¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

AITANA

Debo admitir que no esperaba que la cena de esta noche fuese a ser tan sumamente mágica.

Escuchar a Carmen relatar, sin ningún tipo de filtro, todas esas anécdotas infantiles e inconfesables de Valeria me hizo sentir algo completamente extraño por dentro.

Yo, que siempre he sido una mujer hermética, fría y nada dada a las efusiones o las reuniones familiares, me encontré de pronto envuelta por una sensación cálida y acogedora.

Algo que, en algún momento de mi vida, busqué con desesperación y nunca logré encontrar.

Fue como recibir un pequeño regalo inesperado que encajó a la perfección en los engranajes de mi corazón, haciéndome formar parte de algo.

Algo mucho más grande, mucho más real y mucho más importante que los balances de resultados de toda la cadena hotelera.

La velada terminó pasadas las doce y media de la noche.

Valentina se marchó con Sofía entre miradas que prometían incendiar las cocinas, mientras que Clara y Marta desaparecieron del mapa a la velocidad de la luz, probablemente a cobrarse alguna apuesta nocturna.

Yo, por mi parte, tuve que contenerme y morderme la lengua ante Carmen en más de una ocasión.

Tener a Valeria tan cerca y tener que disimular que no nos conocemos íntimamente fue, sin lugar a dudas, el ejercicio de autocontrol más complejo de toda mi vida.

Aunque admito que tener la oportunidad de rozar sus dedos de forma clandestina bajo el mantel me salvó de cometer una locura de dimensiones épicas en público.

Una locura maravillosa que, precisamente, me ha arrastrado hasta aquí: la Suite Presidencial de Paraíso Azul.

Son poco más de las dos de la madrugada.

A través de los ventanales de la suite se divisa el reflejo de la luna sobre la playa y, aunque sé que aún queda algún que otro huésped rezagado apurando las últimas horas en el chiringuito, la mayor parte del complejo duerme.

Hace cosa de quince minutos, arriesgándome a que su madre la pillara in fraganti, le envié un mensaje breve, conciso y directo a Valeria.

No las tengo todas conmigo. No sé si vendrá o si será capaz de escapar de las garras y las preguntas de su madre, pero guardo la firme esperanza de poder disfrutar del resto de la madrugada a su lado.

Una de las mejores cosas de ser Directora del resort, es que no necesito pedir las llaves de cualquier dormitorio o apartamento —lo cual habría levantado sospechas innecesarias—; simplemente he utilizado la tarjeta maestra de seguridad que siempre llevo en el bolso para emergencias.

Y Dios sabe que esto es una emergencia de categoría cinco.

A mí, que jamás me ha gustado mentir, saltarme los protocolos o participar en esta clase de planes improvisados, la moralidad me importó exactamente un bledo.

La puerta se abre y al verla, el mundo exterior deja de existir.

Valeria entra de puntillas, unas sandalias cómodas en la mano y una sonrisa de pilla que le ilumina la cara.

Lleva un conjunto de dormir de satén negro que me corta la respiración al instante; los pantalones cortos apenas le cubren el nacimiento de los muslos y la camiseta de tirantes finos insinúa, con una desvergüenza deliciosa, el contorno firme de sus pechos sin sujetador.

Sus ojos, a pesar de la penumbra del dormitorio, brillan con ese mismo fuego puro y salvaje que me consumió por dentro la primera vez que nos besamos.

Un fuego que se me metió bajo la piel y que ya forma parte inevitable de mi propia existencia.

—¿Se puede saber en qué momento exacto nuestra estirada y correctísima directora aprendió a asaltar dormitorios para su propio placer personal?

—pregunta con ese desparpajo gaditano tan suyo, acercándose a mí felinamente hasta rodearme la cintura con los brazos—.

Te lo juro por la Virgen, Aitana. No te puedes hacer una idea de lo pesada e insoportable que se pone mi madre cuando le da por interrogarme.

No soy capaz de contener la risa limpia que se escapa de mis labios al escucharla. La acerco más a mi cuerpo, disfrutando de la tremenda diferencia de estatura y de la calidez que desprende.

—Tu madre es encantadora, Valeria —susurro a escasos milímetros de su boca, acariciando sus labios carnosos con los míos en un roce tortuoso—.

Y para responder a tu primera pregunta: ni yo misma sé en qué momento me he vuelto tan rebelde.

Solo sé que no podía permitir que esta noche terminara con una simple sonrisa. Tengo hambre de ti.

A través de las ventanas penetra la brisa de la noche, cargada con el aroma dulce de los jazmines del jardín y el salitre del mar, una fragancia embriagadora que se mezcla al instante con el perfume frutal de Valeria y el calor abrasador que empieza a emanar de nuestros cuerpos.

—Ah, ¿sí? Conque tenías hambre de mí… —Valeria, con ese tono pícaro, juguetón y andaluz, desliza las palmas de sus manos por mis brazos desnudos, subiendo lentamente hasta mis hombros y arañando con suavidad mi piel.

Sin responderle con palabras, la tomo con mucha más firmeza de la cintura, clavando mis dedos en sus caderas, y la atraigo con fuerza contra mí.

Nuestros pechos chocan con suavidad. Comienzo a devorarla a besos sin prisa pero sin pausa; le beso la frente, luego los párpados cerrados, bajando por el puente de la nariz hasta detenerme en la comisura de sus labios, arrancando un suspiro ahogado y caliente de su boca.

—Aitana… por Dios…

—Shh… Cállate y déjate llevar —susurro contra su oído, mordiéndole levemente el lóbulo.

Mis manos descienden hacia los tirantes finos de su camiseta negra.

Los deslizo por la curva de sus hombros con una lentitud exasperante, depositando un beso húmedo en cada tramo de piel canela que va quedando al descubierto.

Primero el hombro derecho, luego el izquierdo, recreándome en el proceso.

Mis labios se detienen en la delicada línea de su clavícula, descendiendo por esa vereda bendita que me conduce hacia su pecho.

La prenda de satén resbala por su cuerpo, cayendo al suelo de parquet , revelando su torso desnudo, sus pechos firmes y unos pezones, que reaccionan al instante a la temperatura de la suite.

—Eres la mujer más preciosa que he visto en toda mi vida… ¿Te lo había dicho ya? —murmuro con la voz ronca por el deseo.

Me inclino sin pensarlo dos veces para lamerlos con la punta de la lengua, rodeando la aureola con paciencia, soplando con suavidad sobre la humedad de mis caricias para hacerla temblar.

Valeria suelta un gemido bajito, agudo, arqueando la espalda hacia delante y hundiéndome los dedos en el pelo, buscando más contacto.

La giro con suavidad, con una delicadeza firme, hasta que ambas quedamos colocadas frente al enorme espejo de cuerpo entero que cubre las puertas del armario empotrado.

Detrás de ella, yo sigo completamente vestida con un camisón largo de seda semitransparente a través del cual se adivina mi silueta; frente a mis ojos, la imagen reflejada resulta de un erotismo poderoso, casi pecaminoso: la descarada y tersa juventud de Valeria expuesta contra mi madurez serena y sofisticada.

—Mírate en el espejo, Valeria —le ordeno con una voz suave pero cargada de autoridad, sujetándole la barbilla con dos dedos para obligarla a clavar la vista en nuestro reflejo—. Mira cómo te pones de rodillas en cuanto te toco. Mira cómo te deshaces entera por mí.

Bajo las manos hasta la goma de su pantalón corto y, arrastrando con él el tanga negro que apenas le cubre el cuerpo, deslizo las prendas hacia abajo.

Voy besando sus hombros, mordiendo con suavidad la línea de su nuca y recorriendo su espalda con trazos húmedos de mis labios.

Cuando se deshace de la ropa y queda totalmente desnuda ante el espejo, la abrazo desde atrás, pegando mi camisón a su piel.

Mis manos recorren su vientre plano, suben en un viaje posesivo hacia sus pechos para apretarlos con fuerza, haciéndola jadear.

Una de mis manos continúa descendiendo de forma inevitable, abriéndose paso entre sus muslos, separando sus labios íntimos e hinchados con dos dedos que se deslizan sin esfuerzo entre sus pliegues más profundos.

—Estás completamente empapada por mí… —susurro de forma perversa en su oído.

Valeria se estremece de arriba abajo, soltando un gemido ronco al ver perfectamente en el reflejo del espejo cómo mis dedos brillan, lubricados por su propia excitación.

La conduzco de esa manera, sin romper el contacto, hacia la inmensa cama.

Sigo acariciando su sexo, frotando la yema de mi pulgar contra su clítoris con un ritmo constante, hundiendo la punta de dos dedos en su interior para llevarla directo al borde del abismo.

Apoyo una de mis manos en su cuello para mantenerla sujeta, mientras la otra mano se abre paso en su interior, follándola con un ritmo pausado, tortuoso, salvaje, tan intenso como los jadeos que escapan de mi propia garganta o los gemidos que rompen el silencio reverencial del dormitorio.

—Túmbate… boca arriba. Ahora —le exijo, y aprovecho ese milisegundo para deshacerme de mi camisón con un movimiento rápido.

Cuando me coloco finalmente sobre ella, notando la fricción de nuestra piel desnuda, besándola hasta dejarnos sin aire, siento que algo encaja por fin dentro de mí. Algo que estalla y salta por los aires en mil pedazos.