¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

VALERIA

Una hora más tarde, huyo literalmente de la suite de mi madre dando un portazo suave.

Necesito aire fresco, distancia de seguridad y, a ser posible, una isla desierta en mitad del océano Pacífico donde esconderme hasta que pase la tormenta maternal.

Acabo caminando a paso rápido por la arena fina de la playa exclusiva del resort hasta llegar a las instalaciones de la escuela de surf y actividades acuáticas.

El mar brilla de forma espectacular bajo el sol de agosto, y las olas rompen con suavidad contra la orilla acompañadas de ese rumor constante, salado y relajante que tanto me gusta.

Allí me encuentro de frente con Clara, que está subida encima de una tabla de surf sobre la arena mientras le explica los movimientos de equilibrio a un grupo de huéspedes internacionales enfundados en trajes de neopreno.

En cuanto me localiza con la mirada a lo lejos, detecta mis problemas emocionales exactamente igual de rápido que un tiburón blanco detecta una gota de sangre en mitad del agua.

Tiene un radar para mis dramas que da miedo.

Clara deja a los clientes en manos de los monitores de prácticas y se acerca hacia mí dando zancadas por la arena, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Esa carita que traes es un poema. Tienes una expresión que o bien estás sufriendo un estreñimiento crónico de tres semanas, lo cual dudo mucho con lo que te gusta a ti comer, o es que…

Resoplo con ganas y me paso la mano por el pelo, totalmente desbordada por los acontecimientos.

—Ha venido mi madre de sorpresa, sí —suelto al fin, dejándome caer sobre una de las hamacas de madera de la escuela náutica.

—¿¡En serio!? ¡No me jodas! —exclama Clara con una alegría desbordante—. Tu madre es un encanto, Valeria.

—Pues claro que te encanta, porque no eres tú la que tiene que sufrir sus interrogatorios de tercer grado. A ti te trata siempre como si fueras la hija que nunca tuvo.

Clara se ríe con ganas mientras comenzamos a caminar juntas por la orilla de la playa, dejando que el agua templada nos refresque los pies.

—¿Y qué ha hecho esta vez? Además de existir y de inundar el mundo con su empalagoso cariño andaluz, claro.

—Pues nada, poca cosa… Me ha montado un interrogatorio en la habitación sobre mi vida sentimental porque dice que tengo brillo de mujer enamorada en los ojos.

Y para rematar, ahora se le ha metido en la cabeza organizar una cena esta noche y quiere invitar a todo el mundo.

Incluidas, a Aitana y a Valentina. A las que ha conocido por obra cruel de destino.

Clara se detiene en seco, abriendo los ojos como platos.

—¿¡No me jodas!? ¿En serio?

—Como lo estás oyendo, Clara. Y lo peor de todo el asunto es que, con el chantaje emocional que me ha metido, he tenido que aceptar la propuesta para que no me monte un drama de los suyos.

Clara tarda exactamente dos segundos de reloj en doblarse por la mitad de la risa, sujetándose el estómago con ambas manos. Es una auténtica desgraciada.

—¡No tiene ni la más mínima gracia! —protesto, dándole un golpe tonto con el pie al agua para salpicarla, aunque la comisura de mis propios labios tiembla por las ganas de reír ante lo absurdo de la situación.

—Pero si tiene toda la gracia del mundo, Valeria.

Imagínate la escena de la cena —consigue articular Clara entre carcajada y carcajada—.

Tu madre soltando chistes y anécdotas de cuando eras una niña.

Aitana manteniendo esa postura rígida e impecable mientras se traga el pánico, y tú deseando con todas tus fuerzas que te trague tierra.

—Voy a morirme de la vergüenza delante de Aitana, Clara, te lo digo en serio…

—Probablemente mueras, sí, no te lo voy a negar —admite ella divertidísima, acercándose para pasarme un brazo por encima de los hombros con cariño—. Pero piensa que será una muerte digna de recordar y que todas tus amigas disfrutaremos desde la barrera con un buen bol de palomitas.

—Muchísimas gracias por tu apoyo incondicional y tu empatía, Clara. Se nota que eres una amiga de las de verdad —ironizo, dándole un empujón suave en el hombro para apartarla.

Sigue partiéndose de la risa un buen rato más, hasta que por fin parece calmarse un poco y se planta justo enfrente de mí sobre la arena, sujetándome firmemente por ambos brazos para mirarme a los ojos con seriedad fingida.

—Venga, Valeria, no te preocupes tanto, mujer. Que al final todo saldrá bien, ya lo verás.

—Sí, claro, saldrá de categoría porque tú lo digas, no te fastidia.

Niego con la cabeza, completamente resignada, aunque termino soltando una risa floja yo también. Porque, si lo piensas fríamente, la situación que estoy viviendo este verano es tan sumamente surrealista y absurda que es del todo imposible no tomárselo a guasa.

—Piénsalo por el lado positivo —me dice Clara con esa sonrisa traviesa y gamberra que siempre precede a los comentarios más brutos—. De esta manera tan sutil, tu madre ya habrá conocido en persona a la mujer que te arranca los gemidos más salvajes por las noches.

Abro la boca de par en par, completamente escandalizada y dándole un guantazo flojo en el brazo.

—¡¡Clara, por el amor de Dios, calla la boca que nos va a oír algún cliente!!

Ella levanta las dos manos de inmediato en señal de inocencia, riéndose a carcajadas.

—¡Ups! ¡Perdón, perdón, se me ha escapado sin querer! Quería decir los suspiros, Valeria… Los suspiros de pura felicidad.

Y mientras Clara estalla a reír de nuevo, yo intento cavar un hoyo en la arena para enterrarme viva y desaparecer para siempre del hotel. Porque tengo el presentimiento de que esta cena va a ser un completo y absoluto desastre. Y eso que todavía ni siquiera ha empezado a cocinarse.