CAPÍTULO 37 #3
El silencio que nos rodea ahora es hueco, suave, dulce y reconfortante.
Valeria duerme profundamente a mi lado en mitad de la cama, colocada boca abajo, con la mejilla hundida en el almohadón blanco y un brazo cruzado con total confianza sobre mi cintura.
Su respiración es lenta, pesada, todavía algo entrecortada por el esfuerzo físico de la madrugada.
El pelo castaño le cae completamente revuelto y enmarañado sobre la espalda desnuda, y la luz tenue de la luna dibuja el contorno de su figura con una suavidad que me tiene hipnotizada.
Yo, sin embargo, soy incapaz de cerrar los ojos. Tengo el cuerpo exhausto, completamente saciado y relajado, pero mi mente está despierta. Mucho más despierta y lúcida de lo que ha estado en los últimos años de mi monótona vida.
Me giro de costado para no romper su sueño y me apoyo sobre un codo.
Desde esta posición privilegiada puedo observarla a placer, sin prisa: la curva perfecta de su hombro, la forma en que sus largas pestañas descansan sobre sus mejillas, el leve y constante movimiento de sus labios entreabiertos…
El corazón me palpita con una prisa alarmante al recordar su sonrisa pícara durante la cena de antes, esa vergüenza tan adorable tiñendo sus mejillas de rojo por culpa de las fotos de su madre.
Me estoy enamorando de ella a pasos agigantados, y ser consciente de eso ha provocado que lo de esta noche haya sido completamente diferente.
Lo he sentido en el alma y aún lo siento vibrar en mi piel.
Quiero estar a su lado de verdad. Quiero conocerla cada día un poco más, compartir más risas gamberras, más caricias espontáneas, más abrazos y más besos de madrugada.
Me paso una mano libre por la cara y suelto un suspiro tembloroso, preguntándome en qué momento exacto cambiaron las cosas de esta manera tan radical.
Hace apenas unas semanas, Valeria era solo la empleada caótica, brillante y ruidosa que me lanzó un cóctel de granadina sobre mi traje sastre de estreno.
La misma chica descarada que me coqueteó sin ningún tipo de pudor y a la que estuve a punto de besar en la piscina.
Ahora, en cambio, estoy aquí metida, en la suite presidencial a las cuatro de la madrugada, con su olor y a sexo pegado a mi piel y una sensación cálida, inmensa y jodidamente aterradora expandiéndose con fuerza dentro de mi pecho.
Mis sentimientos por ella son tan transparentes que apenas soy capaz de controlar la sonrisa boba que se me dibuja en la cara.
Aún me parece un auténtico expediente X que todo esto me esté pasando precisamente a mí.
Y no es que me sintiera desahuciada o vieja a mis cuarenta y dos años, ni mucho menos; es simplemente que jamás imaginé que podría llegar a consolidar una relación con alguien considerablemente más joven que yo.
Creía que ya había superado con creces la etapa adolescente de sentir mariposas revoloteando en el estómago, y aquí me encuentro: desvelada, feliz y mirándola dormir como una tonta.
Valeria se mueve ligeramente sobre el colchón y su mano aprieta mi cintura con un poco más de fuerza, reclamando mi presencia, antes de relajarse de nuevo sobre mi piel.
Ese pequeño y sutil gesto inconsciente me derrite.
Es un ademán posesivo sin llegar a ser tóxico.
Tierno. Como si ya me considerara de su propiedad incluso estando en el séptimo sueño.
Sé perfectamente que las cosas entre nosotras se han ido fraguando poco a poco, a través de esos pequeños momentos compartidos, esas miradas cómplices o esos instantes de cercanía forzada en los que saltaban chispas.
Es algo maravilloso y, a la vez, espantoso, porque lo que en un principio parecía ser únicamente un deseo sexual irrefrenable, ha terminado por convertirse en algo mucho más profundo.
Tan profundo como para hacerme desear con todas mis fuerzas despertar mañana, pasado y el resto de mi vida a su lado.
Valeria suelta un suspiro hondo en mitad de sus sueños y se acerca un poco más a mi costado, buscando instintivamente mi calor corporal.
Automáticamente abro los brazos para hacerle espacio y ella se acurruca contra mi pecho, escondiendo la cara en el hueco de mi cuello.
Su aliento cálido me hace cosquillas en la piel.
Huele a noche, a burbujas, a deseo y a ella. A mi Valeria .
Cierro los ojos con una paz que no recordaba y apoyo los labios con ternura en su frente.
—¿Tú también estás sintiendo exactamente lo mismo por mí…? —le pregunto en un susurro inaudible, a sabiendas de que está tan profundamente dormida que no obtendré respuesta alguna.
Me quedo así, abrazándola contra mí, escuchando el ritmo pausado de su respiración y el lejano, constante y relajante rumor del mar rompiendo en la orilla de la playa.
Esta Suite, que hace tan solo unas horas formaba parte de un capricho impulsivo e irracional, ahora es el único lugar del mundo donde quiero estar.
Y los latidos de su corazón, lo único que quiero que marque el ritmo de mi vida a partir de hoy.