CAPÍTULO 28 #3
—Es que usted lleva una semanita completita de trabajo, jefa —le reprocho, recordándole la dichosa agenda de trabajo que tiene—. Que para poder estar contigo cinco minutos voy a tener que pedir cita previa.
La espuma sigue flotando, las luces de colores del fondo le dibujan unos destellos preciosos en las facciones de la cara y de pronto soy dolorosamente consciente de la distancia milimétrica que separa nuestros cuerpos empapados.
—Te he echado de menos… —confieso en un susurro, y las palabras se me escapan de la boca antes siquiera de que mi cerebro pueda ponerles un filtro de seguridad.
Aitana parpadea despacio y algo sumamente dulce se suaviza en su expresión.
—Yo también a ti. No te imaginas cuánto —admite en un susurro ronco.
El corazón me da un salto mortal dentro del pecho. Sin darme tiempo a reaccionar, ella levanta la mano, me aparta con una delicadeza extrema un mechón de pelo húmedo que se me había pegado a la mejilla y sus labios encuentran los míos.
Al principio es un beso prudente, asustadizo, de esos que das poquito a poco mientras miras de reojo por si viene alguien; sin embargo, toda la frustración y la tensión sexual acumuladas durante estos últimos días hacen que el encuentro se vuelva urgente, ardiente y salvaje en un pestañeo.
Aitana me sujeta con fuerza de la cintura, atrayéndome hasta estampar mi espalda directamente contra la pared de piedra simulada que tengo detrás.
Olvido dónde estamos. Olvido la fiesta, la música del DJ, los cañones atascados y los huéspedes del complejo.
Ahora mismo solo existe el calor abrasador de su piel, el olor a su perfume mezclado con el jabón y la forma tan deliciosa en que sus dedos largos se me clavan en las caderas, exigiéndome más.
Le abro la boca del tirón, buscando su lengua con la mía con una desesperación que me quema por dentro.
—Esto… esto es una pésima idea, jefa —susurro a duras penas contra sus labios carnosos cuando nos separamos apenas un milímetro para poder respirar.
—Una idea espantosa, sin la menor duda —admite ella con la voz rota, mientras continúa devorándome la boca con besos cortos, húmedos y exigentes.
—Como nos pille algún cliente...
—Lo sé perfectamente. Cállate y bésame otra vez.
Ninguna de las dos hace el más mínimo amago de moverse de ese rincón oscuro, lo cual demuestra de forma gráfica lo sumamente preocupante que es el estado de nuestras neuronas ahora mismo. Estamos enganchadas.
De repente, escuchamos unas voces altas y unas risas tontas flotando muy cerca de nuestra posición.
Alguien de la fiesta pasa caminando justo al otro lado de la hiedra artificial y las dos nos quedamos completamente petrificadas, conteniendo el aliento y con los cuerpos pegados como si fuéramos una sola silueta, esperando a que los pasos se alejen hacia la playa.
—Como sigamos así, vamos a acabar muy mal —murmuro con una sonrisilla floja, apoyando mi frente directamente contra la suya mientras recupero el aire.
—Probablemente terminemos en la calle, sí —admite ella, sin poder evitar que se le escape una sonrisa de felicidad contenida.
Mantiene sus manos firmes en mi cintura, acariciándome la cadera por encima de la tela mojada, tocándome a sabiendas de que mi cuerpo la extraña y que mi piel la reclama a gritos desde hace días—.
Pero te deseo tanto, que estos días sin poder tocarte han sido una auténtica tortura para mí.
—Y para mí también, no te jode —confieso en un susurro, mirándola a los ojos—. Cada vez que te veo solo puedo pensar en lo que pasó en la cala y…
No me da tiempo a terminar la frase porque Aitana vuelve a estampar sus labios contra los míos, esta vez sujetándome el rostro con ambas manos con una pasión tan sumamente desbocada que siento que se me encienden hasta las pecas que me pintan la nariz.
—¡Valeria! ¡Valeria, por el amor de Dios, ¿¡dónde te has metido!?
Abro los ojos de golpe, saliendo del trance erótico como si me hubieran echado un cubo de agua helada por encima.
Es Nando. Mierda .
—¡Valeria! ¿Dónde demonios te has metido con la que hay liada en la pista? ¡Que la espuma ya está llegando a los jardines!
Aitana cierra los ojos con fuerza, suelta una risilla resignada y apoya la cabeza en mi hombro, derrotada por las circunstancias.
—Creo que me buscan, jefa —susurro, dándole un pico rápido en los labios para despedirme.
—Eso parece.
—Y me encuentren aquí metida contigo y en este estado…
—Tendremos que presentar la dimisión en bloque y mudarnos a vivir a otro continente mañana mismo —bromea ella con esa ironía elegante que me vuelve loca.
Antes de romper el contacto físico y dejarme marchar, Aitana me acaricia la mejilla con una ternura que al mirarla fijamente a los ojos me doy cuenta de una gran verdad: Clara tenía más razón.
Lo mío con Aitana no es un capricho calenturiento del verano, ni una aventura para pasar el rato.
Estoy enamorada de mi jefa, de la mujer que pone orden y gestión al resort.
Que Dios nos ampare, porque la que nos espera, va a ser gorda.