¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

—Es que desde que eras una jovencita en el instituto sigues exactamente el mismo patrón de conducta, Valeria.

En cuanto te gustaba alguien te ponías histérica de los nervios, empezabas a juguetear con el pelo sin parar y evitabas mirarme a los ojos de frente, exactamente igual que estás haciendo ahora mismo en este rincón.

Suelto de golpe la goma de mi coleta para dejarme la melena libre y me cruzo de brazos con fuerza, más que nada para tener las manos bien sujetas en alguna parte del cuerpo y no seguir delatándome a mí misma con los tics nerviosos.

—No me pongo nerviosa por nada, mamá, qué manía te ha entrado hoy —protesto, aunque noto perfectamente cómo mis propios dedos se retuercen en un puño cerrado de la pura tensión acumulada.

—Claro que sí, mi alma. Y yo soy monja.

Me llevo una mano directamente a la cara, cubriéndome los ojos. ¿Se puede saber por qué el destino ha tenido que enviarme a mi madre precisamente en este bendito momento? ¿Por qué a mí? ¿Qué pecado he cometido yo?

—Además —continúa ella con su implacable argumentación—, en cuanto se han abierto las hojas metálicas del ascensor, te has quedado más pálida que un fantasma al verme allí metida charlando tan ricamente con esas dos mujeres tan elegantes y tan guapas.

Lógico que me quedara pálida, mamá. Acababas de conocer sin saberlo a la mujer con la que me estoy acostando y que me vuelve loca de remate , pienso para mis adentros con un pánico atroz, pero me guardo el comentario en lo más profundo y oscuro de mi laringe por motivos obvios de supervivencia laboral y personal.

—Es que nunca avisas con tiempo cuando vienes de viaje, mamá. Apareces de golpe y porrazo en mitad de mi jornada laboral y claro, me das unos sustos que…

—La sorpresa y la espontaneidad forman parte indispensable del encanto maternal, Valeria —me responde regalándome una sonrisa pícara y de absoluta superioridad.

—Mira, mamá, tú lo llamas encanto maternal porque el término terrorismo emocional suena demasiado feo para ponerlo en un grupo de WhatsApp familiar, de verdad te lo digo.

Mi madre suelta una carcajada sonora, de esas que llenan cada rincón de la suite del hotel.

Después se acerca a mí y, durante unos breves segundos, me observa fijamente con una ternura tan sumamente honda y pura que, por mucho que yo intente ponerme chula, consigue que todos mis muros defensivos se caigan al suelo de golpe, exactamente igual que un castillo de piezas de Lego mal construido ante el manotazo de un niño torpe.

—Escúchame una cosa —me dice con una voz muy suave, extendiendo su mano para acariciarme los dedos con un cariño infinito—, sea quien sea esa persona que te tiene el corazón alborotado, a mí lo único que me importa en este mundo es verte feliz.

Te lo mereces todo, hija mía. Y verte así…

con esa carita de ilusión y ese brillo… a mí me llena el corazón.

La sonrisa se me dibuja en la cara de manera automática, cálida y totalmente genuina.

Porque, por mucho que intente negarlo de cara a la galería, lo estoy.

Estoy enamorada de Aitana. Muchísimo. Una barbaridad.

Y precisamente por eso tengo un miedo atroz de que todo se derrumbe como un castillo de naipes, de que ella se canse de esta clandestinidad obligada o de que mi mundo y mi vida personal terminen chocando de forma explosiva en mitad del resort.

—Bueno, pues no se hable más del asunto —anuncia de pronto mi madre con una energía renovada, dándome un par de palmaditas cariñosas en la mejilla—. Vamos a organizar una cena especial esta misma noche para celebrar que ya estoy aquí contigo.

—No, mamá. De eso nada.

—Valeria… —me advierte con un tono cargado de paciencia, pero inamovible.

—Que no, mamá, de verdad, olvídalo.

Nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos durante varios segundos, midiéndonos las fuerzas como si estuviéramos en mitad de un duelo del oeste americano.

Finalmente, ella sonríe con una dulzura infinita.

Yo también termino cediendo con otra sonrisa.

Porque las dos sabemos a la perfección cómo funciona la dinámica entre nosotras: ninguna de las dos tiene la más mínima intención de rendirse en su postura.

—Invita a tus amigas del hotel, anda —insiste ella, retomando la tarea de colocar la ropa—. Hace ya un montón de meses que no veo a Marta ni a Clara, y me apetece ponerme al día con ellas.

—Están trabajando todas, mamá, por lo que más quieras.

Que en un resort por la noche también hay actividad en todos los departamentos —le recuerdo, intentando que entienda de una vez cómo funciona el sector servicios—.

Al parecer se te olvida que hasta yo misma debería estar ahora mismo en mi mesa de la oficina.

Mi madre suelta un suspiro dramático, llevándose una mano al pecho.

—Anda… Hace meses que no pasamos un rato juntas las dos y me hacía una ilusión tremenda pasar un ratito en familia y con la gente que te quiere. Pero bueno, no me queda otra que soportar que siempre estés tan ocupada que no puedas pasar un momentico con tu madre…

Maldita sea su estampa. Un golpe bajo, directo al corazón y con chantaje emocional .

—Está bien, de acuerdo, tú ganas —cedo al fin con un suspiro de absoluta resignación, cruzándome de brazos—. No te prometo nada, pero bajaré luego a la zona recreativa a ver si Clara, Marta y Sofía pueden escaparse cuando termine el turno de cena.

—¡Ay, qué alegría más grande, hija! —exclama, aplaudiendo con las manos—.

Oye, e invita también a esas dos mujeres tan elegantes y tan finas con las que estaba yo hablando en el ascensor antes de que me sacaras de allí como a una delincuente.

La morena alta era guapísima, un monumento de mujer, y la del pelo negro…

Parecían personas muy interesantes y con mucha categoría.

Me quedo completamente congelada en mitad de la habitación, con los ojos abiertos como platos y el pulso en pausa.

—¿Perdona? ¿A quién dices que invite, mamá?

—A las mujeres esas del ascensor, chiquilla, que parece que no te enteras —repite con un entusiasmo desbordante, como si estuviera proponiendo la idea más normal y cotidiana del mundo—.

Valentina y Aitana, creo recordar que me dijeron que se llamaban.

Sería una forma preciosa de conocer a tus jefas y de integrarse bien en la empresa, Valeria.

Ay, Dios mío de mi alma. No. No, no y mil veces no. La que se puede liar ahí.

—Ni hablar. Vamos, descártalo de tu cabeza, mamá.

—¿Y se puede saber por qué no? —pregunta ella con una sorpresa genuina reflejada en la cara.

—Pues porque no, mamá. Que son mis compañeras de trabajo… bueno, de hecho, son mis jefas directas. No puedo ir yo por ahí invitándolas a cenar como si fuéramos íntimas de toda la vida. Hay un protocolo que respetar en esta cadena.

—¿Y qué pasa con eso? Las jefas y las empleadas también pueden ser personas humanas y comer juntas, digo yo. Sería un detalle muy bonito por tu parte, Valeria.

—Mamá, haz el favor de no insistir más, que te he dicho que no y es que no.

—Escucha… ¿Es que te caen mal esas dos muchachas?

—No, no me caen mal en absoluto. Al contrario.

—Pues entonces no entiendo dónde está el problema de la cena, hija de mi vida. Explícamelo para que yo lo entienda, porque a mí me parecieron encantadoras las dos.

Pues el problema, mamá, es que una de ellas me conoce completamente desnuda, que sus besos todavía me queman la piel cada noche y que la otra es su mejor amiga de toda la vida y conoce absolutamente todos y cada uno de los detalles de nuestra relación secreta en el resort.

Pero claro, tampoco le suelto eso a mi madre.

Me limito a negar enérgicamente con la cabeza.

—Que simplemente no es una buena idea, mamá, créeme. No insistas más.

Mi madre me mira fijamente con los ojos entrecerrados, cargados de una sospecha que me hace temblar el misterio.

—Qué comportamiento más extraño tienes hoy.

—Que no es extraño, mamá, que son normas de la cadena que no me puedo saltar.

—Es rarísimo, chiquilla. A mí no me la das. Algo muy gordo me estás escondiendo, Valeria. Lo sé yo. Mi instinto nunca falla.

—Que no escondo absolutamente nada de nada, de verdad —miento descaradamente, sintiendo cómo el pulso se me acelera a trescientas pulsaciones por minuto.

—Valeria…

—Mamá… por favor.

Ella sonríe de esa forma tan suya, y esa sonrisa peligrosa y analítica significa con total certeza que piensa investigar por su propia cuenta hasta el último detalle del hotel. Y si pasa eso, e stoy perdida. Completamente perdida .