¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

VALERIA

Si alguien me hubiera preguntado hace un par de meses cuál es la actividad de más alto riesgo de mi jornada laboral, habría respondido del tirón y sin pestañear que organizar un coctel de bienvenida para quinientos huéspedes internacionales convencidos de que las normas de civismo son opcionales en cuanto pisan un resort de lujo como el nuestro.

Hoy, sin lugar a dudas, con la experiencia que llevo a las espaldas, cambiaría la respuesta a pies juntillas.

La actividad más peligrosa, suicida y extrema del mundo entero es mantener un romance con tu jefa mientras trabajas en un complejo de cinco estrellas que está plagado de cotillas.

—Manolo, por lo que más quieras en este mundo… ¿estás completamente seguro de que los cañones de presión están configurados como Dios manda?

Él me mira con una mezcla de resignación y cansancio, sosteniendo una llave inglesa en la mano, como si ya hubiera tenido esta misma conversación antes.

—Valeria, que llevo ocho años haciendo esto —me responde el hombre, dándole un golpecito cariñoso a la estructura metálica del aparato—. Todo está calibrado al milímetro, te lo prometo. El caudal del jabón está al mínimo y la presión del aire no pasa de dos bares. Respira tranquila.

—Precisamente porque me dices que respire tranquila es por lo que me está entrando un síncope por momentos, Manolo —le suelto, cruzándome de brazos y mirando el artefacto con recelo.

El hombre se echa a reír con ganas, soltando esa risa ronca, baturra y experimentada de quien ha visto de todo en las verbenas de este país.

—Que todo está controlado, de verdad. Además, es solo espuma de colores, no te preocupes, que no va a estallar ninguna bomba.

Me giro sobre mis tacones para echar un vistazo general al panorama.

Tengo que admitir que la discoteca al aire libre del resort ha quedado espectacular.

Las luces de neón y los focos LED recorren las copas de las palmeras, pintando el ambiente de unos tonos eléctricos, fucsias y morados vibrantes que parecen sacos de un videoclip de Dua Lipa.

La música electrónica vibra con unos graves profundos, envolviendo cada rincón de la con un ritmo que te incita a pecar aunque no quieras.

Los huéspedes, enfundados en sus mejores galas, bailan bajo las estrellas mientras los camareros se mueven entre la multitud con una agilidad de circo, portando bandejas cargadas hasta arriba de cócteles fluorescentes que brillan en la oscuridad de la pista.

Es la última noche de julio y hoy el resort acoge uno de los eventos más potentes, gamberros y llamativos de la temporada: la famosa Fiesta de la Espuma.

Hasta este momento todo está saliendo a pedir de boca, con una fluidez y una elegancia que asustan. Lo cual, conociendo mi suerte con los astros, algo tiene que torcerse. Es ley de vida.

—¿Se puede saber qué haces ahí plantada como la estatua de Colón, Valeria? —La voz alegre, cantarina y ligeramente perjudicada de Clara aparece de golpe a mis espaldas, dándome un susto que casi me hace saltar.

Me giro del tirón y me la encuentro de frente con una sonrisa de oreja a oreja, luciendo una corona de flores bastante torcida sobre su cabeza y sujetando un copazo de color azul eléctrico entre las manos.

—Pues qué voy a estar haciendo, Clara… Trabajar —le respondo con una mueca, intentando aparentar una seriedad que no tengo.

—Qué aburrida te estás volviendo, de verdad. ¡Que es la fiesta del año! Relaja la raja un poquito y báilate algo conmigo, anda.

—Alguien tiene que vigilar todo este tinglado y evitar que queméis el resort entero esta noche con tanta purpurina y tanto alcohol, guapa.

—Uy, calla, calla… Para vigilar que no se queme el chiringuito ya tenemos a la jefa —me dice Clara, regalándome un guiño de ojos tan sumamente cargado de mala intención que casi le da un calambre en los párpados.

La sonrisa se me dibuja en la cara de forma automática, traicionera y sin que pueda hacer nada para frenarla.

Inevitablemente, mis ojos se desvían de manera magnética hacia la terraza privada de la zona VIP, donde Aitana permanece de pie junto a Valentina y un par de directivos de la central, controlando todo desde las alturas mientras disfrutan de la noche.

Clara sigue la trayectoria de mi mirada y amplía su sonrisa con una picardía que me da auténtico pavor.

—Valeria… —suelta en un susurro dramático.

—¿Qué? —pregunto, intentando poner mi mejor cara y fingiendo una inocencia que no se cree nadie.

—Que tienes las hormonas haciendo palmas por bulerías.

Casi me trago la lengua por el comentario, soltando una tos floja que me pone la cara encendida.

—¡Clara, por favor, deja de decir tonterías! —le siseo, mirando a los lados para comprobar que nadie nos escucha.

—Claro que sí, mujer, lo que tú digas —responde ella con una ironía fina, dándole un sorbo a su copa—. Por eso no puedes dejar de mirar hacia la barandilla treinta segundos, como si te diera miedo que Aitana fuera a esfumarse por arte de magia en mitad de la noche.

—Clara, por favor. Mi relación con Aitana es puramente profesional y lo del chupetón, es solo un arrebato que nos pegó…

—Venga ya, Valeria, no me cuentes milongas. Que se os nota el brillo post-coital desde la otra punta de la playa.

Levanto la vista una vez más y veo que Aitana se ha apoyado ahora sobre la barandilla de cristal, luciendo esa elegancia innata que la hace destacar por encima de cualquier mortal que pise este complejo.

Lleva un vestido negro de satén, sencillo pero absolutamente devastador, que se le ajusta a las curvas de la cadera con una sutileza criminal.

La melena oscura le cae sobre los hombros en unas ondas suaves, perfectas, que brillan bajo los focos de la discoteca.

Aunque está en mitad de una conversación aparentemente seria, la veo girar la cabeza hacia abajo, como si tuviera un radar que la llevara a buscarme directamente a mí entre la marea de gente de la pista.

Nuestras miradas chocan de frente a través de la distancia y os juro que siento cómo el calor me sube hasta la punta de las orejas, al mismo tiempo que un cosquilleo ardiente, conocido y salvaje me revoluciona por dentro.

Mal asunto, Valeria. Después de la noche que pasamos en la cala, después de despertarme desnuda entre sus brazos y después de todas las miradas robadas y los roces clandestinos por debajo de las mesas de estos últimos días…

no hemos tenido ni un mísero minuto a solas.

La agenda de Aitana ha estado hasta arriba de reuniones, eventos con la central, inspecciones de calidad y llamadas de Madrid.

Y yo, que tengo más peligro que un mono con dos pistolas cuando se me revolucionan las hormonas, estoy empezando a sentirme como una olla a presión de las de mi abuela, a punto de saltar por los aires de la pura frustración acumulada.

—Te has puesto más roja que un tomate de huerta —anuncia Clara con una malicia divina, dándome un codazo tonto en las costillas.

—Anda y vete a hacer gárgaras por ahí, Clara. Haz el favor de buscarte a alguien que te entretenga durante unas horas, que me estás estresando.

—Me voy encantada de la vida. ¡Pero que sepas que en algún momento me vas a dar la razón! —se despide la muy bruja, alejándose hacia la barra mientras se ríe.

Intento concentrarme en el evento, repasando los tiempos de la música y asegurándome de que el equipo de seguridad está en sus puestos. Consigo mantener la mente ocupada durante un rato, hasta que llega el momento cumbre de la noche: activar los cañones de efectos especiales.

—¡Manolo, dale caña ahora mismo! —grito, levantando el brazo derecho para hacerle la señal reglamentaria.

Los técnicos pulsan los botones del cuadro de mandos del tirón.

Durante los primeros cinco segundos de reloj, todo parece marchar dentro de la normalidad.

La espuma de colores sale disparada por las boquillas gigantes, formando unas nubes esponjosas preciosas que flotan en el aire.

La gente de la pista empieza a aplaudir entusiasmada, los hijos de los clientes chillan de pura alegría saltando por los suelos y los adultos se lanzan de cabeza a bailar bajo aquella lluvia suave y aromática.

Entonces, de buenas a primeras, el cañón número uno pega un rugido espantoso, como si fuera un dragón con indigestión, y empieza a expulsar una cantidad brutal de espuma a una velocidad que parece querer cubrir de jabón la provincia de Alicante entera.

—¿Pero qué demonios está pasando ahí? —murmuro para mis adentros, abriendo los ojos como platos.

El segundo cañón responde al instante con la mismísima intensidad desbocada, lanzando ráfagas compactas a tres metros de altura. Luego va el tercero. Y el cuarto. Aquello parece una película de catástrofes de Hollywood.

La pista de baile desaparece literalmente en un pestañeo. La espuma crece a un ritmo que da auténtico pánico: sube por las piernas de los clientes, avanza hacia las mesas reservadas y se multiplica sin compasión alguna.

Los huéspedes, que al principio se lo tomaban a cachondeo y se reían con las copas en la mano, empiezan a perder el norte y a quedarse sepultados dentro de aquella nube espesa que ya les llega por el pecho.

—¡Manolo, por lo que más quieras, apagad el aparato rápidamente! —ordeno a grito pelado, corriendo hacia la tarima de los técnicos mientras me deslizo por el suelo jabonoso.

—¡Valeria, no responde! —me grita el técnico, aporreando la consola digital con una cara de susto que da miedo.

—¿Cómo que no responde, Manolo? ¡Dale al botón de emergencia del tirón!

—¡Se ha bloqueado el software! ¡La presión está al máximo y no corta el suministro del depósito!

Perfecto. Absolutamente perfecto. Una noche idílica más en mi brillante carrera profesional en el Paraíso Azul.

—¡Valeria! —Una voz firme, cortante y con una autoridad que conozco demasiado bien resuena por encima de la música electrónica.