¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

El silencio que se apodera de la habitación es tan denso que se podría masticar.

Aitana, haciendo gala de un nerviosismo que jamás le he visto, se empieza a abrochar a toda prisa los botones superiores de su blusa descolocada mientras intenta recuperar el aliento.

Yo, por mi parte, cojo el primer panfleto promocional que pillo de la mesa y me pongo a mirarlo al revés, con el corazón latiéndome tan fuerte que parece que se me va a escapar por la ventana.

Paco parpadea una, dos y hasta tres veces, frotándose los ojos.

Luego nos mira alternativamente: primero a Aitana, luego a mí, y otra vez a Aitana.

Hasta que, finalmente, las dos únicas neuronas operativas que le quedan unen las piezas del puzle de manera definitiva.

—No puede ser verdad…

Yo lo único que le pido a la Virgen de la Palma es que se abra una grieta en el suelo de la oficina y me trague entera sin dejar ni rastro, y Aitana parece estar considerando seriamente la opción de meterse debajo de la mesa de escritorio y no salir de ahí hasta que estemos en el año 2030.

—Paco… esto tiene una explicación, déjame que te diga… —intenta arrancar Aitana con una voz ahogada que no parece ni la suya de lo nerviosa que está.

—¡No me lo creo! —exclama el hombre y, de pronto, suelta un bufido y estalla en una carcajada monumental, escandalosa, de esas de barra de bar que se escuchan en todo el complejo.

El pobre hombre tiene hasta que apoyarse con un brazo en la pared para no perder el equilibrio de la risa que le ha entrado—.

¡Si es que lo sabía! ¡Lo sabía! —grita entre carcajadas, señalándonos con los papeles de mantenimiento.

—Paco, haz el favor de disimular un poquito y no te rías tanto, que me vas a matar de la vergüenza.

Aitana se apoya en su silla y se masajea el puente de la nariz con los ojos cerrados, intentando por todos los medios recuperar su porte de Directora, aunque no le está sirviendo de mucho.

—Dios mío de mi vida…

—¡Ay, de verdad, es que ahora me cuadra absolutamente todo!

—continúa Paco, sacando un pañuelo del bolsillo para secarse una lágrima de la risa—.

Lo del tobogán, la forma tan rara en la que os mirasteis el otro día en la piscina…

—añade el hombre, quedándose pensativo un segundo mientras nos analiza—.

Las miradas en el comedor, las excusas tontas que ponéis las dos para...

Aitana deja escapar un pequeño gemido de pura frustración que lo único que consigue es que a Paco le dé otro ataque de risa y tenga que jadear para pillar aire.

Cuando por fin logra calmarse un poco y recuperar la compostura, arrastra una de las sillas de confidente y se deja caer en ella frente a nosotras, todavía con una sonrisa de oreja a oreja que le menea el bigote.

—Bueno —dice el hombre, cruzándose de brazos y mirándonos fijamente—.

Ahora en serio. A mí me importa exactamente tres pimientos con quién os acostéis, con quién salgáis o de quién os enamoréis.

Ni es de mi incumbencia ni me da de comer.

Pero tenéis que andar con pies de plomo y tener muchísimo cuidado en este sitio.

La gente aquí no habla, ¡aquí la gente vuela!

Los chismes y los rumores por los pasillos viajan bastante más rápido que la red wifi que tenemos contratada en el resort.

Como a algún empleado resentido le dé por empezar a husmear o a comentar cosas, o si os pilla alguien con más mala leche que yo en un momento comprometido...

, se os va a caer el pelo a las dos y se os van a complicar las cosas de mala manera.

El despacho se queda de pronto en un silencio sepulcral, de esos que dan escalofríos. Solo se escucha el zumbido monótono del aire acondicionado.

—El señor Balmaseda está buscando la más mínima excusa, el más pequeño detalle, para meter la tijera y recortar gastos por todas partes —continúa Paco con una gravedad que me pone los vellos de punta—.

Y todos los que llevamos aquí unos años sabemos perfectamente cuál es uno de los departamentos que siempre está en el ojo del huracán y que más cuestionan desde la central: el tuyo, Valeria.

Si a alguien de arriba le da por pensar, aunque sea mentira, que Aitana está tomando decisiones para favorecerte a ti por motivos personales...

Paco no termina la frase. Tampoco hace falta que lo haga. El mensaje nos ha quedado claro, nítido y transparente. El conflicto de intereses nos puede costar el puesto en un abrir y cerrar de ojos.

De repente, las paredes del despacho me parecen más estrechas, el ambiente se vuelve frío y me entra una incomodidad en el cuerpo que no me gusta ni un poquito.

La realidad más pura y dura acaba de colarse por la rendija de la puerta y me ha pegado un bofetón que me ha bajado de la nube de golpe.

Siento cómo un nudo de miedo se me instala en la boca del estómago, pero al mismo tiempo, noto cómo una determinación nueva y muy fuerte me empieza a florecer por dentro.

A mí a cabezota no me gana nadie, y menos si se trata de Aitana.

Paco se pone en pie de un salto, deja los documentos sobre la mesa de Aitana con un golpe seco y, antes de dar el paso para marcharse, se detiene un segundo junto al umbral de la puerta, girándose hacia nosotras con una última sonrisa pícara y gamberra que le vuelve a mover el bigote.

—Por cierto —dice con un guiño de lo más vacilón—. Hacedme el favor de echar la llave por dentro la próxima vez, por el amor de Dios, que os vais a buscar una desgracia.

Y sin decir más, desaparece por el pasillo, entornando la puerta tras de sí. En cuanto nos quedamos solas, dejo caer la cabeza de golpe sobre la mesa de madera, soltando un bufido de frustración absoluta.

—Quiero morirme ahora mismo. Literalmente. Sería mejor que me tragase la tierra y me soltase en otra galaxia.

Aitana suelta una risa baja, musical y aterciopelada que consigue aliviar la tensión que se ha quedado flotando en el ambiente.

Se levanta de su sillón, rodea despacio mi mesa de trabajo y se sienta con elegancia en el borde, quedándose muy, pero que muy cerquita de mí.

Su perfume a sándalo y flores me envuelve al instante, calmándome las pulsaciones.

—Paco tiene toda la razón del mundo, Valeria —murmura con voz suave, mientras estira la mano para acariciarme con mucha delicadeza el dorso de los dedos con la yema de los suyos.

—Lo sé —admito, incorporándome del sitio y clavando mi mirada directamente en sus ojos verdes—. Y lo odio con todas mis fuerzas, de verdad. Todo era tan sumamente fácil, tan bonito y tan perfecto hasta hace cinco minutos...

Aitana asiente con la cabeza, y su expresión se vuelve un poco más seria, pero sigue estando cargada de una ternura que me desarma.

—Estábamos viviendo en nuestra pequeña y maravillosa burbuja, pero por desgracia, en el mundo real, las burbujas siempre terminan por explotar. Aun así, escúchame bien: no tengo la más mínima intención de permitir que el miedo o los cotilleos de este hotel destruyan lo que tenemos. Ni hablar.

Se inclina un poco más hacia mí y puedo ver a la perfección esas pequeñas motas doradas que tiene en el iris de los ojos, brillando con una determinación que me da la vida entera.

—Buscaremos momentos que sean mucho más seguros para vernos, seremos la mitad de discretas de lo que hemos sido hasta ahora cuando estemos de cara al público, pero que te quede muy claro que no voy a renunciar a ti ni a lo que siento por ti por miedo a lo que puedan pensar los de la central.

Su voz suena firme, segura, con esa autoridad de jefa que tanto me pone pero que ahora me da una seguridad tremenda.

Quiero creerla con toda mi alma y con todo mi ser.

Y una parte de mí, la más enamorada, lo hace plenamente y sin dudarlo.

Pero otra parte, la que tiene los pies en el suelo, empieza a comprender que esto de enamorarse perdidamente de tu superiora, quizá no era el plan más inteligente ni el más sensato del mundo.

—Valeria. Mírame.

—Dime.

—No pienso permitir bajo ningún concepto que nadie haga de esto un error —me dice, apretándome los dedos con una seguridad pasmosa.

—Yo tampoco... pero nos va a tocar escondernos tres veces mejor de lo que lo hace un ninja, te lo digo yo.

—Pues haremos lo que haga falta.

Me quedo mirándola mientras asiente, pero una sombra me ronda por la cabeza.

Quizá el verdadero problema no es que Paco nos haya pillado con las manos en la masa en el despacho, sino que Paco no sea el único que termine por darse cuenta y que lo poco que nos queda de esta burbuja acabe saltando por los aires, llevándose por delante toda esta felicidad tan bonita que estamos viviendo.