¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

AITANA

Todavía estoy procesando lo que acaba de suceder en el ascensor.

Las puertas de acero inoxidable se cerraron hace ya más de veinte minutos, pero la imagen de Carmen hablando de las intimidades de su hija con tanta soltura y naturalidad se reproducen en mi cabeza en bucle, como una película de comedia que alguien ha decidido dejar encendida para torturarme.

A mi lado, Valentina suelta una risita ahogada. Y ya van unas cuantas desde que pisamos la planta de administración.

—No tiene la más mínima gracia, Valentina, te lo digo en serio —protesto, cruzándome de brazos y clavándole una mirada que dejaría congelado al mismísimo sol de agosto.

—Claro que la tiene, Aitana, no seas tan estirada —responde mi amiga, incapaz de contener la carcajada mientras se apoya de lado contra la pared de madera del pasillo para no perder el equilibrio—.

Por favor, si es que tendrías que haber visto tu cara cuando esa buena mujer ha soltado, sin anestesia ni nada, que Valeria necesita a una mujer con carácter que la ponga firme.

¡Es que casi te da un síncope allí mismo, entre la planta tres y la cuatro!

Yo me aprieto el puente de la nariz con los dedos, cerrando los ojos con fuerza e intentando por todos los medios recuperar esa compostura que se supone que debo mantener las veinticuatro horas del día en este resort.

Siento cómo un calor abrasador, indigno de mi habitual autocontrol, me trepa por el cuello de la blusa de seda y me enciende las mejillas.

—Voy a llamar a la central y a pedirles que te manden a Bali lo antes posible. Te lo juro —amenazo con voz grave, reanudando el paso hacia mi despacho oficial.

—No puedes hacerlo, cariño, y lo sabes perfectamente —contesta ella a mis espaldas, siguiéndome el ritmo con esa seguridad aplastante que tanto me irrita y me divierte a partes iguales.

—Encontraré la manera, ya lo verás.

—Que no puedes, Aitana. Técnicamente, mi trabajo está fuera de tu cadena de mando—me recuerda con una sonrisa de absoluta suficiencia, plantándose delante de mí justo cuando llego a la puerta de mi oficina.

—Puedo intentarlo —insisto, sosteniéndole la mirada con determinación mientras abro el despacho—.

Solo tengo que redactar un informe detallado a la central contando ciertas cosas de lo más interesantes sobre cómo cierta inspectora de calidad, se pone a temblar como un flan y pierde los papeles cada vez que cierta Chef aparece por su radar de focalización.

Valentina se queda muda de golpe, con los ojos abiertos de par en par.

—No serías capaz de semejante bajeza, Aitana —me señala con el dedo índice, la indignación pintada en el rostro.

—Yo soy capaz de eso y de muchísimo más con tal de salvar mi reputación, querida —le respondo, regalándole una sonrisa de triunfo antes de entrar en mi santuario profesional.

Una vez dentro del despacho. Caminamos hacia la zona del gran ventanal.

Desde esta altura, el sonido lejano de las zonas de piscina y el murmullo de los huéspedes nos llega amortiguado a través de los cristales insonorizados.

Fuera, el verano sigue brillando con una intensidad casi obscena, con el sol reflejándose en el mar y tiñendo las hamacas de un dorado cegador.

Dentro de mí, reina un caos de lo más inusual.

—Estás sonriendo otra vez —señala Valentina de pronto, observándome con los brazos cruzados y una ceja levantada desde el otro lado del escritorio.

La voz de mi amiga me devuelve bruscamente a la realidad de mis funciones. Borro cualquier rastro de expresión blanda y recupero mi máscara profesional de hielo.

—No estaba sonriendo. Estaba repasando mentalmente los ratios de ocupación de esta semana.

—Sí lo estabas haciendo, Aitana. Te ha salido esa sonrisa tonta que pones últimamente.

—No —repito, terca como una mula, sentándome en mi sillón de piel.

—Por favor, si pareces una adolescente enamorada.

—Voy a ignorarte a partir de este preciso instante. Tengo cosas que requieren mi atención —murmuro, encendiendo la pantalla del ordenador.

—Eso que acabas de hacer también es una reacción muy de adolescente —responde ella, dejándose caer con absoluta parsimonia en uno de los sillones para las visitas, cruzando las piernas con elegancia.

Intento concentrarme de verdad en las hojas de cálculo que parpadean en la pantalla, pero Valentina sigue ahí, toqueteando de forma distraída un pisapapeles de cristal de Murano que tengo sobre la mesa y divirtiéndose descaradamente a mi costa.

—Su madre es una auténtica maravilla de mujer, las cosas como son —comenta con un suspiro divertido.

—Es agotadora, Valentina. Absolutamente agotadora —replico, pasando una página del informe de contabilidad con más fuerza de la estrictamente necesaria—. Ha hablado durante diez minutos seguidos en el ascensor sin hacer una sola pausa para respirar. ¿O es que has pasado por alto ese detalle?

—Claro que no. Pero me ha parecido adorable la pasión tan tremenda con la que defiende a su hija ante dos completas desconocidas. Me ha recordado muchísimo a mi tía Luisa, la que organiza las comidas familiares de los domingos y te obliga a repetir plato tres veces.

Apoyo los codos en el escritorio y suspiro con ganas, rindiéndome por el momento ante la imposibilidad de concentrarme.

—Sigo sin entender cómo una mujer tan sumamente caótica, ruidosa y torrencial ha sido capaz de criar a alguien como Valeria.

—¿Te refieres a la misma Valeria desastrosa que yo conozco? —pregunta Valentina, inclinándose hacia delante con un brillo de pura intriga en los ojos.

—Sí. Justamente a ella. Porque bajo todo ese desastre, ese desparpajo y la locura que lleva siempre encima, Valeria es una profesional intachable —le explico, moviendo el ratón del ordenador con energía—.

Es muy resolutiva, y más quisieran en la central tener a alguien con esa capacidad en su equipo.

La mayoría de la gente o los clientes ven a Valeria y solo se quedan con la superficie: con la sonrisa fácil, con las bromas constantes, con la espontaneidad andaluza y esa energía desbordante que parece no agotarse nunca ni a cuarenta grados a la sombra.

Pero yo he tenido el privilegio de ver a la profesional que hay detrás, a la mujer que se entrega minuto a minuto al resort, a la que conoce este complejo mejor que nadie y a la persona que siempre encuentra una alternativa brillante.

Valentina apoya la barbilla en la palma de la mano, observándome con una fijeza que me pone sobre aviso.

—Valeria ha sacado ese desparpajo tan salvaje que te vuelve loca, de su madre. Lo lleva en los genes.

Una pequeña sonrisa aparece en mis labios antes de que pueda poner en marcha mis mecanismos de defensa. Porque sí, es verdad. Hay un hilo invisible, una chispa idéntica de vitalidad que une a Carmen con su hija.

De pronto, me descubro a mí misma pensando en cómo habría sido crecer en un entorno familiar así, en una casa del sur rodeada de abrazos espontáneos, de besos ruidosos en la mejilla, de discusiones en la cocina y de un amor maternal que se expresa sin ningún tipo de filtro ni protocolo social.

El pensamiento aparece como un dardo directo al pasado, y mi sonrisa se desvanece lentamente de la cara.

—¿Qué pasa? —pregunta Valentina, detectando el cambio drástico en mi lenguaje corporal con esa agudeza que la caracteriza—. Te has quedado seria de golpe.

Bajo la vista de inmediato hacia las cifras de los informes de restauración, fingiendo una concentración absoluta que ya no existe.

—Nada. Solo estaba ordenando algunas ideas.

Se hace un breve silencio en el despacho, un silencio cómodo, de esos que solo se pueden permitir dos personas que llevan compartiendo secretos desde hace muchísimos años.

—¿Te has acordado de tu madre, verdad? —pregunta Valentina—. Ella no era precisamente como Carmen, desde luego.

Yo apoyo la espalda contra el respaldo de mi sillón y desvío la mirada hacia el gran ventanal, donde el mar centellea a lo lejos como un manto de diamantes.

—No —admito en un suspiro bajo—. Mi madre jamás habría sido capaz de comportarse como Carmen. En mi casa siempre tuve absolutamente todo lo necesario, Valentina… pero el amor, bueno, era demasiado frío.

—Ella te quiere a su manera, Aitana. Los aristócratas expresan el afecto de otra forma —añade Valentina con tono de comprensión.

—Lo sé. Pero no es una mujer cariñosa. Jamás en la vida se le ocurriría hablar de mí de esa forma tan pasional con dos desconocidas en mitad de un ascensor. Es más, ni siquiera mencionaría que tiene una hija.

Valentina se levanta del sillón, rodea mi mesa de escritorio y se sienta directamente en el borde del mueble, muy cerca de mí, cruzándose de brazos con una sonrisa pícara.

—Bueno… —empieza a decir, mirándome desde arriba—. Míralo por el lado positivo, Directora. Imagina por un momento cómo te habrías sentido si la situación en el ascensor hubiera sido al revés. Si hubiera sido tu madre la que le monta el espectáculo a Valeria.

—Me habría subido de inmediato en el primer avión con destino a las Bermudas, con un billete de solo ida y cambiado de identidad para el resto de mis días —respondo sin dudarlo un segundo.

Las dos estallamos a reír, aunque por dentro sé que lo que me ha descolocado ha sido la absoluta naturalidad con la que Carmen expresa el orgullo y el amor por su hija.

Un amor sin condiciones ni adornos que a mis cuarenta y dos años, y tras una vida dedicada exclusivamente al éxito profesional, me he preguntado muchas veces cómo se sentirá sentir.