CAPÍTULO 25
VALERIA
Despertarme en la cama de Aitana debería estar penado.
No existe ninguna explicación lógica ni médica para que una persona humana pueda abrir los ojos un lunes por la mañana y encontrarse semejante visión panorámica sin sufrir un infarto fulminante.
La luz se filtra con una delicadeza casi poética entre las cortinas de lino blanco de su apartamento privado, bañando el suelo de parqué y las sábanas en unos tonos cálidos que parecen de anuncio.
Ella sigue completamente dormida a mi lado.
Descansa con su melena toda revuelta sobre la almohada, respirando despacito y luciendo una expresión tan serena, tan de paz, que me dan ganas de hincarle el diente otra vez.
Parece una persona distinta a la directora estirada que recorre el resort como si hubiese nacido con unos tacones de aguja incrustados en los pies y un fajo de órdenes afiladas bajo el brazo.
Su respiración es profunda, rítmica, y esos labios carnosos y entreabiertos me invitan de mala manera a recordar cosas que todavía me queman con fuerza en la memoria.
Me incorporo un pelín sobre el colchón, con un cuidado que ya quisieran los de desactivación de explosivos, sujetando la sábana blanca contra mi pecho completamente desnudo mientras me dedico a observarla como un lobo a su presa.
Madre mía. Lo que pasó anoche en la cala fue...
Cierro los ojos con fuerza, mordiéndome la lengua, intentando contener la oleada de calor sofocante que me recorre el cuerpo desde los dedos de los pies hasta las pestañas.
No, Valeria, no. No vayas a recordar ahora mismo cómo te frotaste contra su pierna o cómo te sentaste en su cara .
Aitana se mueve ligeramente entre las sábanas de seda soltando un quejido perezoso, y su brazo desnudo, se enrosca a mi cintura con una naturalidad pasmosa.
El contacto es leve, un simple roce de piel con piel, pero es más que suficiente para provocarme un escalofrío eléctrico que me baja por toda la columna vertebral del tirón.
—¿Por qué me miras con esa cara? —murmura de pronto, sin abrir los ojos, con esa voz grave, pastosa y ronca de recién despertada que parece diseñada por el mismísimo demonio para hacer pecar a las masas.
Que Dios bendiga a la madre que parió esa voz, de verdad.
Sonrío de oreja a oreja sin poder evitarlo, sintiendo cómo el corazón se me pone a mil por hora, como si estuviera cometiendo un delito menor.
—Porque estoy intentando averiguar si eres de carne y hueso o si es que anoche me dio un golpe de calor del que todavía no me he recuperado.
Ella abre los ojos muy despacio. Unos ojos verdes, profundos, todavía empañados por el sueño y la pereza. Cuando fija la mirada en mí, una sonrisa pequeñita, íntima, pícara y que sé que es solo para mí, asoma en las comisuras de sus labios.
—Eres muy escandalosa por las mañanas —susurra, estirando las palabras con una sensualidad que me mata.
—Y tú eres insultantemente guapa. Mira, cada una tiene los defectos que puede —le respondo con toda la ligereza que soy capaz de reunir, aunque por dentro me estoy derritiendo como un polo de limón al sol de las tres de la tarde.
Aitana suelta una risa baja, una vibración profunda que resuena en su pecho y que me da un pellizco tierno en el fondo del mío.
Es que no me acostumbro a verla de esta manera: desarmada, cálida, humana…
vulnerable, vaya. Me acerco un palmo más por el colchón y ella, con un movimiento lento, desliza sus dedos largos por mi brazo desnudo, trazando un mapa invisible y peligroso sobre mi piel que me pone los vellos de punta.
—A ver… ¿qué hora es? —pregunta sin dejar de acariciarme el hombro.
Estiro el brazo con cuidado para coger el móvil de encima de la mesita de noche y, en cuanto la pantalla se enciende, el alma se me cae a los pies del susto.
—¡Me caguen diez! ¡Aitana, que son las diez y media de la mañana!
Aitana frunce el ceño con una suavidad extrema, sin dignarse a apartar la mano de mi cadera.
—¿Y?
La miro con los ojos como platos, incorporándome del todo en la cama.
—¿Cómo que «y»? A las doce en punto has convocado tú misma la reunión de estrategia final del trimestre con todos los jefes de departamento.
Además, he quedado con las chicas en el chiringuito para desayunar en media hora y, como llegue tarde, no te quieres ni imaginar la de preguntas que me van a hacer.
Ella arquea una ceja con esa elegancia innata.
—Te van a preguntar igualmente. Sobre todo por…
—¿Por qué? —la interrumpo, entrando en pánico general, mirándola con cara de asustada—. ¿Qué tengo en la cara? ¿Se me ha corrido todo el rímel o qué?
—En la cara no tienes nada, Valeria. El problema lo tienes en el cuello.
Intento saltar de la cama como un resorte para ir al baño, pero Aitana me agarra de la cintura con una firmeza impecable y me atrae de un tirón contra su cuerpo, pegando mi espalda directamente sobre su pecho desnudo.
Su piel está ardiendo, suave, y el olor a sexo de anoche me hace cerrar los ojos en un acto reflejo de pura sumisión.
—Dame cinco minutos más —murmura muy cerca de mi oído, con esos labios carnosos rozándome el lóbulo de la oreja con maldad—. Solo cinco minutos, Valeria. La reunión puede esperar un poco y tus amigas también.
—Maldita sea tu estampa, Aitana, tú no puedes hacerme esto a estas horas —protesto en un susurro ahogado, aunque mi cuerpo ya se ha rendido y se amolda a sus curvas.
—¿El qué no puedo hacerte? —pregunta con una inocencia más falsa que un duro de madera, mientras la punta de su nariz recorre lentamente el lateral de mi cuello.
—Pues hablarme, tocarme como si me fueras a comerme otra vez… Eres un peligro para la productividad de esta empresa, jefa.
—Anda, mira quién habla… ¿Acaso tengo que recordarte yo con pelos y señales lo que me hiciste anoche en la arena de la cala?
¿Cuándo tenías pensado contarme que movías las caderas con ese arte, Shakira?
—me suelta con una picardía salvaje, provocando que mi cerebro recree en alta definición el momento exacto en el que me quité las bragas y me monté encima de su cara.
—Cállate ya, por favor, qué poca vergüenza tienes… —le digo, escondiendo la cara en la almohada muerta de la vergüenza.
Aitana se queda quieta un instante, demasiado quieta, y luego me obliga a girarme apenas para mirarme fijamente a los ojos. Tiene esa sonrisilla satisfecha, pícara y ligeramente traviesa de la que se sabe ganadora y que siempre me revoluciona las hormonas.
—Valeria…
—¿Qué?
—Creo sinceramente que va a ser mejor que uses mi corrector de ojeras si quieres tener alguna posibilidad de ocultar ese chupetón —confiesa con total desparpajo.
Aparta con una delicadeza extrema un mechón de mi pelo oscuro de la base del cuello y sonríe con orgullo patrio—: Me parece que anoche me pasé un poquito mordiéndote.
Salgo disparada de la cama como si hubiese visto un fantasma.
—¡No me jodas!
Corro descalza hacia el espejo del baño y ahí está el desastre. Un chupetón monumental, de un rojo violáceo escandaloso y reluciente, decorando el lateral de mi cuello como si fuera una medalla olímpica al pecado más dulce del verano.
—¡Aitana! —grito desde el baño, a medio camino entre la indignación y la vergüenza más absoluta.
La escucho soltar una carcajada limpia, clara y totalmente despreocupada desde la habitación; una risa de las suyas que me desarma y me derrite las defensas.
—¡Que no tiene ni puta gracia, que ahora tengo que ver a las chicas! —protesto en voz alta, aunque una sonrisa traicionera se me escapa al mirarme en el reflejo.
—Pues un poco de gracia sí que tiene, no me lo niegues —me responde ella, apareciendo de golpe en el marco de la puerta del baño, todavía riéndose y apoyándose con una naturalidad pasmosa mientras sujeta la sábana enrollada con gracia a la altura de su pecho.
Sinceramente, debería estar terminantemente prohibido por la OMS que una mujer de cuarenta y dos años tenga esas curvas, la piel dorada que se carga y ese atractivo capaz de desencajarte la mandíbula al verla pasar.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —le digo, señalándola con el dedo acusador—. Que encima no tienes ni un miligramo de remordimiento en el cuerpo.
Ella cruza los brazos justo bajo el pecho, haciendo que la sábana amenace peligrosamente con deslizarse y dejarme sin respiración. Su mirada es de pura, dura y absoluta satisfacción.
—Ninguno. De hecho, me fascina saber que hoy vas a ir por todo el resort luciendo mi huella grabada en la piel. Aunque solo sea por unas cuantas horas.
Mi cerebro sufre un cortocircuito monumental durante unos segundos enteros y ella sonríe con lentitud, sabiéndose perfectamente el efecto devastador que causa en mi pobre sistema nervioso.
Y es ahí, entre el bidé y el lavabo de mármol, es cuando me doy cuenta que estoy perdidamente enamorada de mi jefa. ¿Que si es demasiado pronto? ¿Que llevamos dos telediarios? A la mismísima mierda con el tiempo.