¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

AITANA

Una hora más tarde, tras hacer un esfuerzo titánico, hemos conseguido comportarnos como las dos adultas profesionales que somos.

Nos hemos puesto a revisar los nuevos protocolos y varios informes internos relacionados con la próxima auditoría gastronómica del restaurante, aunque Valentina parece empeñada en desviar constantemente la conversación hacia terrenos laborales mucho más peligrosos e informales.

—Sofía ha intentado asesinarme tres veces esta misma semana con la mirada en mitad del servicio de cenas —comenta de pronto, como quien habla del pronóstico del tiempo.

—¿Solo tres veces, Valentina? —respondo en tono de burla, anotando una corrección en el documento sin levantar la vista de la pantalla—. Tu antena se está derritiendo con la edad, de verdad te lo digo.

—Bueno, han sido cuatro si contamos la mirada fulminante de esta mañana, cuando se me ha ocurrido sugerirle un pequeño cambio organizativo en el menú de maridaje. Casi me clava el cuchillo de filetear el salmón.

No puedo evitar soltar una risa floja ante la imagen mental.

—Te estás ganando a pulso que ella te prohíba la entrada al restaurante y te deje sin cenar durante toda tu estancia.

—¿A mí? ¿Por el mero hecho de exigir los más altos estándares de calidad que marca la central? —pregunta Valentina con una inocencia falsa, llevándose un mechón de pelo tras la oreja con coquetería.

—No, querida. Por el hecho evidente de que disfrutas como una niña pequeña provocándola para ver cómo pierde los papeles —le aclaro, apuntándola con el bolígrafo.

—Es que no lo puedo evitar. Cada vez que veo cómo se le forman esas dos arrugas tan sumamente sexis en mitad de la frente, siento una necesidad imperiosa de…

La detallada explicación de Valentina se ve interrumpida de golpe por el sonido agudo y la vibración de mi teléfono móvil sobre la superficie de madera del escritorio.

Lo tomo de manera automática y, en cuanto el nombre de Valeria parpadea en la pantalla táctil, noto perfectamente cómo mi corazón da un salto ridículo, absurdo y totalmente descontrolado en mitad del pecho.

Abro el servicio de mensajería instantánea y comienzo a leer la pantalla mientras Valentina me observa con un nivel de atención digno de estudio clínico.

Valeria : Mi madre se ha vuelto completamente loca….

Una sonrisa involuntaria amenaza con aparecer en mis labios. Sigo deslizando el dedo por la pantalla.

Valeria : Siento muchísimo si os ha incomodado su pequeño show en el ascensor…

La sonrisa en mi rostro crece un poco más, rompiendo mis defensas.

Valeria : Me disculpo por cualquier cosa inapropiada que haya dicho o insinuado…

Navegando en plena derrota contra mi propia expresión facial y consciente de que Valentina me está analizando la cara, decido tomar la botella de agua que tengo al lado y darle un sorbo generoso para intentar ocultar la evidencia de mi absoluta debilidad por Valeria.

Valeria : A cambio del sofocón, ¿qué os parece venir a cenar esta noche?

Parpadeo un par de veces, completamente descolocada por la propuesta. Vuelvo a leer la frase en la pantalla. Y otra vez más.

Valeria : Díselo a Valentina también, que mi madre insiste en que venga…

El trago de agua que tengo en la boca de golpe y comienzo a toser de manera violenta, poniéndome roja como un pimiento y golpeándome el pecho con la mano.

—¿Pero qué demonios te pasa ahora, Aitana? —Valentina se incorpora del borde de la mesa del tirón, alarmada por mi repentino ataque de asfixia.

Yo continúo tosiendo, intentando por todos los medios recuperar el aliento, tapando la pantalla del móvil con la palma de la mano. Sin embargo, me arrebata el teléfono del y comienza a leer los mensajes.

—Valentina… —intento protestar con la voz carrasposa.

Conforme los ojos de mi amiga avanzan, una sonrisa lenta, ladina y sumamente peligrosa se va dibujando en su rostro.

—Vaya, vaya, vaya… Pero qué interesante se está poniendo el verano —murmura para sí misma, saboreando cada palabra del texto.

—Devuélveme el maldito teléfono ahora mismo si aprecias en algo tu carrera profesional, Valentina.

—Muy pero que muy interesante...

—Valentina…

—¿Una cena familiar en toda regla? —pregunta con auténtico deleite, clavando sus ojos grises en los míos—. Con la madre controlando la situación, las amigas… y contigo presidiendo la mesa en calidad de algo más… —añade, relamiéndose metafóricamente ante el drama cómico que se avecina.

Abro los ojos con exasperación total y la miro con cara de pocos amigos.

—Eres absolutamente insoportable, ¿te lo había dicho alguna vez?

—¡Y tú eres una traidora que me ha estado engañando vilmente durante todo este tiempo! —me acusa, señalándome con el móvil antes de devolvérmelo.

—¿¡Perdona!? ¿Que yo te he engañado a ti en qué, si puede saberse?

—Me dijiste que te gustaba mucho, ¡y ese mensaje que acabo de leer grita algo mucho más importante, querida! Te está invitando formalmente a conocer a su madre. Eso son palabras mayores en cualquier idioma.

—No exageres las cosas, Valentina, por favor. Es simplemente una cena para compensar lo del ascensor de esta mañana, nada más —intento justificarme, recuperando el tono de voz firme.

—Estoy siendo extremadamente prudente con mi diagnóstico, Aitana, no me jodas.

Me dejo caer con fuerza contra el respaldo de mi sillón y me paso las dos manos por el pelo con desesperación, rompiendo la impecable simetría de mi peinado.

—No es lo que parece. Valeria se siente culpable por el comportamiento de su madre y…

—Es exactamente lo que parece y lo sabes de sobra.

Estás saliendo con Valeria, has follado con ella y no solo te gusta —insiste Valentina, cruzándose de brazos y observándome con esa expresión insufrible de superioridad de quien tiene todas las de ganar en la discusión—.

Así que bien. El tribunal ha dictaminado sentencia.

—¿Qué sentencia? ¿De qué hablas?

—Que precisamente por haberme ocultado tus sentimientos hacia la andaluza… vamos a ir de cabeza a esa cena esta misma noche. Las dos.

La miro completamente horrorizada, sintiendo cómo el pánico escénico se apodera de mis entrañas directivas.

—No. Ni hablar. Descártalo, Valentina. No pienso ir.

—Por supuesto que vas a ir, no seas cobarde —responde con una determinación inamovible.

—No pienso exponerme de forma voluntaria a una cena privada con una mujer que no sabe que yo soy la mujer con carácter que pone firme a su hija en la cama y en la vida. Sería un suicidio.

—Precisamente por ese maravilloso detalle es por lo que pienso ir yo en calidad de testigo —confiesa Valentina sin el menor rastro de vergüenza en la cara—. Además, para qué nos vamos a engañar… mi principal motivación para asistir a esa cena no eres tú precisamente, querida Directora.

Me quedo mirándola fijamente, captando el subtexto mientras una sonrisa de suficiencia empieza a dibujarse ahora en mi propio rostro.

—Aún sigo sin entender de verdad por qué tienes que buscar excusas tan enrevesadas para ver a Sofía fuera de las cocinas del complejo. Si ella te gusta, haz el favor de decírselo de frente y deja de hacer la idiota por los pasillos del hotel.

Valentina desvía la mirada de inmediato hacia el techo, intentando recuperar su compostura.

—No tengo ni la menor idea de lo que me estás hablando.

—Claro que lo sabes, no me vengas con evasivas a estas alturas —insisto, disfrutando enormemente de poder devolverle la pelota de la provocación—.

Sofía es una profesional excelente, con un talento brutal y, sobre todo, una mujer con un carácter indomable, fiero y orgulloso que te encantaría moldear a base de mordiscos en mitad de la noche, y…

—Y con un cuerpo espectacular que me roba la respiración cada vez que se quita la chaquetilla, lo admito —continúa ella de golpe, interrumpiéndome con total honestidad.

—Valentina… —murmuro, riéndome.

Mi amiga suelta un suspiro dramático y finalmente claudica ante la evidencia, levantando las manos en señal de rendición absoluta.

—Vale, de acuerdo, lo confieso. Es guapísima, tiene un genio de mil demonios que me pone muchísimo y me tiene loca desde el primer día que pisé este resort. ¿Satisfecha, Directora?

Las dos estallamos en una carcajada sincera, ligera y llena de complicidad, de esas que consiguen aliviar de golpe todas las tensiones acumuladas por la responsabilidad de nuestros cargos en la cadena.

Cuando consigo recuperar el aliento y la compostura ejecutiva, sujeto el teléfono móvil entre mis dedos y vuelvo a leer los mensajes de Valeria una última vez.

La realidad es que quiero ir a esa cena. Quiero ir con todas mis fuerzas. Quiero ver a Valeria en un ambiente tan familiar y conocer más a la mujer que hizo posible que a día de hoy sea la mujer más feliz del mundo.

—Supongo que no pasa nada por disfrutar de una cena fuera del horario laboral —declaro, intentando sonar formal aunque la sonrisa me delata.

—Por supuesto que no. Seguro que lo pasamos bien.

Sonríe ella con malicia. Yo también lo hago, con el corazón latiéndome a un ritmo acelerado.

Y mientras mis dedos comienzan a teclear la respuesta para Valeria, tengo el presentimiento de que lo que suceda va a cambiar el rumbo de nuestras vidas para siempre.

Porque si algo he aprendido desde que esa gaditana descarada se cruzó en mi camino, es que cuando Valeria está cerca, lo imprevisible, lo divertido y lo maravilloso siempre acaban encontrándome.