CAPÍTULO 37 #2
Bajo por su cuerpo con lentitud, besando cada una de sus costillas, la hendidura de su ombligo y la sensible cara interna de sus muslos bronceados, que tiemblan ante la expectativa.
Cuando mi boca llega por fin a su sexo, le pido con un golpe en la cadera que abra las piernas de par en par para mí, haciéndome todo el hueco del mundo.
Lo recorro de abajo arriba con un lametón largo, lento y profundo.
Valeria suelta un grito alto, un gemido que rebota en las paredes de la suite, y se agarra con fuerza a las sábanas mientras mi lengua explora cada rincón con una paciencia infinita.
Disfruto de su sabor, succionando su clítoris, mordisqueando con delicadeza sus labios menores e introduciéndole los dedos al mismo ritmo hasta que sus músculos vaginales se tensan en un espasmo violento.
El orgasmo la sacude, haciéndola temblar como una hoja y gemir mi nombre en mitad de la madrugada.
Ella se toma solo unos breves segundos para intentar recuperar el aliento y reponerse, lo justo para mirarme fijamente con unos ojos cargados de un brillo tan intenso que me demuestra que lo que pasó en aquella cala no fue un espejismo, que es real y se quedó grabado en nosotras.
—Me quieres matar de un síncope, ¿verdad? —susurra sobre mis labios, reglándome un mordisco juguetón en el labio inferior que se transforma en un escalofrío directo por toda mi columna vertebral—. Vamos al jacuzzi… Anda, ven conmigo. Disfrutemos de las burbujas antes de que nos hagamos viejas.
Minutos después, sumergidas en el agua caliente, burbujeante y espumosa del jacuzzi, me siento más suya que mía.
Valeria, haciendo gala de esa fuerza y descaro que me desarman, me coloca a horcajadas sobre su regazo, hundiéndome en el agua hasta la cintura.
Sus dedos me penetran sin previo aviso y comienza a follarme con una energía desbordante, como si fuera la primera y la última vez que lo hace en su vida.
Mis gemidos agudos se mezclan con el rumor del agua en constante movimiento; su boca me devora los pechos con ansia y mi piel recibe sus mordiscos a sabiendas de que mañana por la mañana tendré que usar una cantidad industrial de corrector para disimular las marcas ante todo el mundo.
—Valeria… joder… más rápido… —grito, echando la cabeza hacia atrás.
Sus dedos se abren paso en mi interior con una destreza increíble y yo muevo las caderas de forma frenética buscando más presión, buscando una fricción perfecta que llega en el momento exacto en que su pulgar presiona y restriega mi clítoris con fuerza rítmica.
—Así, justo así, no pares…
Ella se incorpora sobre el agua, se lleva uno de mis pechos a la boca para succionarlo con fuerza y, en cuestión de segundos, me corro con una violencia tal que, debido a los espasmos de mi propio clímax, terminamos salpicando una cantidad ingente de agua fuera del jacuzzi, inundando el suelo de teca de la terraza.
—Madre mía… Vamos a tener que avisar al servicio de habitaciones para ordenar este desastre monumental… —le digo con una sonrisa melosa, completamente ida y con el corazón latiendo a mil revoluciones por minuto contra mis costillas.
Valeria suelta una carcajada limpia en mitad de la noche, abrazándome por el cuello.
—De verdad, Aitana, eres única. Solo a una directora como tú se le ocurre pensar en el equipo de limpieza justo después de un orgasmo. Relájate, que eso ya se arreglará luego.
Reímos juntas, pegando nuestras frentes, y de pronto todo el universo que nos rodea se reduce exclusivamente al sonido de nuestra risa compartida y al brillo de nuestros ojos en la penumbra. He estado enamorada de otras mujeres antes en mi vida, por supuesto, pero no como lo estoy de ella.
—¿En qué estás pensando? —me pregunta con ternura, a la vez que me aparta un mechón de pelo húmedo de la cara.
—Pensaba en tu madre… ¿Crees que Carmen me mirará raro si se entera de que estamos juntas?
—¿Mi madre? ¡Anda ya, por favor! Si por ella fuera, te compraba un lacito de oro, te empaquetaba entera y te colocaba debajo del árbol de Navidad como el mejor regalo de su vida —responde con sorna, acariciándome el cuello con las yemas de sus dedos—.
A mi madre la tienes completamente ganada y metida en el bolsillo.
Tanto o más de lo que me tienes a mí, que ya es decir.
—Pues si es así… deberíamos considerar y decírselo pronto. Porque te aseguro que paso olímpicamente de tener que fingir de nuevo. Aunque, bien pensado… esto de vernos a escondidas en habitaciones… también tiene un punto excitante —admito, rozando su nariz con la mía.
Nos volvemos a besar. Esta vez de una manera mucho más pausada, saboreándonos, con una ternura infinita que me calienta el pecho.
La noche aún es larga, deliciosamente larga.
Vuelvo a besar la línea de su cuello, me muevo con agilidad sobre sus piernas para bajarme de su regazo y traerla conmigo hacia el borde del jacuzzi para que sea ella la que reciba mis caricias ahora.
Mis manos se mueven con posesión por sus muslos firmes, la atrapan por las nalgas debajo del agua y la atraen con fuerza hacia mí.
No puedo controlar mis dedos, tampoco la marea de mis deseos.
La penetro con una intensidad renovada, entrando y saliendo con movimientos largos, profundos y rítmicos que la hacen jadear.
Valeria termina corriéndose mientras grita mi nombre al viento, y yo ahogo mi propia respiración en su boca una vez más, devorándole los labios.