundos exactos en mitad de una nube mental de lo más peligrosa.
Una nube en la que el maldito lunar diminuto que tiene justo en el lado derecho del labio superior me llama a gritos, resultándome muchísimo más tentador y apetecible que el helado artesanal de toffee y el milhojas de caramelo que tenemos apuntado en el menú de postres.
—Sofía... ¿Me estás escuchando o estás en otra dimensión? —su voz me saca del trance.
Pestañeo a toda prisa, notando cómo las mejillas me arden de pura vergüenza, y me paso una mano por el cuello de la chaqueta de cocina para disimular el sofocón.
—Sí, sí... claro que te estoy escuchando. Lo de hacer una visita a la lonja para ver el género de primera mano. Perfectamente.
Se hace un silencio denso, tenso, ridículo y sumamente peligroso entre las dos en mitad del almacén de secos.
Valentina se cruza de brazos sobre el pecho, haciendo que la camisa blanca de hilo se tense sobre sus formas, y me mira fijamente con los ojos entornados.
—¿Se puede saber dónde tienes la cabeza metida ahora mismo? —pregunta con insistencia, dando un paso hacia delante y buscando mis ojos con una intensidad que me hace flaquear—. Porque estás completamente en la luna y no me estás haciendo ni caso.
—No estoy en ninguna luna, Valentina, por favor... Solo estaba valorando que habrá que cambiar la metodología de trabajo del equipo si pretendes que vayamos a buscar el producto fresco al día a día a la lonja. Que las cosas aquí no son tan fáciles como tú piensas.
—No veo por qué tendría que ser complicado si nos organizamos bien con los turnos de mañana —comenta ella con una seguridad pasmosa.
—Pues sí que lo será —le llevo la contraria por el puro placer de llevarle la contraria—.
En una cocina de este nivel las cosas no son tan fáciles como ir, elegir el pescado, comprarlo, traerlo y meterlo en la olla.
Aquí tenemos que tener toda la producción y la mise en place previamente preparada desde primera hora de la mañana para que no se nos retrasen los turnos ni un solo minuto.
—¿Se puede saber por qué siempre tienes la imperiosa necesidad de llevarme la contraria en absolutamente todo lo que propongo?
—Yo no te llevo la contraria en todo. Qué cosas tienes.
—En casi todo, Sofía. Desde el primer día que pisé este hotel.
—Pues porque eres una mujer desesperante, Valentina. Así de claro te lo digo —suelto de golpe, sin ningún tipo de filtro ni diplomacia.
Abre los ojos como platos, fingiendo una sorpresa y una ofensa que no se cree ni ella, mientras una chispa de pura diversión le brilla en la mirada.
—¡¿Yo?! ¿Desesperante? Pero bueno...
—Sí, tú. Con tus flechitas de colores, tus libretas y tus andares de perdonavidas.
—Increíble, de verdad... Lo que hay que escuchar.
Nos quedamos calladas de golpe, a escasos centímetros la una de la otra, mirándonos fijamente a los ojos, desafiándonos con la respiración un poco alterada y aguantando el tipo como dos boxeadoras en mitad del ring.
Y de pronto, sin poder contenerlo más, toda la rigidez se va al garete y las dos empezamos a reírnos a carcajadas al mismo tiempo por lo absurdo de la situación.
—De verdad... Estamos haciendo el ridículo más espantoso de la historia de la hostelería —admito entre risas, negando con la cabeza y apoyándome en la estantería de los aceites.
—Bastante, no te lo voy a negar —reconoce ella, suavizando la mirada.
Valentina deja la tablet sobre una de las mesas auxiliares y me dedica una sonrisa de esas de verdad, amplias y limpias.
Y ahí es donde reside el mayor de mis problemas, porque en cuanto esta mujer sonríe, deja de parecerme insoportable y empieza a parecerme una mujer increíblemente atractiva, provocadora, sexy...
lo cual complica y dinamita mi existencia en este resort de mala manera.
—¿Sabes qué es lo que creo yo de todo este asunto? —pregunta, dando un paso definitivo hacia mí, rompiendo toda distancia de seguridad.
—Me lo vas a soltar aunque te diga que no me interesa lo más mínimo, ¿verdad? —respondo en un susurro, incapaz de apartar los ojos de sus labios.
—Creo firmemente que te encanta discutir conmigo. Que te da la vida.
—Pues vas lista. No te lo crees ni tú.
—Te encanta ponerme a prueba...
La señalo con el dedo índice, intentando recuperar un ápice de autoridad.
—No confundas las cosas
—¿Qué cosas estoy confundiendo exactamente? —pregunta Valentina con una voz que se ha vuelto de pronto más grave y sugerente, mientras la sonrisita de su boca se amplía de una manera canalla.
Antes de que pueda reaccionar, apoya las dos palmas de sus manos en la mesa, justo a ambos lados de mis caderas, acorralándome entre sus brazos y atrapándome contra su cuerpo sin llegar a tocarme.
Noto el calor que desprende su piel a través de la camisa de hilo y el aroma a perfume caro me nubla el juicio.
—Las cosas... del trabajo —respondo vagamente, con la respiración encallada en la garganta, intentando desviar la mirada por encima de su hombro para no fijarme en ese lunar que se está convirtiendo en mi maldita y más oscura tentación.
Su sonrisa se vuelve todavía más amplia y victoriosa al darse cuenta de lo obvia y lo nerviosa que me he puesto en un segundo por su cercanía física.
—Ya veo... Así que es eso.
—¿Se puede saber qué significa exactamente ese "ya veo"? —exijo saber, intentando poner firmeza en la voz, aunque me sale un tono un poco trémulo que me da rabia.
—Nada, Chef. Absolutamente nada.
La tensión sexual del almacén se vuelve tan densa que casi se puede cortar con un cuchillo de cocina y, de buenas a primeras, regresamos de golpe a la misma atmósfera peligrosa que vivimos en el pasillo la otra noche.
Tengo unas ganas locas e insensatas de quitarle de un plumazo y a base de besos esa sonrisa pretenciosa, segura y descarada que le ilumina la cara; de arrancarle a mordiscos el carmín color coral que hace que sus labios parezcan la fruta más prohibida del paraíso y de comérmela entera, despacito y con buena letra, igual que me como mi pastel favorito de fresas con nata cuando nadie me ve.
Mierda. Es que se me está haciendo la boca agua de pensarlo.
—Ten... tengo muchísimo trabajo esperándome fuera —consigo decir, aunque la realidad es que no muevo ni un solo músculo para librarme de su encierro y apartarme de ella.
—Yo también tengo informes que rellenar.
—Pues entonces haz el favor de marcharte por dónde has venido —susurro, clavando mis ojos en los suyos.
Valentina me observa con una intensidad tan profunda y oscura que durante un segundo eterno parece olvidarse de cómo se respira en este mundo, exactamente igual que me está pasando a mí.
Después, va curvando los labios en una sonrisa, provocando que una corriente abrasadora se pasee por mi espalda y se instale directamente en mi vientre.
—Nos vemos luego en el servicio, Chef —murmura de pronto muy, pero que muy cerca de mi oreja, con una voz ronca, sugerente y un par de tonos por debajo de lo normal.
Se aparta con una elegancia felina, recoge su tablet de la mesa de aluminio y se marcha del almacén empujando las puertas batientes, dejándome allí, con las pulsaciones a mil por hora, el corazón desbocado como un caballo a todo galope y con la firme sospecha de que las cosas en este maldito resort están complicando por momentos de mala manera...
y no solo para Valeria y Aitana. Que aquí vamos a caer todas de cabeza.