¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 27
36%

CAPÍTULO 27

AITANA

La reunión comienza exactamente a las doce en punto.

Porque, si hay algo que detesto en este mundo más que un informe de costes incompleto o un descuadre en el inventario, son los retrasos.

La puntualidad no es una opción en Paraíso Azul; es la columna vertebral de un engranaje perfecto y que mantiene en pie el lujo del resort.

La sala de juntas del ala de administración está hasta arriba.

Los responsables de cada departamento ocupan sus respectivos asientos alrededor de la imponente mesa ovalada de madera, mientras las pantallas proyectan gráficos de barras, porcentajes de ocupación y las previsiones detalladas de ingresos para lo que queda de temporada estival.

A través de los enormes ventanales de suelo a techo, el mar Mediterráneo brilla bajo el sol de justicia de finales de julio, como una postal idílica, luciendo ese azul tan intenso que parece una burla directa a las preocupaciones que nos acontecen aquí dentro.

Yo debería estar concentrada única y exclusivamente en eso.

En las cifras macroeconómicas. En los inversores que esperan que mantenga este complejo como el establecimiento más rentable de toda la cadena, por encima de los resorts de Maldivas o Santorini.

Mi reputación profesional pende de un hilo cada verano.

Debería estar analizando cada pequeño detalle, no a la mujer que tengo sentada justo enfrente de mí.

Pero ahí está ella, y me resulta física, mental y biológicamente imposible ignorarla.

Desvío la mirada apenas una fracción de segundo simulando ordenar unos informes de control de calidad sobre el tapete.

Valeria lleva puesta la blusa azul celeste del uniforme y que se ajusta con una delicadeza criminal a su torso y esa falda de tubo color azul marino que contornea sus piernas.

Tiene el cabello oscuro recogido en una coleta alta, tirante, de esas que acentúan sus pómulos y esa expresión de absoluta inocencia falsa que ya conozco demasiado bien.

Pero lo peor de todo no es la falda, ni sus labios.

Lo peor, lo verdaderamente peligroso para mi salud cardiovascular, es ese maldito pañuelo de seda rojo de Loewe que lleva anudado alrededor del cuello.

Mi pañuelo. El que me robó del armario esta mañana antes de salir corriendo de mi apartamento y con el que pretende ocultar desesperadamente la marca violácea que mi propia boca le dejó en la piel hace apenas unas horas atrás.

Un calor repentino, denso y abrasador me sube por el escote, extendiéndose como una llama lenta directo hacia mis mejillas.

Dios bendito. Soy una mujer de cierta edad, una profesional, y aquí estoy, conteniendo la respiración en mitad de una junta, contemplando un pañuelo de seda como una adolescente gobernada por un chute incontrolable de hormonas.

—¿Aitana? —La voz suave de Ignacio me devuelve a la realidad de golpe.

Parpadeo, saliendo del bucle. Todos los responsables de departamento me observan fijamente esperando una respuesta. Carraspeo con absoluta discreción, coloco los hombros hacia atrás y recupero la compostura implacable que me caracteriza en un pestañeo.

—Disculpad. Empecemos con el orden del día —ordeno con mi tono más corporativo.

A través de la mesa, capto perfectamente el leve temblor en los hombros de Valeria. Se está riendo por lo bajini de mí, la muy sinvergüenza. Aprieto los dientes y me concentro en la pantalla con todas mis fuerzas.

—Antes de desglosar el análisis financiero del último mes —anuncio, proyectando mi voz hacia el fondo de la sala—, quiero presentar de manera oficial a la persona que va a estar examinando nuestras instalaciones durante las próximas semanas.

Estoy segura de que la mayoría ya os habéis cruzado con ella estos días por el complejo.

Señalo con un gesto elegante de la mano a la mujer que se sienta a mi derecha.

—Valentina Romero, inspectora jefe de calidad y asesora gastronómica de la cadena.

Valentina sonríe, desplegando esa elegancia natural, cosmopolita y casi felina que la caracteriza desde que estudiábamos juntas.

Su melena negra azabache cae con suavidad sobre uno de sus hombros y sus ojos grises recorren la mesa de juntas con una tranquilidad absoluta, midiendo las reacciones del personal como quien domina un tablero de ajedrez.

—Encantada de poneros cara a todos —dice Valentina con una voz cálida, modulada, entrecruzando sus dedos largos sobre la mesa—.

Prometo no ser el monstruo implacable que los rumores de la central sugieren.

Vengo a colaborar con vosotros, a optimizar procesos y a asegurar que los estándares del resort sigan rozando la perfección de cara a la inspección de la Guía Gold.

Varias risas nerviosas y de cortesía resuenan en la sala.

Menos en un sector concreto. Tres puestos más allá, Sofía, permanece completamente rígida en su silla.

Tiene los brazos cruzados con fuerza y parece estar calculando mentalmente la trayectoria exacta para clavarle el bolígrafo a Valentina en el ojo.

Su hostilidad es tan evidente que casi se puede masticar en el ambiente.

Valentina, lejos de amedrentarse, clava su mirada directamente ella y su sonrisa se amplía de una forma sutil, felina, cargada de una provocación divertidísima.

—Estoy especialmente entusiasmada por trabajar codo con codo con el departamento de restauración —continúa Valentina, sosteniendo el contacto visual con Sofía sin pestañear—.

Traigo del departamento de innovación algunas propuestas interesantes para reestructurar la carta y los menús degustación para la próxima temporada.

Creo que le darán un aire mucho más vanguardista y menos… convencional al resort.

Sofía aprieta la mandíbula de tal manera que el músculo del cuello se le tensa. Apoya las palmas sobre la mesa y responde con una cortesía tan afilada que corta el aire:

—Estaremos encantados de analizar sus sugerencias, inspectora Romero. Siempre y cuando esas ideas no pretendan revolucionar un servicio de cocina que ya funciona a pleno rendimiento desde inicio de temporada.

Clara, sentada justo al lado de Sofía, agacha la cabeza de golpe, metiéndose un puño en la boca para contener una carcajada limpia que habría resonado en toda la sala.

Marta le da un codazo discreto por debajo de la mesa para que se guarde el pitorreo.

Intervengo de inmediato antes de que la cocina y la central inicien la Tercera Guerra Mundial en mi sala de juntas.

—Bien. Estoy completamente segura de que la sinergia entre la visión de Valentina y la maestría culinaria de Sofía dará excelentes resultados. Pasemos a las gráficas de rendimiento, por favor.

Pulso el mando a distancia del proyector y los datos financieros inundan la pantalla principal. Durante diez benditos minutos, mi cerebro ejecutivo toma el control absoluto de la situación. Vuelvo a ser yo. La jefa. La que domina los números.

—Como podéis observar, los ingresos brutos han experimentado un incremento del dieciocho por ciento respecto al mismo periodo del año anterior —explico con fluidez, apuntando con el láser rojo hacia los picos del gráfico—.

Este repunte tan saludable se debe de forma directa a la campaña de experiencias que implementamos en junio y a la optimización de los gastos.

Sigo desglosando los costes operativos, porcentajes de merma y las previsiones de pernoctación con una elocuencia perfecta. Todo marcha sobre ruedas. Hasta que, de pronto, siento un roce. Un contacto extremadamente suave, cálido e imperceptible en la cara interna de mi pantorrilla izquierda.

Mi voz se corta en seco durante una milésima de segundo, dejando una palabra a medio pronunciar en el aire.

Nadie en la mesa parece notar el bache, pero a mí el corazón me da un vuelco salvaje.

No puedo mirar debajo de la mesa sin perder toda la dignidad del cargo, pero no me hace falta ninguna confirmación visual para saber de quién es ese pie descalzo.

Ese tacto juguetón, descarado y ardiente pertenece a Valeria.

Noto un cosquilleo eléctrico ascender por mi pierna y mi cerebro tarda dos segundos enteros en procesar la audacia de lo que está ocurriendo.

Levanto la mirada de los papeles despacio, buscando sus ojos.

Valeria me observa desde el otro lado de la mesa con una cara de absoluta concentración profesional que ganaría un premio Óscar; apunta notas concentradísima en su libreta corporativa mientras sostiene el bolígrafo entre los labios.

La madre que la parió. Quiero despedirla y, al mismo tiempo, arrastrarla a nuestro despacho para besarla hasta que se olvide de su propio nombre. Preferiblemente en ese orden.

—Como… como les iba diciendo —retomo la explicación, haciendo un esfuerzo titánico para que no me tiemble la voz y apretando el mando de plástico entre los dedos—, los eventos especiales programados durante la campaña han resultado determinantes para el volumen de reservas en los canales digitales.

El torneo de vóley-playa, por ejemplo, logró un impacto orgánico sin precedentes en redes sociales.

Otro roce. Esta vez, la punta de sus dedos del pie sube de la pantorrilla y acaricia la línea lateral de mi rodilla, aplicando una presión lenta, deliberada y exasperante.

Valentina, que está sentada justo a mi derecha, gira la cabeza apenas un milímetro.

Nos conocemos desde los veinte años, hemos compartido demasiado y sabe leer mis mínimos cambios de tensión como si fuera un libro abierto.

Mira de reojo mis manos, luego la postura de Valeria enfrente, y una chispa de pura malicia brilla en sus ojos.

—¿Te encuentras bien, Aitana? ¿Necesitas que repasemos el desglose de marketing más despacio? —pregunta Valentina con un tono de absoluta preocupación que no se cree ni ella.

—Me encuentro perfectamente, Valentina, gracias —respondo con una sequedad tan cortante que podría congelar el resort entero.