CAPÍTULO 28 #2
Giro la cabeza y veo a Aitana bajando las escaleras de la terraza VIP a una velocidad de vértigo, apartando la espuma que ya empieza a invadir los escalones con una elegancia que me parece insultante dadas las circunstancias.
No soy consciente de lo peligrosamente atractiva que está esta mujer hasta que la tengo a escasos centímetros de mí, con los ojos encendidos en pura adrenalina.
—Estamos intentando cortar el caudal desde el cuadro general, pero el sistema informático ha sufrido un cortocircuito y no responde —le explico atropelladamente en cuanto se coloca a mi lado, intentando que no se note cómo me tiemblan las piernas por el desastre y por su cercanía.
—Pues buscad el cierre de la bomba de agua —responde ella con esa voz de mando implacable que me acelera el pulso de mala manera.
Se gira de inmediato hacia el equipo de seguridad y los coordinadores con una sangre fría espectacular—: Despejad las salidas de emergencia.
Controlad los accesos. Que nadie corra, que nadie entre en pánico bajo ningún concepto.
Mantened la calma en todo momento y haced que los animadores se metan en la pista; tenemos que convertir este fallo técnico en parte del espectáculo para que los clientes crean que está planificado. ¡Vamos!
Diez minutos más tarde, estamos metidas de lleno en mitad del caos.
Un caos divertidísimo para los clientes, sí, pero un caos logístico que me va a costar el puesto de trabajo.
Los huéspedes se hacen selfies partidos de la risa entre las montañas de burbujas, los niños parecen convencidos de que ha nevado en pleno mes de julio y la marea de espuma sigue creciendo sin piedad alguna por los rincones.
—Esto va a perseguirme en mis pesadillas durante los próximos diez años de mi vida —murmuro para mis adentros, intentando apartar con la mano una plasta de jabón que amenaza con meterse en mi ojo izquierdo.
—Probablemente sea así, Valeria —responde Aitana, que se ha colocado pegada a mi hombro derecho mientras supervisa desde la distancia—, pero mírale el lado positivo: va a quedar grabada en los anales del resort como la noche más memorable y comentada de toda la temporada.
—Muchísimas gracias por el apoyo moral. Se nota que es usted una jefa compasiva —le lanzo con una mirada cargada de ironía gaditana.
—Siempre a tu entera disposición —me responde, y por una fracción de segundo, la máscara rígida se agrieta para dejar paso a la verdadera Aitana.
La mujer que es capaz de agarrarme del pelo por las noches y besarme como si el mundo se fuera a acabar mañana por la mañana. La mujer con la que tuve más de cuatro orgasmos seguidos en su cama y que se pasea por mis sueños eróticos cada bendita noche. Madre mía .
—Por aquí, sígueme —me dice de pronto, agarrándome con suavidad del antebrazo.
Me guía con agilidad entre la marea de gente que salta en la pista.
La espuma ya nos llega casi por la cintura a las dos, empapándonos la ropa de una forma bastante comprometedora.
La música sigue sonando a todo trapo y los focos de colores parpadean a nuestro alrededor, creando una atmósfera irreal, casi mágica.
Coordinando al personal de limpieza de pasada, acabamos alejándonos del epicentro de la fiesta.
Sin darnos cuenta, empujadas por la corriente de gente, terminamos en una de las zonas más tranquilas y oscuras del recinto: un rincón muerto e íntimo que queda escondido justo detrás de unas estructuras decorativas cubiertas de hiedra artificial que separan la discoteca de los jardines exteriores.
Aquí la música llega amortiguada, apenas un eco sordo, y los huéspedes están demasiado ocupados ahogándose en burbujas como para prestarle la más mínima atención a dos empleadas del hotel.
Suelto un suspiro hondo, respirando el aire limpio de la noche por primera vez en media hora. Aitana hace exactamente lo mismo, apoyando la espalda contra la pared y pasándose una mano por la frente para retirarse un mechón de pelo húmedo.
—Menuda nochecita nos estás regalando… —comenta con una sonrisa canalla que me revoluciona las hormonas del tirón.
—Acepto críticas constructivas, jefa, pero que sepa que ya estoy preparando las maletas porque estoy segura que mañana estoy de patitas en la calle —le digo dramática, exagerando el tono andaluz mientras me recojo mejor el pelo.
—No seas exagerada, que tu puesto no peligra —responde ella con una risa baja, de esas que le vibran en el pecho—. Aunque tengo que admitir que esto ha sido épico en todos los sentidos.
—Aitana, que la gente está desapareciendo bajo una montaña de jabón de colores. Mañana salgo en los periódicos locales como la responsable directa de la mayor catástrofe espumosa de la historia de la Costa Blanca.
Ella estalla a reír de golpe, soltando una carcajada limpia, sincera, de esas que rara vez muestra y que a mí me vuelve loca.
Me quedo mirándola completamente embobada, con la boca medio abierta y el corazón dando palmas.
Me fascina cuando se ríe así, sin filtros ni protocolos.
Sucede pocas veces y cada vez que lo hace siento un pellizco en el estómago ridículamente parecido a lo que los poetas llaman felicidad.
La sonrisa se le va desvaneciendo poco a poco de los labios, pero sus ojos verdes, intensos y oscuros, permanecen fijos en los míos sin intención de apartarse.
El aire entre las dos cambia en un segundo, cargándose de esa electricidad estática, densa y peligrosa que compartimos cada vez que nos aproximamos más de la cuenta.
—Llevamos demasiados días sin estar a solas… —dice en un hilo de voz, casi susurrando, mientras levanta una mano lenta para acariciarme la piel del brazo con una suavidad que me eriza la piel.