CAPÍTULO 31
VALERIA
Saco a mi madre del ascensor tirando de ella por la muñeca con una velocidad pasmosa, exactamente igual que si estuviera evacuando a la población civil ante una bomba a punto de estallar en mitad del complejo.
—Mamá, por lo que más quieras en este mundo, intenta comportarte como una persona normal esta semana.
Te lo suplico por la Virgen de la Palma —le ruego en un siseo desesperado, mirando de reojo a izquierda y derecha del pasillo de moqueta de lujo por si alguna camarera de pisos o algún cliente nos está observando.
—¿Yo? ¿Que me comporte yo? —se escandaliza la buena mujer, recolocándose el bolso de rafia de colores con esa elegancia innata, chula y natural que la acompaña desde que nació—. Pero si soy un auténtico encanto de mujer, hija. Una delicia de persona, vamos.
La miro con un escepticismo que se nota desde la otra punta de la costa y ella me devuelve la mirada del tirón, levantando una ceja perfectamente depilada con un arte que no se puede aguantar.
Las dos sabemos con absoluta certeza que acaba de soltar una mentira piadosa.
Sin ir más lejos, cinco minutos antes, en ese mismísimo ascensor del demonio en el que se había metido junto a Aitana y Valentina, estaba hablando de mis intimidades como si estuviera presentando mi candidatura oficial para encontrarle novia a su hija en un programa de televisión de máxima audiencia.
Y lo peor de todo no era el sofocón del momento, porque anda que no estoy yo ya curada de espantos con los ramalazos intensos y espontáneos que le dan a mi madre de vez en cuando; lo verdaderamente trágico, apocalíptico y mortal era que Aitana había escuchado cada palabra.
Cada maldita y lapidaria frase sobre mis "imposibles".
Todavía siento cómo el calor me trepa como un volcán por el cuello y me enciende hasta las pestañas al recordar la expresión de póquer asustado que tenía cuando las puertas se abrieron y nuestras miradas chocaron.
Cuando por fin llegamos a la suite de cortesía que el resort le ha asignado para su estancia, saco la tarjeta magnética del bolsillo de mi uniforme, la deslizo por la ranura y abro la puerta para cederle el paso con una sonrisa que me sale más forzada que un billete de tres euros.
—Pues nada, mamá… Bienvenida oficialmente a Paraíso Azul. Pasa y ponte cómoda.
Mi madre entra en la habitación pisando fuerte y observando cada santísimo detalle decorativo con el nivel de exigencia, ojo clínico y severidad de una inspectora militar en mitad de una revisión de cuartel.
Sus ojos oscuros, idénticos a los míos, pero con treinta años más de experiencia de la vida, recorren las paredes empapeladas, los muebles de diseño y las impresionantes vistas panorámicas al mar que se extienden más allá de la terraza privada.
—Bueno, la habitación no está del todo mal, las cosas como son —declara al fin, aunque entornando los labios de una forma que sugiere que ella le habría dado el visto bueno a otra distribución—.
Muchísimas gracias por el detalle, cariño.
Aunque tengo que decirte que las cortinas esas son feas con ganas —añade de inmediato, cruzando la estancia a paso firme para tocar el tejido.
—Y ahí la tenemos… pura esencia gaditana —murmuro para mis adentros, dejándome caer en el sillón más cercano y resoplando como un caballo cansado.
—¿Pero a quién se le ocurre poner unas cortinas de un color beige tan mortecino en un hotel de cinco estrellas, Valeria?
—se queja, dándole un tirón al visillo—.
Que esto parece la sala de espera de la consulta del dentista de los años noventa, por el amor de Dios.
Aquí lo que pegaba de verdad eran unos tonos turquesas, unos corales alegres…
Algo que invite de verdad al relax, a la alegría y al romance que se supone que este complejo de lujo te vende en los catálogos de internet.
Su maleta de viaje gigante aterriza de golpe y con un ruido sordo sobre la colcha de la cama.
Yo me quedo cruzando las piernas mientras la observo deshacer el equipaje a una velocidad de vértigo.
Mi madre comienza a abrir cajones con energía, a golpear los cojines de plumas para darles forma, a recolocar las figuras de porcelana donde a ella le sale del moño.
Es totalmente incapaz de dejar un objeto en su sitio asignado.
Tiene que dejar su marca andaluza allá por donde pisa; ni el aire de la habitación parece escaparse de su control de calidad maternal.
—¿Y a ti qué tal te van las cosas por aquí? —me pregunta de buenas a primeras, deteniéndose un segundo frente al gran espejo del tocador para ajustarse con los dedos un mechón de pelo.
—Pues bien, mamá. Muy bien —respondo, adoptando una postura de cautela defensiva que ya conozco.
—¿Bien a secas? —repite ella, dándose la vuelta sobre sus sandalias para mirarme fija y colocándose las dos manos en las caderas con una postura muy flamenca.
—Sí, mamá. Bien. Súper bien. El trabajo va sobre ruedas.
—¿Solo bien? Vamos, Valeria, no me vengas con milongas que soy la madre que te parió. Sé perfectamente cuándo me estás ocultando algo detrás de esa sonrisita que has puesto.
Sus ojos oscuros se clavan en mi rostro con esa intensidad magnética que parece capaz de arrancarme capas y capas del alma sin despeinarse si se lo propone.
—No me mires con esa cara, mamá, haz el favor, que te estoy viendo venir de lejos —intento advertirle, levantando el dedo índice en el aire para frenarla.
—¿Y se puede saber con qué cara quieres que te mire? —pregunta con una inocencia impostada que no se cree ni ella misma.
—Pues así, con esa cara de detective de la brigada criminal que no ha perdido ni un ápice de su instinto para pillar a los sospechosos. Esa misma.
Ella estalla en una sonrisa abierta, de par en par.
—Te veo completamente distinta, cariño. Tienes algo en la cara… No sé, un brillo especial que no tenías en Navidad.
—Pues será del protector solar, mamá, porque trabajo más que una esclava, eso es todo lo que hay —me defiendo como gato panza arriba, desviando los ojos de manera exagerada hacia los ventanales de la terraza.
—Que no, que a mí no me puedes esconder las cosas.
—Que es del trabajo, mamá. Que la temporada alta de agosto está siendo una auténtica locura…
—Que no —me corta de cuajo, dando tres pasos hacia adelante y plantándose a escasos centímetros de mi sillón—. Que te digo yo a ti que eso que te brilla en la cara no tiene que ver con el trabajo.
Se detiene justo enfrente de mí y me apunta directamente al entrecejo con el dedo índice, como si tuviera un detector de mentiras incorporado en la uña.
—Tienes un brillo especial en los ojos. Ese brillo que solo nace cuando te pasan cosas maravillosas y el corazón se te altera.
Siento cómo un rubor abrasador me trepa a toda velocidad por las mejillas, poniéndome la cara como un pimiento morrón de los de asar.
—Tengo sueño acumulado, mamá, que anoche me acosté tardísimo —improviso sobre la marcha.
—Valeria… —pronuncia mi nombre con ese tono grave, pausado y sentencial que no admite ningún tipo de evasiva ni de tontería gaditana.
—¡Bueno, vale! ¿¡Qué!? —salto ya medio desesperada.
—Que te pasa algo gordo. Y yo de aquí no me muevo hasta que me lo cuentes.
Resoplo con toda la fuerza, echando el aire hacia arriba para apartarme el flequillo. Si ella supiera la que tengo encima… Pero vamos, que no pienso contárselo a mi madre ni aunque me pinchen con alfileres. Ni loca, vamos. Antes me hago monja.
—Simplemente estoy muy feliz porque las cosas están saliendo bien —insisto, intentando poner mi mejor cara de empleada del mes para sonar convincente.
—Mentira cochina —responde ella sin pestañear lo más mínimo.
—¿¡Cómo que mentira cochina, mamá!? ¡Oye!
—Conozco todas y cada una de tus sonrisas desde el día en que te salieron los dientes. Y esa sonrisa que tienes puesta ahora mismo… —me señala con el dedo— es tu clásica sonrisa de mujer enamorada.
Casi me atraganto con mi propia saliva por el comentario tan sumamente certero. El corazón me empieza a latir a mil por hora, golpeándome con fuerza contra las costillas de la pura culpa.
—¿Enamorada yo? —repito, fingiendo una sorpresa indignada digna de un premio Goya, poniéndome incluso en pie de un salto para intentar ganar terreno—. Vamos, por favor, mamá, no sé qué clase de películas te estás montando tú sola en la cabeza. No hay nadie en mi vida.
—¿Ves cómo tengo razón? Te has puesto más roja que un tomate en pleno mes de julio.
—¡Porque dices unas barbaridades que no hay cuerpo que las aguante! Que te digo que no hay ninguna mujer en mi vida y punto en boca.
Mi madre se echa a reír de golpe, soltando esa carcajada sonora, limpia y traidora que siempre me hace quedar como una tonta, mientras yo me llevo las manos a la cabeza para empezar a peinarme de forma nerviosa algunos mechones rebeldes que se han escapado de la coleta.
—O sea, que estás interesada en alguien del entorno… —insiste la muy pilla, abriendo las puertas del armario empotrado para empezar a colgar sus blusas de flores con toda la parsimonia del mundo.
—No seas pesada, mamá.
—¿Seguro? Mira que a una madre no se la engaña tan fácilmente.
—Segurísimo. Palabra de honor.
—¿Y es un hombre o una mujer? —pregunta con una naturalidad pasmosa, como si estuviera interesándose por si mañana va a llover o va a hacer viento de levante en la playa.
—Mamá, por lo que más quieras, haz el favor de parar ya —le pido, tapándome la cara con las manos.
—Ay, hija, si yo solo pregunto por curiosidad. Que los tiempos han cambiado una barbaridad, gracias a Dios, y tu madre es una mujer moderna y que está muy abierta a todo lo que venga en esta vida, ya lo sabes tú bien.
—Pues me parece fantástico que seas tan moderna, pero no preguntes tanto, que pareces del servicio secreto.
Ella continúa colocando sus camisas con un cuidado exquisito, pero noto perfectamente cómo mantiene toda su atención de radar fija en cada uno de mis movimientos corporales.