CAPÍTULO 35
VALERIA
Hay tres tipos de catástrofes en este mundo cruel: las que puedes prever gracias a los mapas del tiempo, las que te caen encima como una granizada en agosto y las que organiza mi santa madre con toda la ilusión de su corazón.
La tercera categoría es, sin ningún tipo de duda, la más letal para la salud mental de una servidora.
—¿Te vas a cambiar otra vez? —pregunta Clara desde mi cama, con la boca complemente llena.
La observo de reojo a través del espejo del tocador.
Está tumbada a la bartola, bocarriba, con las piernas colgando por un lateral del colchón y devorando una bolsa gigante de patatas fritas sabor jamón como si estuviera en el sofá de su casa viendo un maratón de su serie favorita en Netflix.
Lleva puesta una camiseta vieja del resort y unos shorts desgastados.
Yo, en cambio, entro y salgo del cuarto de baño por enésima vez en lo que va de tarde, al borde de un ataque de ansiedad.
—Es que este vestido… —protesto, girándome hacia la izquierda y hacia la derecha para evaluar el tejido—. Mira qué caída tiene esto. Parezco una mesa camilla.
—Qué va, no exageres —responde Clara con una pereza monumental, metiéndose otra tanda de patatas en la boca.
—¿Y este otro de flores? ¿Qué me dices de este?
—Pues que te hace parecer exactamente la misma lámpara, pero de las que se compran en las tiendas pijas —sentencia con sorna.
Suelto un gemido largo y dramático. Clara estalla en una carcajada tan limpia que se termina atragantando con una brizna de patata, tosiendo y dándose golpes en el pecho.
Mientras tanto, Marta, que está sentada de lo más fina en el sofá con las piernas cruzadas y las uñas recién hechas, levanta la vista de la revista de tendencias que hojea.
—Valeria, respira hondo… —me pide Marta, utilizando una de sus manos para marcar el ritmo de mis inspiraciones en el aire—. Inhala, exhala… Vamos, hazlo conmigo.
—No puedo tranquilizarme, Marta, es físicamente imposible.
Tengo el estómago haciendo el "corral de la Pacheca" —le espeto, plantándome en mitad de la habitación con los brazos abiertos en cruz—.
¿Alguien en esta habitación tiene un manual de instrucciones para disimular que no me une nada a mi jefa…
? —Bajo la voz hasta convertirla en un susurro cargado de pánico y hormonas—.
Porque ahora mismo, en lo único que pienso es en comerme a Aitana con patatas y ropa incluida.
—¿Comértela? —repite Clara, incorporándose sobre los codos en la cama con una ceja arqueada y una sonrisa de lo más pícara—. Vaya manera tan sumamente fina y elegante de decir que, si por ti fuera, tendrías a la jefa desnuda en tu cama las veinticuatro horas del día.
—¡Clara, por los clavos de Cristo! —le advierto, sintiendo calor en las orejas.
—¿Qué? —responde ella elevando los hombros con total impunidad—. ¿Acaso he dicho alguna mentira que no hayamos comentado ya?
—No empieces a calentar el ambiente, que ya voy bastante servida.
—Solo digo lo que es un hecho, Valeria: que esa mujer te tiene loca perdía.
Además, que desde que os disteis el primer beso, andas por el resort que pareces una idiota de quince años en su primera feria de abril.
Es que hasta te he escuchado canturrear tonadillas de amor por los pasillos de administración.
Marta asiente con la cabeza de forma pausada, dándole la razón sin levantar los ojos de las páginas satinadas de la revista.
—Yo no canto por los pasillos, mentirosas —protesto, cruzándome de brazos.
—Ayer mismo estabas tarareando a pleno pulmón —señala Clara con el dedo índice—. Y era una balada romántica bastante obvia, de las de llorar en el coche.
—Eso no cuenta. Es la canción que está de moda en TikTok, no tiene nada que ver con mi situación sentimental —me defiendo, aunque sé que tengo todas las de perder.
Las dos se miran con una complicidad que me dan ganas de tirarles un cojín a la cabeza.
Cierro los ojos con fuerza y me paso las manos por la cara, resoplando.
Virgen de la Macarena, necesito urgentemente un billete de avión sin escala para irme a la China.
O fingir una abducción alienígena en mitad de la playa.
—Tu verdadero problema esta noche no es la cena con tu madre, Valeria —suelta Marta con esa voz aterciopelada que usa con los clientes del Spa.
—Ah, ¿no? —pregunto, plantándole cara con las manos en las caderas—. ¿Y cuál es mi gran dilema existencial según la gurú del complejo?
—No, no te enfades —Marta sonríe con una suavidad infinita, dejando la revista a un lado sobre la mesa supletoria—. Tu único y verdadero problema es que te gusta tanto Aitana, te importa tanto lo que esa mujer piense de ti, que te da miedo que esta cena sea un desastre y salga huyendo de aquí.
Mi estómago da una voltereta lenta, traicionera y dolorosa en mitad de las entrañas. Es lo que pasa cuando alguien se atreve a poner en voz alta y con palabras claras lo que llevas días intentando enterrar bajo siete llaves de negación absoluta.
—No digas más tonterías. Tú lo que tienes es exceso de incienso en el cuerpo.
—Si tú lo dices, cariño… nosotras nos callamos —responde Marta con un guiño.
Clara rompe a reír con ganas, echando la cabeza hacia atrás sobre mis almohadas y haciendo que la bolsa de patatas cruja.
—Déjala, Marta, si es que está totalmente pillada de Aitana. Se le nota en el brillo de los ojos.
—¡Que no estoy pillada de nadie, leñe! —exclamo, aunque noto perfectamente cómo las mejillas me arden tanto que podría freír un huevo en ellas.
—Sí, claro, y a mí no me gusta el surf ni meterme en el agua con la tabla —añade Clara con una sorna que me saca de mis casillas.
—¡Clara, que te arreo!
—¿Qué? Es la verdad pura y dura, asúmelo.
—Te juro por mi abuela que voy a tirarte por esa ventana ahora mismo —la amenazo, abalanzándome sobre la cama para agarrarla por los hombros y zarandearla bien.
—Estamos en una habitación de la planta baja, cariño. Como mucho me rasparía un poco las rodillas contra el césped del jardín —se burla en mi cara, esquivando mis manos.
—Pues entonces te arrastraré por la arena de la playa hasta que pidas clemencia.
Las dos vuelven a reír a carcajadas en mitad de la habitación y, aunque intento por todos los medios mantener mi postura de indignación, termino riéndome con ellas.
Porque tienen razón en algo, me siento tan feliz que he olvidado cuando fue la última vez que me sentí tan nerviosa, tan ilusionada, tan asustada y, sobre todo, tan sumamente viva.