CAPÍTULO 38
VALERIA
Existe una diferencia abismal, entre enamorarte de alguien y darte cuenta de que, de repente, eres jodidamente feliz.
Lo primero es como cuando te pilla la resaca en la playa de La Victoria: te mete un viaje de tres pares de narices, te arrastra por la arena, te llena el biquini de piedras y te deja descolocada, sin respiración y con el moño mirando para Cuenca.
Lo segundo, llega de puntillas, como quien no quiere la cosa, despacito y con buena letra.
Simplemente, una mañana cualquiera te levantas, te miras al espejo con cara de velocidad, te sorprendes sonriendo como una boba mientras escuchas en la radio esa canción pegadiza que te recuerda a sus ojos, y ahí es cuando comprendes que, tal y como te advertían tus amigas, algo ha cambiado para siempre en tu corazón.
Ya no es solo química, ni los calores que te entran, ni el deseo loco de empotrarla contra la primera superficie sólida que encuentres; es una calma profunda y una certeza más grande que el complejo entero.
Llevo exactamente tres días flotando dentro de una burbuja.
Tres días en los Aitana y yo nos hemos regalado besos por rincones de Paraíso Azul que yo ni sabía que existían.
Tres días compartiendo desayunos clandestinos en su apartamento, revolcones sexuales en el despacho y conversaciones de las que te arreglan la vida.
Tres días de mensajes absurdos, picantes y directos entre reunión y reunión, de sonrisas de complicidad por los pasillos y de momentos que para cualquiera serían una pamplina, pero que para mí valen más que un billete de lotería premiado.
Tres días fingiendo que aquí no pasa absolutamente nada y que solo somos dos compañeras de trabajo hiperprofesionales que se llevan divinamente.
La teoría suena de categoría sobre el papel.
La práctica, es otro cantar. Consiste básicamente en intentar con todas mis fuerzas no sonreír como una perfecta idiota cada vez que Aitana me clava esos ojos desde el otro lado de una sala, o en controlar el incendio forestal que me sube por el cuello y me tiñe las orejas de carmín en cuanto la escucho hablar a mi espalda con esa voz de mando tan sexy que tiene.
—Valeria, por el amor de Dios, ¿me estás escuchando?
Parpadeo a toda mecha y regreso bruscamente a la realidad de la vida terrenal.
Clara me está observando desde el otro lado de la barra de madera del chiringuito, con una ceja tan levantada que casi se le junta con el nacimiento del pelo y una expresión que baila entre la diversión absoluta y la exasperación más pura.
—¿Yo? Vamos, por favor... Claro que sí, te estoy escuchando palabra por palabra —le espeto de inmediato, recolocándome las gafas de sol sobre la cabeza e intentando poner mi mejor cara.
—Y un cuerno—replica ella, cruzándose de brazos con una sonrisa de suficiencia y apoyando el peso en la madera pulida—. Cuéntame otra historia, guapa.
—¿Por qué dices eso, a ver? Tenéis una manía conmigo...
—Llevo exactamente dos minutos contándote con pelos y señales que una clienta intentó subirse a una tabla con unos tacones de aguja de quince centímetros, que casi se parte los tobillos en tres cachos y que el socorrista del turno de mañana tuvo que sacarla del agua a rastras como si fuera una damisela en apuros de las novelas del siglo diecinueve.
Y tú ni te has inmutado. Tenías la mirada perdida en las Maldivas, por lo menos.
—¿Y la muchacha lo consiguió? ¿Se mantuvo de pie con los tacones? —pregunto a la desesperada, intentando salvar los muebles con una sonrisa de medio lado y arqueando los hombros.
—Valeria… de verdad, háztelo mirar —Clara suelta un suspiro monumental, negando con la cabeza.
—Vale, lo admito, no te he escuchado ni una santa palabra —confieso al fin con una sonrisa de culpabilidad que me delata, levantando las manos en señal de rendición—. Me has pillado.
Clara pone los ojos en blanco con una gracia que no se puede aguantar, justo en el mismo instante en que Marta aparece trayendo consigo un zumo natural recién exprimido, lleno de pulpa y con una rodaja de naranja ensartada en el borde del vaso.
—Confirmo el diagnóstico: esta niña está ida de la olla desde hace tres días —suelta Marta con retintín, dejando caer el vaso frente a mí con un golpe suave que hace tintinear el hielo.
—Mira que sois brujas, de verdad. Os odio a las dos con toda mi alma —murmuro, tapándome media cara con las manos, aunque es totalmente inútil porque la sonrisa traicionera y delatadora me asoma por las comisuras de los labios.
—No nos odias, que somos tus Pepito Grillo particulares —responde Clara, alargando la mano sin ningún pudor para robarme un sorbo largo de mi zumo.
—Un poco sí. Solo un poquitito.
Las tres nos echamos a reír con complicidad.
Y es que, las cosas como son, tienen más razón que un santo.
Estoy insoportablemente feliz, con un subidón de endorfinas que ni haciendo un maratón, y por más que intente ponerme la máscara de profesional, el secreto se me escapa por todos los poros del cuerpo.
Se me nota en el brillo tonto de los ojos; en cómo se me suaviza el acento y la voz cuando hablo de cualquier tontería y, sobre todo, en cómo mi mirada la busca entre la marea de huéspedes estirados y empleados trajeados.
A media mañana, rozando las doce, regreso al ala de oficinas buscando desesperadamente cinco minutos de tregua y aire acondicionado.
Necesito revisar a contrarreloj unos folletos promocionales para la campaña de los paquetes de experiencias y, sobre todo, un poquito de silencio para poner en orden mis pensamientos antes de que me estalle la cabeza.
Cuando abro la puerta de mi despacho, me llevo la sorpresa de mi vida: Aitana ya está allí.
Está sentada frente a su ordenador portátil, completamente concentrada en un informe de costes, con el ceño ligeramente fruncido y mordiéndose el labio inferior.
Al escuchar el clic de la puerta, levanta la vista y, en cuanto comprueba que soy yo, toda esa rigidez de alta ejecutiva y la expresión seria se le evaporan de golpe. Sus labios perfectos se curvan en una sonrisa íntima, de esas cálidas y reservadas para mí.
—Hola… —dice con una voz sumamente suave, casi un susurro cargado de una ternura que me hace flaquear las piernas.
—Hola, jefa —respondo yo, entornando la puerta tras de mí con un cuidado que ni un cirujano, asegurándome de que encaje bien.
En un segundo, el despacho queda envuelto en una atmósfera íntima y agradable, como si el jaleo del complejo se hubiera quedado al otro lado del planeta.
Fuera, en el pasillo, se escuchan los teléfonos sonando a todo trapo, los pasos apresurados de los botones y las conversaciones lejanas de los clientes.
Pero aquí dentro solo existimos nosotras dos, y el aire se vuelve tan espeso y cargado de electricidad que casi se puede cortar con un cuchillo.
—¿Cómo llevas la mañana? —le pregunto con tono picaron, mientras me acerco pasito a pasito, contoneando las caderas lo justo, hacia su mesa de escritorio.
—Pues he tenido que sobrevivir a tres reuniones seguidas y a una llamada telefónica de lo más desagradable con un proveedor de la central que pretendía subirnos las tarifas de la lencería de las suites por la cara.
Sinceramente, creo que me he ganado con creces una medalla al mérito laboral...
o, como mínimo, un muy buen beso de consolación —añade, entornando los ojos con una mirada canalla que me enciende por dentro.
—Usted es una heroína de las grandes —afirmo, plantándome justo frente a ella, apoyando las manos en el borde de la mesa y echándome hacia delante.
—Lo sé —responde ella, guiñándome un ojo con una complicidad que me vuelve loca.
Esa versión oculta de Aitana la que es tierna, juguetona y un poquito sinvergüenza cuando estamos a solas, hace que mi corazón dé un vuelco tan grande que se me sale por la boca.
No puedo aguantarme más las ganas, así que rodeo la mesa y mis labios atrapan los suyos en un beso con todas las de la ley, rompiendo de golpe la maldita distancia que nos ha tenido separadas durante toda la mañana.
Le acaricio la línea del cuello con una mano, notando su pulso acelerado, mientras con la otra deslizo los dedos por la apertura del cuello de su blusa de seda, jugando a rozar con la yema el valle de sus pechos.
Aitana suelta un suspiro hondo, me agarra con firmeza de la cintura con sus manos, se pone de pie sin romper el beso y me pega a su cuerpo con tanta energía que, por un momento, pienso seriamente que me va a comer viva allí mismo.
Suelto un pequeño jadeo de pura satisfacción que se queda ahogado en su boca, y durante un instante milagroso, el mundo entero parece una cosa sumamente sencilla.
Solo estamos nosotras dos, el runrún suave del aire acondicionado y esa necesidad imperiosa de sentirnos, de devorarnos con esa mezcla dulce y salvaje que nos envuelve cada vez que nos tocamos.
Hasta que, de buenas a primeras, la puerta del despacho se abre de golpe con un estruendo y las dos nos separamos a la velocidad del rayo, como si nos hubiera dado un calambre de dos mil voltios.
Es Paco. Se queda completamente tieso en mitad del umbral, petrificado como una estatua de sal, con un fajo de informes de averías en la mano y los ojos abiertos como platos de los de diez raciones.