CAPÍTULO 29
AITANA
Hace cosa de unos meses, si alguien me hubiera sugerido que la idea de iniciar una relación sentimental entraba dentro de mis planes a corto o largo plazo, le habría retirado el saludo de inmediato.
Mi vida estaba focalizada al cien por cien en mi carrera profesional, en revisar los balances de pérdidas y las ganancias del resort y en demostrarle a la junta directiva de la cadena que no se habían equivocado al nombrarme Directora del complejo más exclusivo de la Costa Blanca.
Nadie me advirtió de que, a estas alturas del verano, me encontraría desayunando en la terraza VIP de la cafetería con mi mejor amiga, intentando ocultar de la manera más patética posible un romance con una empleada de mi propio equipo.
Ahora mismo, no me hace la menor gracia ser el centro de atención. Bueno. Quizá un poco. Pero solo porque Valentina está sufriendo y verla perder los papeles o retorcerse de la curiosidad se ha convertido en una de las pocas aficiones saludables que aún conservamos intactas.
—Voy a preguntártelo por última vez, Aitana —anuncia Valentina en el mismísimo momento en que regresa de nuevo a nuestra mesa, sosteniendo una taza de café solo humeante y dejándose caer en el asiento libre frente a mí.
Mastico con una lentitud exasperante y calculada un trozo de tostada crujiente de pan de centeno untada con tomate rosa y un chorrito de aceite de oliva virgen extra. El protocolo ante un interrogatorio de tercer grado siempre es la calma aparente.
—Qué maravilloso es saber que te has despertado con tantas ganas de aportar paz al mundo —le respondo, limpiándome la comisura de los labios con la servilleta.
Ella entrecierra esos ojos grises que se trae, apoya ambos codos sobre el mantel y me regala una sonrisa pícara que me hace temblar el pulso.
—Déjate de ironías, que nos conocemos. ¿Has follado ya con la gaditana, sí o no?
Casi dejo de existir en ese mismo instante.
El sorbo de café de se me desvía de camino y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no toser como un animal y perder toda mi dignidad.
Levanto la mirada despacio, fulminándola con los ojos, y me topo de frente con su clásica sonrisa de tiburón; esa que anuncia que sabe exactamente qué resorte tocar para sacarte los colores.
El mar Mediterráneo resplandece como un manto de diamantes a escasos metros por debajo de nosotras, bajo el sol implacable de las nueve de la mañana de un agosto que ha entrado pisando fuerte, y la brisa marina mueve con una suavidad deliciosa los manteles y las hojas de las palmeras.
A nuestro alrededor, los huéspedes —en su mayoría empresarios, diplomáticos y caras conocidas de la televisión— disfrutan de un desayuno tardío e idílico, ajenos al interrogatorio policial que se está desarrollando en la mesa.
—No pienso responder a semejante ordinariez, Valentina —contesto, estirando la espalda y reuniendo cada gramo de autoridad que poseo en mis genes.
—Ay, por favor, Aitana, que no estás en una junta. Sabes perfectamente que en mi pueblo el que calla otorga.
—En el mío, el que calla es sabio y mantiene su vida privada donde debe estar: en privado —le replico, dándole un nuevo bocado a la tostada para ver si consigo mantener la boca ocupada—.
Además, qué más te da a ti si me he acostado con Valeria, si hemos tenido un acercamiento o si jugamos al parchís en nuestras horas libres.
—¡Pues claro que me importa, alma de Dios! ¡Si fui yo la que te dio el empujón definitivo para que te soltaras y disfrutaras de la vida!
Su voz resuena un par de tonos más alta y, como era de esperar, un matrimonio de la mesa de al lado se gira en nuestra dirección con las tazas de porcelana suspendidas en el aire. Tierra trágame.
—Te agradecería que moderaras el volumen—le siseo entre dientes, inclinándome hacia delante—. No tengo el menor interés en que mis asuntos de alcoba se conviertan en el boletín informativo oficial del verano en todo el resort. Que las paredes de este sitio tienen orejas, Valentina.
—O sea, que la respuesta es un sí como una catedral —insiste ella, completamente inmune a mis amenazas veladas, dándole un sorbo pausado a su café—.
Vamos, Aitana, sé generosa con tu mejor amiga.
Dime al menos que esa chiquilla ha conseguido despertar esa parte de ti que llevaba enterrada bajo capas de balances trimestrales desde hace un siglo.
Cierro los ojos un instante, inspirando el aroma a mar y azahar, y respiro hondo. Dame paciencia, Dios mío, dame paciencia porque si me das fuerza la ahogo en la piscina ahora mismo.
—¿Eres consciente de lo sumamente insoportable que puedes llegar a ser cuando te lo propones?
—Llevo escuchando ese mismo diagnóstico desde los diecisiete años, mi vida —me responde con una sonrisa luminosa y triunfante que le ilumina la cara—. Y sigo sin corregir el defecto porque, como puedes comprobar, me da unos resultados excelentes.
Me apoyo con resignación contra el respaldo trenzado de la silla de mimbre y observo por unos segundos cómo las olas rompen con suavidad contra las rocas de la playa privada del hotel.
—No voy a darte detalles íntimos, Valentina. Olvídalo.
—¿Ni siquiera un breve resumen de cien palabras? —suplica, juntando las manos e imitando el pucherito dramático de un niño pequeño—. ¿Un gráfico? ¿Un porcentaje estimado de satisfacción? ¿Nivel de mariposas revoloteando en el estómago en una escala del uno al diez?
Una carcajada limpia se me escapa del pecho antes de que pueda poner en marcha los filtros de seguridad de mi cerebro. Valentina sonríe de par en par, con esa expresión de suficiencia de quien acaba de ganar una batalla decisiva en los tribunales.
—Te has reído. Te he pillado —señala con el dedo índice, acusadora.
—Me he reído porque eres absolutamente ridícula, que no es lo mismo.
—Te has reído porque te sientes jodidamente feliz, esa es la verdad —afirma ella con una suavidad repentina en la voz.
Y lo peor es que tiene razón, lo estoy. Hacía años que no me sentía de esta manera: ligera, con el corazón acelerado, nerviosa como una colegiala y absurdamente viva. Y esa sensación, para una mujer cuadriculada como yo, resulta tan agradable como aterrador.
Valentina me mira ahora con una expresión mucho más dulce, despojada de la máscara de bufón y mostrando una sinceridad que solo da el cariño de tantos años. Alarga la mano por encima del mantel de lino y me roza los dedos con afecto.
—Te mereces ser feliz y vivir experiencias nuevas, Aitana. Aunque sea de la mano de una andaluza tan rematadamente sexy y descarada como Valeria.
Bajo la mirada hacia mi taza de café, sintiendo cómo un calor sofocante y repentino me acaricia la nuca y me enciende las mejillas.
—A veces pienso que es una locura.
—Las mejores historias rara vez comienzan de una decisión sensata, Aitana —responde con una sabiduría que me desarma—.
Sí, eres la Directora del resort y ella forma parte de tu equipo, vale.
Pero ante todo eres una mujer que se ha pasado media vida casada con la empresa.
Cómo mínimo necesitas respirar y disfrutar.
Resoplo, apartando la mirada porque sé perfectamente hacia qué terreno pantanoso pretende arrastrarme.
—No empieces con tu discurso motivacional de coach de tres al cuarto, te lo ruego.
—Te lo digo porque te quiero, Aitana. Llevas demasiado tiempo viviendo para los demás.
Para contentar a la cadena hotelera. Para clavar los resultados económicos del trimestre.
Para ser la Aitana perfecta, fría y resolutiva que todo el mundo espera ver en un despacho.
¿Se puede saber cuándo vas a permitirte el lujo de vivir para ti misma?
—me cuestiona, inclinándose hacia mí y fijando sus ojos en los míos con una intensidad absoluta—.
Joder, que tienes cuarenta y dos años y estás en tu mejor momento.
¡Que hasta los jubilados que vienen con los viajes del Imserso tienen más actividad sexual que tú!
Se me escapa una risa seca, un tanto desganada pero cargada de verdad. Valentina es de las poquísimas personas en este planeta que me conoce tanto como para saber que mi cama llevaba desierta una eternidad.
—El problema es que no es solo el sexo, Valentina… —murmuro en un susurro, soltando un suspiro hondo mientras cruzo la pierna derecha sobre la izquierda con elegancia—. Es que…
—Es que Valeria te gusta de verdad.
Ahí radica el verdadero problema que me quita el sueño. Que Valeria me gusta hasta límites que me asustan, que no la considero en absoluto un entretenimiento, y que la deseo con una fuerza que me empuja a buscar su mirada por cada rincón o pasillo del resort.
—Mucho. Una auténtica barbaridad. Me tiene descolocada.
Siento el calor subirme por el cuello de la camisa hasta las mejillas.
—Y me imagino que la gaditana estará poniendo toda la carne en el asador para que no te olvides de ella ni un segundo…
—Valentina, por lo que más quieras, para ya —le ruego, aunque una sonrisa delata mi debilidad.
—Vale, vale, me callo —levanta ambas manos en un gesto de rendición cómica—. Cambio de tercio antes de que me eches a la calle antes de acabar mi trabajo aquí.
—Mejor. Hablemos de Sofía, por ejemplo.
La veo quedarse completamente inmóvil, congelada con la cucharilla a mitad de camino de la taza, y ese milisegundo de parálisis me confirma de inmediato lo que mis sospechas ya me venían anunciando.
—¿Qué pasa con ella? —pregunta con una indiferencia tan forzada que resulta casi cómica.
Valentina intenta replicar exactamente con la misma jugada de distracción que yo utilicé hace unos minutos. Y, por supuesto, fracasa.
—Tú sabrás, querida. El otro día, durante la reunión, noté… una tensión entre vosotras que se podía cortar con un cuchillo.
—Es la Chef encargada del restaurante —se justifica de inmediato, como si el cargo explicara el magnetismo—. Y tiene un temperamento indomable.
—Vaya, exactamente igual que tú. Dios las cría…
—Qué graciosa estás hoy —contesta con una media sonrisa que intenta ser irónica pero que no le sale.
Su mirada se desvía de forma inevitable hacia la línea del horizonte sobre el mar. Por primera vez en toda la mañana, noto a Valentina ligeramente incómoda, perdiendo esa seguridad insultante y arrolladora que la caracteriza. Por eso resulta tan fascinante verla perder los papeles por una mujer.
—Es una mujer… interesante —admite al fin en un susurro, rindiéndose a la evidencia—. Divertida, muy profesional en lo suyo y tiene unos ojos azules que… en fin, son preciosos, las cosas como son.
No puedo evitar que se me dibuje una sonrisa de oreja a oreja. La tengo acorralada y pienso disfrutarlo.
—Vaya, vaya… Valentina Romero afectada por unos ojos azules. Quién te ha visto y quién te ve.
Ella me señala con el dedo índice, tratando de recuperar su faceta de inspectora implacable de la central.
—Ni se te ocurra hacerte películas en la cabeza, Aitana.
—¡Que te gustan sus ojos, Valentina! ¡Admítelo! —insisto, saboreando mi pequeña venganza matutina.
—Estoy limitándome a describir una cualidad física y objetiva de ella —se defiende, aunque el rubor de sus mejillas la traiciona—.
Además, sabes perfectamente que lo nuestro es un imposible.
Yo no tengo residencia fija en ningún sitio, Aitana.
Dentro de unas semanas mi trabajo aquí habrá terminado y estaré cogiendo un avión para marchame de aquí.
En unos meses estaré en Mykonos y vete tú a saber cuánto tiempo estaré allí.
Yo no puedo construir una relación estable de esta manera.
—¿Y si a ella terminas gustándole de la misma manera y está dispuesta a intentar que funcione en la distancia? —le pregunto con una curiosidad sincera, conmovida por su repentina vulnerabilidad.
—Sería una soberana estupidez por ambas partes —responde, jugueteando de forma nerviosa con la cucharilla del café—.
Ya he pasado por relaciones a distancia en el pasado y son un desastre.
He intentado adaptarme a un lugar estable, pero mi trabajo es este y siempre termino haciendo las maletas.
Y no sería justo para ella ni para nadie.
Durante unos largos segundos, las dos guardamos un silencio cómodo, de esos que solo se comparten con quien te conoce de toda la vida.
El tintineo suave de las tazas de porcelana de las mesas vecinas, las risas amortiguadas de los huéspedes y el graznido de las gaviotas sobrevolando la playa ayudan a rebajar la súbita melancolía que ha flotado en el aire.
—Además —salta ella de repente, recuperando su habitual brillo gamberro en los ojos y enderezándose en la silla—, estás analizando mi vida sentimental para evitar que sigamos destripando la tuya y me niego en redondo a permitírtelo, Directora.
Las dos terminamos riéndonos con ganas, con esa complicidad antigua que nos conecta, y por un instante todo vuelve a parecer sencillo y luminoso, como siempre que compartimos un bache en el camino.