¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

VALERIA

A las nueve menos diez de la noche en punto llego a la terraza privada del restaurante del resort y descubro que mi madre ya se ha adueñado de la mejor mesa.

Por supuesto que sí. Doña Carmen Ruiz considera que llegar tarde a los sitios es una falta de respeto; ella tiene que estar plantada en el lugar media hora antes para inspeccionar los alrededores.

—¡Mi niña! —exclama en cuanto me ve aparecer, levantándose como un torbellino y agarrándome la cara entre sus manos con fuerza, como si todavía tuviera cinco años y me fuera a limpiar un churrete de chocolate—. Pero qué guapísima te has puesto esta noche.

—Mamá, por Dios, suéltame que me vas a quitar el maquillaje y la dignidad antes de empezar —protesto suavemente, aunque le planto dos besos ruidosos.

—Date una vueltecita, anda.

—Que no me voy a dar ninguna vuelta, mamá, que esto no es la pasarela Cibeles.

—Valeria, haz el favor de darte una vuelta completa para que tu madre te vea bien.

Suspiro con resignación ante el poder de la matriarca y giro sobre mis talones con los brazos abiertos. Mi madre empieza a aplaudir con entusiasmo en mitad del restaurante, llamando la atención de una pareja de huéspedes de alto nivel que cenan cerca.

—Perfecta. Absolutamente perfecta. Ese color pomelo te sienta de maravilla, resalta el bronceado de tu piel.

—Por favor, te lo pido por lo que más quieras en este mundo: no montes ningún espectáculo folclórico esta noche —le suplico, uniendo las palmas de las manos en un gesto de ruego desesperado.

—¿Yo? ¿Un espectáculo? —pregunta ella, llevándose una mano al pecho con un dramatismo que ya quisieran en las telenovelas—. Hija, no sé de qué me estás hablando de verdad, sabes perfectamente que yo allí donde voy siempre me porto como una auténtica marquesa.

No tengo ni idea de en qué momento le ha dado a esta mujer por mentir con tanta soltura frente a los testigos.

Las primeras en hacer acto de presencia en la terraza son Clara y Marta.

Un par de minutos después aparece Sofía, impecable y clásica como siempre, con un vestido negro que grita alta costura, pero con el gesto de la cara completamente tenso y mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.

No tengo necesidad de preguntarle qué es lo que le ocurre ni qué clase de fantasma recorre sus cocinas porque, inmediatamente detrás de ella, hacen su entrada triunfal Aitana y Valentina.

Valentina lleva unos shorts claros de lino que dejan al descubierto unas piernas interminables, combinados con una blusa negra de seda sencilla y unas sandalias de cuña que realzan su figura.

Un tatuaje elegante de trazo fino le rodea el tobillo con una delicadeza absoluta.

Nada exagerado, pero sí lo suficientemente atractivo como para que Sofía fracase de forma estrepitosa en su intento de frenar sus emociones.

Toda mi atención, mis sentidos y mi capacidad pulmonar caen en picado sobre Aitana.

Lleva un vestido de punto en un tono azul oscuro que se ajusta a las curvas de su figura con sutileza ¡.

Su pelo suelto y castaño cae sobre sus hombros en unas ondas naturales, movidas por la brisa marina.

Durante un segundo entero olvido cómo se respira.

Ella me localiza entre el grupo al instante.

Sus ojos verdes y profundos se posan sobre mí y una sonrisa pequeñita, casi secreta y cargada de un magnetismo peligroso, aparece en la comisura de sus labios.

Es una de esas sonrisas que casi nadie nota, pero que yo percibo como una descarga eléctrica.

Su mirada se desliza con lentitud por todo mi cuerpo, desde el escote hasta los pies, y aunque parezca una locura de mi mente calenturienta, noto perfectamente que son sus manos las que me están arrancando la ropa a tirones en mitad de la terraza.

Mi corazón hace algo extraño, algo muy parecido a derretirse como el chocolate cuando lo dejas al sol de la playa.

—Buenas noches a todas —dice Aitana en cuanto llega a nuestra altura, con esa voz aterciopelada—. Sentimos muchísimo haber llegado unos minutos tarde, pero es que Valentina… en fin, no terminaba de decidir qué ponerse para la ocasión.

—Y yo que creía que tú eras la más coqueta de las dos, Aitana —le suelto antes de que mi cerebro pueda filtrar las palabras.

No sé por qué mi voz adquiere de golpe ese tono provocativo, íntimo y descarado, pero Aitana lo nota de inmediato y su mirada se oscurece un grado, clavándose en mis labios.

Ojalá no tuviésemos que pasar la noche entera aguantando a mi madre.

Ojalá pudiéramos regresar a la arena de esa cala solitaria.

—Si quieres podemos comprobar luego quién tarda más en desvestirse… —insinúa Aitana en un susurro imperceptible.

—¡Aitana! —exclama mi madre, cortando nuestra incipiente conversación de alto voltaje y apareciendo de la nada como un misil tierra-aire guiado por el destino.

—Que Dios nos asista en el día de hoy… —gimo para mis adentros, entornando los ojos.

Demasiado tarde para la retirada. Mi madre ya está estrechando la mano de Aitana con un entusiasmo que roza la luxación de muñeca.

—Qué alegría tan grande verla otra vez, de verdad. Me alegra muchísimo que haya podido sacar un hueco en su agenda para venir a cenar con nosotras.

Aitana, para mi infinita sorpresa y desconcierto absoluto, le sonríe con una calidez humana que rara vez muestra a los demás.

—La alegría es completamente mía, Carmen. Muchísimas gracias a usted por la invitación tan amable.

Traidora, qué bien se le da el papel de niña buena cuando quiere.

—¿Lo veis? —dice mi madre dirigiéndose al resto del grupo, señalando a Aitana con el dedo como si fuera un trofeo de caza—. Qué mujer tan educada, tan cabal y tan encantadora. Esto sí que es una señora con todas las letras.

—Mamá, por lo que más quieras, para ya —suplico con un hilo de voz.

—¿Qué pasa, Valeria? Si solo estoy diciendo la pura verdad.

La cena comienza rápido y las cosas empiezan a complicarse a la velocidad de la luz.

Mi madre se ha sentado de forma estratégica en la cabecera de la mesa, como una reina del medievo presidiendo el banquete de sus vasallos.

Aitana se ha colocado justo a mi lado izquierdo, tan cerca que puedo oler su perfume.

Valentina se ha sentado junto a Sofía, desatando una guerra de roces de copas.

Clara y Marta están enfrente, mirándome con ojos de guasa. Estoy completamente rodeada.

—Bueno —dice mi madre en cuanto el camarero termina de servir el primer plato de alta cocina—. Ya que estamos todas aquí reunidas y en familia…

No. Por favor, San Antonio bendito, que no lo haga.

—…He traído algo para amenizar la velada y conocernos un poquito mejor todas.

Cierro los ojos con fuerza, presintiendo la tragedia.

—Mamá ¡, dime que no es lo que yo creo.

Saca el teléfono móvil del bolso con una sonrisa de triunfo total.

—La primera fotografía oficial de mi pequeña Valeria en sus primeras vacaciones de verano fuera de Cádiz —anuncia con un orgullo que se escucha en todo el hotel.

En la pantalla digital aparece una imagen mía con siete años, disfrazada de pirata, redonda como un tocino de cielo, sin los dos dientes paletos de delante y con un parche rosa fucsia en el ojo derecho. La mesa entera del restaurante estalla en unas carcajadas que se oyen hasta en Altea.

—¡Pero qué mona por favor, si dan ganas de comérsela! —exclama Marta, tapándose la boca.

—Qué va, si parece un mapache enfadado en mitad de un abordaje —añade Clara, partiéndose de risa y dándole golpes al mantel de lino.

—Os voy a crujir vivas a todas mañana, os lo juro —murmuro, escondiendo la cara entre las manos con una vergüenza que me muero.

—Espera, espera, que mira esta otra que tengo aquí guardada —insiste mi madre, deslizando el dedo por la pantalla con malicia maternal.

Otra foto de archivo. Yo con doce años recién cumplidos, un aparato de ortodoncia plateado que parecía una barandilla, un flequillo rebelde cortado a tirones y una expresión facial de psicópata homicida.

—Esta es muchísimo mejor, Carmen —declara Sofía desde el otro extremo de la mesa, secándose las lágrimas de la risa con la servilleta—. Esto ya no es una foto, esto es arte puro contemporáneo.

Aitana intenta por todos los medios mantener su típica fachada, pero fracasa con estrépito.

Y cuando escucho su risa limpia, esa carcajada sincera y sonora a mi lado, me resulta imposible seguir enfadada con el mundo.

Es un sonido precioso, luminoso, que contrasta radicalmente con esa faceta rígida de directora que todos conocen en el día a día.

Se la ve más viva, más ligera, despojada de tanta responsabilidad.

La miro de reojo. Ella se gira hacia mí, me sostiene la mirada y durante un segundo eterno parece olvidarse de que estamos rodeadas de gente.

—Debo reconocer que esa expresión de pocos amigos me resulta sumamente familiar, Valeria —comenta Aitana con un tono burlón y bajo, mirándome los labios antes de fijar sus ojos en los míos—. Es exactamente la misma cara que pones cuando algún niño juguetón se te cruza por delante con un flotador.

—Ya sabes perfectamente lo que pasa si tropiezo, jefa —le recuerdo en voz baja, rozando mi hombro con el suyo mientras sonrío.

Clara carraspea de una manera exagerada desde el otro lado de la mesa, rompiendo la magia.

—¿Qué os parece si pedimos algo de comer? —pregunta con esa sorna dibujada en sus labios—. Tengo el presentimiento de que hay mucha hambre por aquí.

Tierra, trágame y escúpeme en las Maldivas, por favor.

Los minutos pasan, el segundo plato llega a la mesa y con él, las historias inevitables del pasado. Mi madre hace un crucero por todas las anécdotas vergonzosas que ha ido coleccionando de mi infancia, hasta que llega al plato fuerte de la noche:

—Valeria siempre ha tenido un gusto espantoso para elegir a sus parejas, las cosas como son —suelta mi madre sin ningún tipo de filtro ni anestesia.

—¡Mamá, por lo que más quieras en la vida, cállate ya! —exclamo, deseando que el suelo se abra bajo mis pies.

—Si es la verdad, hija, no te me enfurruñes. ¿Le has contado al resto lo de la última chica que trajiste a casa?

Yo apoyo la frente directamente sobre el borde de la mesa, completamente derrotada, agotada y sin fuerzas para seguir luchando contra mi destino.

—No puedo creer que esto me esté pasando a mí en pleno año 2026.

Mientras tanto, Aitana está disfrutando de la velada como una niña en una tienda de caramelos. Sus ojos brillan con una diversión desbordante y esa sonrisa perfecta aparece en sus labios cada pocos minutos. Incluso se permite el lujo de entrar al trapo de la conversación con total naturalidad.

—Debo admitir —dice con una calma pasmosa, utilizando el cuchillo para cortar un trozo de su pescado— que gracias a sus explicaciones tan detalladas, Carmen, comprendo muchísimo mejor de dónde saca su hija ese afán tan peculiar por los tropiezos y las situaciones caóticas.

—Si ya lo dije yo desde el primer día que la parí, Aitana: esta niña nació con dos pies izquierdos y la cabeza en las nubes —remata mi madre.

Me incorporo del tirón y apunto a Aitana con el dedo índice, entornando los ojos.

—Tú tampoco estás ayudando a calmar las aguas, ¿sabes?

La mesa vuelve a estallar en risas conjuntas.

Y en mitad de mi fingida indignación, descubro que me encanta verla así.

Relajada. Cómoda. Feliz. Como si hubiera dejado la armadura pesada en la puerta del restaurante.

Como si durante unas pocas horas pudiera permitirse el lujo de ser simplemente Aitana, la mujer que me quita el sueño, y no la ejecutiva rígida que carga con el peso del mundo sobre los hombros.

La noche avanza entre copas de vino que corren con una generosidad peligrosa. Las conversaciones se van cruzando en el ambiente y la mesa se termina dividiendo poco a poco en pequeños grupos informales.

Sofía y Valentina hablan de alta cocina con las cabezas muy juntas, aunque más bien están flirteando sin ningún tipo de disimulo.

—¿Es verdad eso que dicen de que el restaurante sirve un tiramisú de limón y lima en la temporada de verano? —pregunta Valentina, inclinándose ligeramente hacia ella de modo que sus hombros se rozan.

—Así es, y le aseguro que es un postre altamente adictivo para el paladar —responde Sofía con una sonrisa abierta que rara vez le veo lucir entre los fogones de su cocina.

—Entonces me temo que voy a tener que bajar a las cocinas a probarlo de primera mano. Muy pronto —insinúa Valentina con una mirada que promete de todo menos comerse un tiramisú.

Clara y Marta, por su parte, están demasiado ocupadas haciendo apuestas en voz baja desde el otro lado del mantel.

—Diez euros a que antes de que traigan los postres ya se han metido mano por debajo del mantel —susurra Clara, colocándose la mano al lado de los labios para que el sonido no viaje hacia la cabecera.

—Trato hecho, diez euros —responde Marta con una sonrisa de tiburón—. Pero yo digo que pasa mucho antes, en cuanto vengan a recoger los platos.

En medio de todo ese ruido de risas, copas y confidencias cruzadas, noto de golpe algo sumamente suave y cálido rozándome la piel de la rodilla por debajo de la mesa.

Me quedo completamente inmóvil, con el tenedor suspendido en el aire, hasta que descubro que son los dedos largos y finos de Aitana los que, poco a poco y con una lentitud de infarto, buscan el camino de los míos hasta encontrarlos y envolver mi mano derecha con firmeza.

Nadie a nuestro alrededor parece darse cuenta del desacato a la autoridad que está ocurriendo en mitad de la mesa; el mundo sigue girando a nuestro alrededor, y Aitana aprieta ligeramente mis dedos entre los suyos, transmitiéndome una seguridad que me desarma.

Levanto la vista del plato para mirarla y, por un instante que se me antoja eterno, todo lo demás desaparece de mi radar: el restaurante, las risas insoportables de Clara, la música de fondo, el verano mediterráneo entero.

Solo quedan sus ojos clavados en los míos y la forma tan intensa en que me está mirando, como si estuviera intentando memorizar cada milímetro de mi rostro para siempre en su memoria.

Como si yo me hubiera convertido, sin pretenderlo, en lo único verdaderamente importante de toda su noche.

Mi pecho se aprieta con una fuerza tremenda que casi me impide respirar, Aitana me dedica una sonrisa pequeña y cargada de una ternura infinita, y yo siento dentro de mí que lo que empezó como un simple y llano tropezón, se ha transformado de golpe en un viaje directo hacia otra dimensión.