CAPÍTULO 27 #2
—Por supuesto, me lo imagino —murmura la inspectora, apartando la mirada con una sonrisilla de suficiencia que me promete un interrogatorio de tercer grado en cuanto salgamos de aquí.
Bajo el amparo de la mantelería de la mesa de juntas, el pie de Valeria continúa su expedición ilegal, adentrándose sin ningún tipo de pudor en territorios que violan flagrantemente cualquier manual de conducta de la empresa.
El contacto de su piel contra la mía es lento, provocador, trazando círculos pequeños que hacen que el calor se concentre en mi vientre con una fuerza peligrosa, amenazando con derretir mi capacidad de raciocinio.
Santo cielo. ¿Cómo puede una persona ser tan rematadamente insoportable y tan jodidamente atractiva a la vez?
—El torneo de vóley-playa —repito, carraspeando de nuevo porque noto la garganta seca— superó con creces los objetivos de captación de clientes de perfil alto que nos habíamos fijado en el plan de negocio inicial.
Y… y todo el mérito de este éxito se debe a la gestión del departamento de relaciones públicas, específicamente a Valeria —añado, soltando el cumplido casi por pura necesidad de desviar la atención y obligarla a retirar el pie.
Toda la mesa ovalada gira la cabeza en sincronía hacia ella. Valeria parpadea, completamente descolocada por el halago público. Yo jamás regalo flores en las reuniones.
—Gracias a la banda de música que propuso —continúo, sosteniéndole la mirada con firmeza ejecutiva mientras su pie se congela a la altura de mi muslo—.
El evento salió adelante con la excelencia que se esperaba y gracias a Valeria, que demostró una capacidad de reacción creativa sobresaliente cuando el proveedor principal nos canceló el contrato. Su gestión salvó la jornada.
Durante un segundo milagroso, la fachada gamberra de Valeria se desmorona. Sus ojos oscuros se ablandan, sus mejillas se tiñen de un rojo natural precioso y algo sumamente cálido, tierno y limpio me atraviesa el pecho de lado a lado.
—Muchas gracias, jefa —murmura ella con ese acento gaditano que le sale del alma cuando se pone nerviosa, recogiéndose un mechón suelto de la coleta tras la oreja—. Solo intenté arrimar el hombro y aportar un poquito de alegría para que los clientes no se nos aburrieran.
Asiento una sola vez, manteniendo las distancias. No añado nada más, porque si abro la boca en este estado de agitación soy capaz de cometer una imprudencia, y bastante tengo ya con sobrevivir a su acoso podal bajo la mesa.
La junta prosigue su curso durante los siguientes minutos.
Se debaten los presupuestos de mantenimiento, la inversión para la reforma de los jacuzzis de las suites presidenciales en la fase de invierno y las previsiones de ocupación para el mes de agosto, que apuntan a un lleno histórico absoluto.
Respondo a las cuestiones técnicas de Ignacio, tomo notas precisas en mi tablet y mantengo la fachada de Directora general de hierro.
O al menos lo intento con todas mis fuerzas, porque Valeria no tiene la más mínima intención de darme tregua.
Cada vez que pienso que he recuperado el control absoluto de mis pulsaciones y del ritmo de la reunión, su pie vuelve a la carga, rozando la costura de mi pantalón con una cadencia perezosa que me está volviendo loca.
Lo peor de todo es el absoluto secreto de la situación; nadie a nuestro alrededor percibe la corriente eléctrica que cruza la sala.
Nadie excepto Valentina, claro está, que nos observa alternativamente a las dos desde su posición.
Cuando por fin llego al último punto del orden del día y pregunto si queda alguna duda pendiente en el tintero, el silencio se instala en la sala de juntas.
—Por mi parte todo claro, Directora —responde el jefe de recepción, cerrando su bloc.
—Excelente. Pues si no hay más preguntas, damos por concluida la sesión. Gracias a todos por su eficiencia —concluyo, dando un golpe firme con la carpeta de cuero sobre la mesa.
Solo necesito aguantar dos minutos más mientras recogen.
Pero justo en ese instante de relajación, cuando las sillas empiezan a arrastrarse, el pie de Valeria sube con una velocidad pasmosa por mi tobillo, deteniéndose justo en la curva de mi pantorrilla para regalarme una caricia tan intensa, que por poco se me cae la pluma de las manos al suelo.
Levanto la vista de golpe, fulminándola con la mirada, y me la encuentro mordiéndose el interior de la mejilla, conteniéndose para no soltar una carcajada limpia allí mismo. Por suerte, Clara, Marte y Sofía se la llevan prácticamente corriendo, y yo lo agradezco.
Experimento un alivio físico real cuando la sala se queda vacía, como si me hubieran quitado un saco de cemento de encima de los hombros, y me dejo caer un poco en el respaldo de mi sillón, exhalando el aire que parecía tener retenido desde el mediodía.
Valentina se acerca rodeando la mesa, balanceando su carpeta de piel con una sonrisa que destila peligro. Se apoya en el borde de la madera, justo a mi lado, cruzando las piernas.
—Ha sido una junta de lo más… estimulante —comenta, entornando sus ojos.
—Estimulante es poco, vamos. Un éxito —respondo con mi voz más gélida, pasándome los dedos por la sien para calmar la jaqueca tensional.
—Muchísimo —insiste ella, inclinándose un poco más hacia mí—. Sobre todo porque es la primera vez en los años que hace que te conozco que descubro que posees semejante talento para la multitarea. El control del puntero láser mientras controlabas… otros impulsos, ha sido digno de ver.
Casi me atraganto con mi propia saliva ante la insinuación tan directa de mi amiga.
—Vete a pasear un rato por los jardines, Valentina. Por favor te lo pido.
Ella suelta una carcajada limpia, sonora y sincera, de las que solo comparte conmigo cuando nos quitamos el disfraz de ejecutivas.
—No te pongas dramática, mujer. Tus secretos están completamente a salvo conmigo. Aunque tengo que admitir que ha sido el mejor entretenimiento del verano verte mantener esa cara de esfinge de las finanzas inalterable mientras por debajo de la mesa…
—Valentina —la interrumpo con un tono de advertencia que habría hecho temblar a cualquiera.
—Vale, vale, ya me callo. Me voy a la cocina a seguir desquiciando a tu Chef, que tiene un temperamento que ríete tú de las estrellas Michelin —dice levantando las manos en señal de rendición—.
Pero que sepas que de la cena de esta noche no te libra ni el presidente del consejo de administración. ¿Queda claro?
Todavía riéndose a la salud de mi desgracia, camina con paso firme hacia la salida de cristal de la sala y yo, por fin, me quedo a solas intentando calmar el desastre que ha provocado en mí la razón de mi revolución hormonal: Valeria.