¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

VALERIA

Treinta minutos más tarde, entro en el chiringuito aparentando normalidad, como si no hubiera pasado las últimas seis horas de mi vida follando como una salvaje bajo un cielo estrellado.

Misión suicida, os lo digo ya. Apenas he pegado ojo, el calor de las once de la mañana ya empieza a apretar de lo lindo y el pañuelo de seda de Loewe que he tomado prestado del armario de Aitana me está asfixiando la yugular de mala manera.

Clara levanta la vista de su tostada con aguacate y se queda completamente inmóvil, con el tenedor a mitad de camino. Marta, con ese ojo clínico, tarda exactamente tres segundos de reloj en oler la sangre y detectar el drama que traigo encima. Sofía, por suerte, aún no ha salido de las cocinas.

—A ver, Valeria… ¿se puede saber por qué pareces una viuda siciliana en pleno mes de agosto? —pregunta Clara, entornando los ojos con una curiosidad criminal.

Me siento rápidamente en la silla de mimbre frente a ellas, recolocándome el pañuelo con disimulo e intentando mantener una postura digna de una trabajadora ejemplar.

—Es moda, chicas, alta costura. Vosotras es que no entendéis de tendencias.

—Y una mierda como un piano de grande —salta Marta, apoyando los codos en la mesa y entrecerrando los ojos como una detective de homicidios—. Tú estás ocultando algo ahí debajo, y además lo estás haciendo de pena.

Cojo el vaso de zumo de naranja natural que pedí nada más llegar, procurando parecer la mujer más relajada del planeta. Pero Clara, que es más lista que el hambre, se inclina sobre la mesa como una depredadora acechando a su presa.

—¡Ay, por favor! ¡Ha follado! ¡Esa cara de satisfacción no engaña a nadie!

Casi me atraganto con el zumo de naranja, soltando una tos floja.

—¡Clara, por los clavos de Cristo, baja la voz!

—Que no, que esa expresión de felicidad absoluta es inconfundible —insiste la muy gamberra, señalándome directamente con la tostada chorreando aceite—. Tienes el brillo post-sexo subido, Valeria. Traes brilli-brilli del bueno por todas partes.

Marta asiente con una seriedad profesional que asusta, cruzando los brazos.

—Es totalmente cierto. Tienes la mirada exacta de quien ha visto las puertas del mismísimo paraíso y ha vuelto de allí con las rodillas temblando.

—Por lo que más queráis, dejad de hablar de mis rodillas y del paraíso —suplico pasándolo mal, abanicándome discretamente con la carta plastificada del desayuno. El maldito pañuelo de seda empieza a pegarse a mi piel por culpa del sudor y los nervios.

Clara estrecha los ojos, fijando su objetivo.

—¿Se puede saber por qué llevas ese trapo al cuello con este calor?

—Pues porque me ha parecido mono y me combina con la camisa, ya ves —respondo con una falta de convicción que daría risa a un niño de tres años.

—A cuarenta grados a la sombra. Claro que sí, súper combinable —ironiza Clara, soltando una risita pícara.

Marta sonríe con esa mueca de suficiencia que significa que me tiene totalmente cazada y acorralada.

—Valeria… enséñanos el cuello ahora mismo.

—¿Por qué?

—Valeria —repite Marta con ese tono de encargada que no admite réplicas.

—No os voy a enseñar nada, pesadas.

Clara, aprovechando que me estoy recolocando en la silla, se lanza directamente hacia delante por encima de los cafés y me pega un tirón del pañuelo de seda con una agilidad digna de mención.

—¡Clara, mi cuello!

Demasiado tarde. Aunque no ha podido quitármelo, el desastre queda al descubierto ante la luz del día y en todo su esplendor pecaminoso: amoratado, grande y absolutamente escandaloso.

Las dos se quedan completamente mudas durante un segundo eterno, mirando mi cuello como si estuvieran contemplando las ruinas de Pompeya. Después, Marta se lleva la mano derecha a la boca de forma totalmente dramática.

—Madre del amor hermoso… Eso no es un chupetón, Valeria, eso es una obra de arte.

Clara suelta un grito tan sumamente fuerte y agudo que dos matrimonios de turistas alemanes de la mesa de al lado se giran asustados, interrumpiendo su lectura del periódico.

—¡Pero bueno! ¡A ti te han querido absorber el carné de identidad y el alma entera!

Me tapo el cuello a la velocidad de la luz con ambas manos, muerta de la vergüenza, mientras noto cómo las mejillas me arden a dos mil grados de temperatura.

—¿Podéis bajar el volumen? Os lo suplico, que trabajamos aquí.

—¿Quién ha sido el vampiro? —pregunta Clara de inmediato, con los ojos inyectados en pura curiosidad cotilla—. Necesito nombre, apellidos, cargo en la empresa, profesión y grupo sanguíneo para el informe.

—Venga, suelta detalles jugosos, por favor —añade Marta, inclinándose tanto que casi mete el pelo en mi taza de café—. ¿Es alguien de la plantilla del resort? ¿La cosa va en serio o ha sido solo un desliz nocturno de los tuyos?

Niego rápidamente con la cabeza, cerrando la boca a cal y canto.

—No voy a decir absolutamente nada de quién es. De momento, ni mu.

Las dos me miran fijamente, analizándome los microgestos con cara de inspectoras de Hacienda.

—Vale… —dice Clara muy despacio, cruzando los brazos sobre el pecho con aire triunfal—. Entonces la cosa es seria. Súper seria.

—Que no es serio, pesadas, que ha sido una noche y ya está —protesto, aunque sé perfectamente que miento peor que un político en campaña.

—A otra con ese cuento, Valeria. Si esto hubiese sido solo un polvo casual de una noche de verano, ya nos habrías enseñado hasta la foto del DNI de la muchacha en el móvil y nos habrías desglosado cada gemido robado —afirma Marta con una convicción profesional aplastante.

Maldita sea mi estampa. Tiene toda la puta razón del mundo. Y el darme cuenta de eso me pone todavía más de los nervios.

—¿Te gusta?

Bajo la vista de forma automática hacia el vaso de zumo, jugueteando con la pajita, y ese simple gesto me delata más que si hubiera firmado una confesión ante un juez de guardia.

—Joder, nuestra gaditana está enamoradísima.

—Que no estoy enamorada, de verdad, dejadme en paz… —murmuro sin ninguna fuerza defensiva.

—Claro que no, mujer —responde Marta con una ironía fina—. Y yo doy los masajes de piedras volcánicas vestida con una sotana de cura. Venga, va, cuéntanos algo más. ¿Dónde narices la conociste?

—Pues por ahí —explico de forma totalmente evasiva.

—¿Pero dónde exactamente? —insiste Clara, dándome un golpecito en el brazo.

—Por ahí, en un sitio.

—«Por ahí» no es un sitio geográfico, Valeria.

—Pues en un lugar estratégico localizado cerca del agua del mar, mira tú qué cosas —le respondo, intentando poner una voz misteriosa e interesante.

Las dos estallan en una carcajada limpia justo en el momento en que aparece Sofía con una cara de querer asesinar a toda la humanidad con un cuchillo cebollero. Se deja caer con un suspiro dramático e infinito en la silla libre junto a nosotras, bufando como un toro de lidia.

—Os lo juro por mis sartenes de acero fundido que voy a cometer un homicidio en primer grado de un momento a otro.

—Buenos días a ti también, mi amor —la saluda Clara con una sonrisa radiante.

Sofía se aparta un mechón de pelo de la cara, resoplando con indignación.

—Ha llegado la nueva inspectora de calidad que ha mandado la cadena. Valentina, se llama. Es absolutamente insoportable, os lo juro

Marta sonríe, frotándose las manos, divertida con el panorama.

—¿Y qué te ha hecho para que te pongas así?

Sofía pone los ojos en blanco e imita una voz refinada, pija y repelente de manual de escuela de negocios:

—«Señorita Jiménez, considero que la reducción de cítricos de su tataki carece de un equilibrio aromático adecuado.

Necesita aportarle más profundidad a la experiencia gastronómica».

¿Os lo podéis creer? ¡A mí, que tengo tres recomendaciones en la guía!

¿Y sabéis qué es lo peor de todo? Que es absurdamente guapa, alta y elegante, lo cual me toca las narices el doble.

Clara rompe a reír, dándole un golpe a la mesa.

—Uy, uy, uy… ¡ahí lo que hay es una tensión sexual del copón!

—Ahí lo que hay son unas ganas asesinas de tirarle una paella de marisco entera a la cabeza para ver si mantiene el equilibrio —replica Sofía con rabia, aunque un leve y delator rubor rosa le aparece en las mejillas.

No puedo evitar partirme de risa con ellas, olvidándome por un segundo de mi propia crisis existencial.

Durante los siguientes diez minutos, el desayuno se convierte en un caos maravilloso de bromas, cafés, cruasanes y teorías totalmente absurdas sobre cómo tapar mi chupetón antes de la dichosa reunión de las doce.

—Yo voto por el corrector verde—sugiere Marta con ojo profesional.

—Quita, quita, eso parece moho de pared húmeda —le contesta Clara haciendo una mueca de asco.

—Pues entonces maquillaje corporal impermeable de larga duración, del que usan las de natación sincronizada.

—Con este calor que hace en Alicante se me va a derretir y voy a parecer el Ecce Homo —protesto horrorizada.

—Ponte un par de tiritas de color carne una encima de la otra —propone Sofía, encogiéndose de hombros.

—¿Y qué voy a decir en la oficina, Sofía? ¿Que me ha atacado un tiburón blanco superromántico en mitad de la cala?

Sofía me mira el cuello con detenimiento y suelta un silbido de auténtica impresión.

—Hija de mi vida, ese mordisco no te lo arregla ni la Seguridad Social, guapa.

Gimo flojito, apoyando la frente directamente contra la madera de la mesa, derrotada por las circunstancias.

—Estoy muerta. Voy a tener que pedir la baja por motivos estéticos y despedirme socialmente de este resort.

Clara me da unas palmaditas totalmente dramáticas y condescendientes en la espalda.

—Bueno, tú tranquila, mujer. Piensa que peor sería que la dueña y señora de ese chupetón fuera alguien de la alta esfera o importante dentro del resort. Imagínate el escándalo que se armaría.

El corazón me da un vuelco tan sumamente bestial contra las costillas que por poco echo el café con leche por la nariz. Marta me mira muy fijamente, despacito, uniendo los puntos con la precisión milimétrica de una detective experta.

—Valeria… —dice arrastrando las palabras con una sonrisa que da auténtico miedo.

—Ni se te ocurra pensarlo, Marta, que te veo las intenciones de lejos.

Ella se limita a sonreír de medio lado, disfrutando como una enana de mi pánico absoluto.

Y justo en ese preciso instante, como si el universo entero fuese su cómplice, Aitana hace su entrada triunfal en la terraza de La Ola acompañada por dos hombres con cara de tener muchos millones en el banco.

Va impecable, luciendo un traje de chaqueta blanco inmaculado que le resalta la figura de una forma espectacular, unas gafas de sol de Chanel y el pelo recogido en un moño elegante y perfecto.

Vamos, la definición exacta y gráfica de una fantasía prohibida.

Todo mi cuerpo entero reacciona como un resorte con solo verla aparecer a lo lejos, y lo peor de todo es que ella, que tiene siempre el GPS activado, me localiza enseguida entre la multitud de las mesas.

Su mirada desciende apenas un segundo por debajo de sus gafas y se queda fija en mi cuello torpemente cubierto.

Ese brillo casi imperceptible de absoluta satisfacción, orgullo y posesión que aparece en sus ojos me provoca un sofoco inmediato, profundo y abrasador.

Clara sigue la trayectoria de mi mirada, luego observa detenidamente a Aitana, después me mira a mí con los ojos desencajados y, finalmente, clava la vista en el pañuelo de seda de Loewe.

La muy desgraciada abre la boca tan despacio que creo que se le va a desencajar la mandíbula.

—No me lo puedo creer. No puede ser.

Marta se queda completamente congelada en el sitio, con la taza a mitad de camino al ser consciente de la verdad que he intentado ocultar todo este tiempo. Sofía parpadea varias veces seguidas, procesando la información a velocidad de un caracol.

—No me jodas… ¿¡la jefa!? —susurra de golpe, con una cara de incredulidad absoluta.

Aitana sigue caminando hacia el interior reservado, como si la cosa no fuera con ella, como si no me hubiera marcado la piel hace apenas unas pocas horas en la arena, como si no me hubiera comido entera hasta quedarse sin respiración y como si no hubiera gemido mi nombre una y otra vez como una loca a lo largo de toda la noche.

Pero justo antes de desaparecer por la puerta de cristal, vuelve la cabeza, nuestras miradas chocan y os digo yo que arde Alicante entera. Literalmente todo. Hasta mis pestañas.

Clara sonríe con una maldad divina, frotándose las manos:

—Bueno, chicas… pues ya tenemos el nombre, los apellidos y el cargo oficial de la artista.

Y de pronto, os lo juro por Dios, solo quiero que la tierra se abra, me trague entera y no volver a aparecer por el resort hasta el próximo verano.