¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 30
42%

CAPÍTULO 30

AITANA

Media hora más tarde, caminamos juntas por los amplios pasillos interiores del hotel, donde el suelo de mármol refleja la luz del sol.

La mañana avanza según lo previsto. Los huéspedes más tempraneros comienzan a poblar las tumbonas de las piscinas mientras el equipo de animación corre de un lado a otro ultimando los preparativos de las actividades del día.

Yo voy repasando mentalmente los puntos clave de las tres reuniones que tengo agendadas antes del almuerzo cuando Valentina, que camina a mi lado, vuelve a la carga.

—Deberías sonreír un poquito más, Aitana. Con esa cara de perro que te traes asustas al personal.

—Me resulta extraordinariamente útil mantener esta cara, créeme —le contesto con absoluta honestidad.

—Tan útil y efectiva que caíste en las redes de Valeria a las primeras de cambio, fíjate tú qué autoridad —se burla.

Las puertas del ascensor principal se abren justo frente a nosotras y entramos las dos. Marcamos la planta de oficinas y las hojas metálicas comienzan a deslizarse para cerrarse cuando, de repente, una voz apurada eufórica irrumpe desde el fondo del pasillo.

—¡Ay, por favor, esperadme! ¡No cerréis, por lo que más queráis!

Una mujer aparece prácticamente a la carrera, arrastrando una maleta de viaje de dimensiones considerables.

Tendrá unos cincuenta y pocos años, tal vez alguno más, pero rebosa una vitalidad desbordante.

Luce una melena castaña corta con reflejos claros dorados por el sol, un vestido playero de un estampado de colores vivos absolutamente estridente, unas gafas de sol enormes de estilo diva de los sesenta y una energía arrolladora capaz de iluminar por sí sola todo el vestíbulo del hotel.

Valentina reacciona rápido y coloca la mano entre las puertas para bloquear el sensor de cierre. La mujer entra en el habitáculo como un torbellino, resoplando y sonriendo de oreja a oreja.

—Ay, hijas, muchísimas gracias de verdad. Qué bendición, porque llevo una maleta que pesa más que un matrimonio por la iglesia —suelta, recolocándose el bolso con un salero que me resulta vagamente familiar.

Valentina y yo intercambiamos una mirada rápida. La mujer deja escapar un suspiro dramático, abanicándose con la mano.

—Esto de viajar sola en plan mujer moderna tiene mucho glamour en las películas y en el Instagram, pero luego a la hora de la verdad acaba una cargando con media casa a cuestas y con un dolor de riñones que para qué. ¿Vosotras venís a pasar la semana de vacaciones también?

—En realidad, formamos parte del equipo de dirección del complejo. Trabajamos aquí —le respondo con mi mejor tono de amabilidad.

—¡Ojú, qué maravilla, por favor! Pues menudo paraíso de trabajo tenéis, hijas. Yo estaría encantada de la vida, vamos. Aunque claro, yo no vengo precisamente a trabajar, yo vengo a lo verdaderamente importante de la vida.

—¿A dejarse mimar en nuestro centro de estética y Spa, tal vez? —pregunta Valentina, que ya le está bailando la chispa del chisme en los ojos.

—¡Qué va, mi alma! ¡Vengo a aprovecharme de mi hija un poquito, que para algo la he parido y la he criado!

—responde con una naturalidad y un desparpajo que me dejan de piedra—.

Trabaja aquí y como la cadena le regala una semana de estancia para familiares en régimen de todo incluido, ¿quién soy yo para rechazar semejante regalo de Dios?

De Cai tenía que venir yo para perder una oportunidad así, vamos.

Siento un pinchazo helado en la boca del estómago al escuchar la palabra " Cai ", pero intento mantener la compostura y la sonrisa.

—Tiene toda la lógica del mundo, desde luego —comento, tratando de sonar distante.

—¿A que sí, guapa? —me señala la mujer con el dedo, buscando mi complicidad absoluta—. Mira, tú me caes bien, se te nota que eres una mujer derecha y con fundamento.

—Le agradezco el cumplido.

—Mi niña es un dulce de leche, las cosas como son, y trabaja más que los duendes, aunque a veces me saque de mis casillas y tenga la cabeza para llevar el pelo y poco más.

—¿Y cómo se llama su hija? Si hay alguien que conoce al dedillo a cada uno de los ochocientos miembros del personal de este complejo, es ella —interviene Valentina, señalándome descaradamente con la palma de la mano mientras aguanta la risa.

La mujer se recoloca las gafas de sol sobre la cabeza con un gesto dramático.

—Pues se llama Valeria. Valeria Ruiz.

Mi corazón se detiene de forma literal en ese preciso instante.

Durante un segundo entero que me parece una eternidad, experimento la extraña sensación física de que el ascensor ha entrado en caída libre hacia el foso y de que mis pies han dejado de rozar el suelo.

Valentina gira la cabeza hacia mí con tal velocidad y brusquedad que estoy segura de que ha estado a punto de sufrir una lesión cervical, abriendo los ojos como platos.

Mientras tanto, la mujer continúa con su monólogo, completamente ajena a la bomba que acaba de soltar en mitad del habitáculo.

—Es un auténtico terremoto, os lo digo yo que la conozco desde que estaba en mi vientre.

Un desastre con patas para las cosas de la casa, pero con un arte que no se puede aguantar.

La adoro con toda mi alma, pero madre mía de mi corazón, la cantidad de líos y de jardines en los que se mete ella solita por no pensar las cosas dos veces.

Esa niña lo que necesita urgentemente es una buena mujer al lado, una mujer derecha, con carácter y con los pantalones bien puestos que me la ponga firme de una vez por todas.

Porque si no hay nadie que le ponga el freno de mano, esa criatura va a llegar a los noventa años exactamente igual que está ahora: haciendo locuras por las esquinas, improvisando sobre la marcha, llegando tarde a todos los sitios y enamorándose siempre de imposibles que no le convienen.

Me quedo completamente petrificada, rígida como una columna de mármol de Carrara. Valentina ha tenido que darse la vuelta y apoyar la cara contra la pared de acero del ascensor porque se está ahogando por no soltar una carcajada que resuene en toda la Costa Blanca.

—Aunque bueno —prosigue la madre de Valeria, suavizando el tono con un cariño infinito—, tiene el corazón más grande que la Giralda de Sevilla, y eso al final del día es lo que verdaderamente cuenta en una persona.

Además, que está mal que yo lo diga porque soy su madre y la he parido, pero entre nosotras ahora que no nos oye nadie…

—se inclina hacia mí de forma conspiratoria, inundándome con su perfume floral— la niña es guapísima a rabiar. Tiene una planta que quita el sentido.

—Sí… —consigo articular a duras penas, sintiendo que la laringe se me ha cerrado. Mi voz suena extraña, pastosa, como si perteneciera a otra persona—. Mucho. Es… muy atractiva.

—¿A que sí, mi alma? ¡Si es que tiene los genes de su madre, que no hay más que verme! Por cierto, me llamo Carmen.

Asiento con la cabeza de forma mecánica, porque es la verdad más absoluta que he pronunciado en todo el verano.

Porque Valeria es probablemente una de las mujeres más deslumbrantes, magnéticas y bonitas que he tenido el privilegio de mirar en toda mi vida.

Y porque, por caprichos del destino, me encuentro atrapada en un ascensor de tres metros cuadrados con su madre hablándome de su futuro sentimental. Tierra, ábrete ya, te lo suplico.

El universo me escucha y las puertas del ascensor se abren y, para terminar de redondear la jugada maestra del destino, justo enfrente del umbral aparece Valeria.

Lleva una carpeta de plástico azul bajo el brazo, el cabello recogido de mala manera en un moño improvisado con un bolígrafo y esa sonrisa canalla en los labios que siempre, de manera inevitable, consigue desordenarme las neuronas y ponerme el mundo del revés.

La sonrisa se le borra de la cara a la velocidad del rayo en cuanto sus ojos conectan con la estampa del ascensor.

Primero me mira a mí, luego procesa la presencia de Valentina que sigue roja como un pimiento, y finalmente se clava en la figura de la mujer que continúa hablando con los brazos en jarras.

—…porque a mi niña lo que le hace falta es una mujer de bandera, con categoría y que sepa lo que quiere en la vida para…

—¿Mamá?

La mujer se gira sobre sus talones con una exclamación de pura alegría, abriendo los brazos de par en par.

—¡Ay, mi niña, mi tesoro! ¡Cariño mío, pero qué sorpresa!

La expresión facial de Valeria pasa por siete estados emocionales radicalmente distintos en menos de tres segundos de reloj: desconcierto absoluto, horror puro, pánico, resignación ante el desastre y, finalmente, una necesidad evidente y desesperada de que se produzca un movimiento sísmico que la engulla allí mismo.

Yo, desde mi posición, comparto exactamente el mismísimo sentimiento de muerte por asfixia social.

—¿Pero se puede saber qué haces tú en la planta de oficinas? —pregunta Valeria, intentando recuperar un tono de voz profesional que le sale completamente quebrado mientras aprieta la carpeta contra el pecho.

—¡Ay, pues qué voy a hacer, chiquilla! Acabo de llegar y me he subido en el ascensor con estas dos muchachas que son más más simpáticas que las pesetas, de verdad te lo digo. Estábamos aquí teniendo una charla de lo más amena sobre ti.

La sonrisa que me dedica Valeria de reojo es, con una diferencia abismal, la más falsa, tensa y desastrosa que le he visto desde que llegué aquí.

—Qué bien. Qué maravilla de encuentro. Qué fantasía de mañana, de verdad. La de cosas pasan en este resort —consigue balbucear, mirándome como si estuviera contemplando a su propio verdugo.

Valentina se da media vuelta, saliendo del ascensor a paso rápido mientras oculta la cara entre las manos porque ya le está dando un ataque de risa que va a acabar en urgencias, y yo solo puedo quedarme inmóvil, manteniendo el tipo como buenamente puedo, observando a la madre de la mujer con la que llevo semanas perdiendo la cabeza por los rincones, y preguntándome seriamente cuántas formas distintas recoge el manual de protocolo para morir de la vergüenza más absoluta.