¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

AITANA

El beso comienza suave, una caricia pausada cargada de una timidez que no encaja con nosotras y con el dulce sabor de las fresas maduras y el champán francés bailando perezosamente entre nuestras lenguas.

Es un amago de romanticismo idílico bajo la luna llena, que se rompe en cuanto mis labios se separan un milímetro para tomar aire, y Valeria toma el control absoluto de la situación.

Su boca se vuelve exigente de golpe, voraz, descarada, hambrienta.

Me besa como si llevara meses enteros conteniendo una necesidad física dolorosa, como si yo fuera el único alimento capaz de saciar su apetito.

Sus manos se clavan firmemente en los costados de mi cintura por encima del vestido, arrugando la tela sin la menor contemplación, y tira de mi cuerpo hacia el suyo con una fuerza física que me roba el aliento.

Tengo cuarenta y dos años. Aunque me cuido de forma obsesiva, entreno en el gimnasio cada mañana a primera hora y sigo una dieta impecable, soy plenamente consciente de que mi cuerpo ya no es el de una chica de veinticinco.

Tengo mis líneas de expresión, mis inseguridades, pero a esta gaditana loca no parece importarle en absoluto mis complejos.

Me besa con una devoción tan brutal que me hace sentir, sin lugar a dudas, como la mujer más deseable, hermosa y poderosa sobre la faz de la Tierra.

Gimo de forma sorda contra su boca, perdiendo la noción de la realidad, y respondo a sus caricias con un gemido ahogado y profundo que escapa directo desde mi pecho.

Al instante, siento una punzada de vergüenza por el sonido tan sumamente ronco, necesitado y obsceno que acaba de salir de mi garganta.

Esto es una locura, Aitana , me repito a mí misma en un último y patético intento de activar mi cerebro.

Yo, la mujer inflexible que siempre mantiene el control absoluto de cada pequeño aspecto de su vida, estoy tumbada a medianoche sobre unos cojines desordenados en una cala privada, dejando que una subordinada muchísimo más joven me devore viva sin piedad, sin darme tregua y sin dejar un solo rincón de mi anatomía sin ser marcado a fuego por su boca.

—Valeria… por favor… —susurro como puedo en cuanto sus labios descienden por mi barbilla, permitiendo que el aire entre a mis pulmones agonizantes.

—Shh… cállate y déjate llevar de una vez —ordena ella con una voz ronca, pastosa por el deseo, mientras muerde mi labio inferior con la fuerza justa para hacerme jadear de puro placer—. Déjame disfrutar de ti como Dios manda....

Antes de que pueda procesar sus palabras, Valeria se sube encima de mí con una agilidad felina, sentándose a horcajadas sobre una de mis piernas.

Su vestido se le arremanga por los muslos hasta quedarse a la altura de la cadera, y su rodilla presiona directamente mi sexo.

Madre mía. Siento el calor húmedo y abrasador de su sexo presionando mi piel a través de sus bragas, y noto perfectamente cómo mi propia excitación, desbocada como un río en mitad de una tormenta, empapa la fina tela de encaje de las mías.

Mis manos, completamente ansiosas, torpes y desprovistas de cualquier atisbo de protocolo, recorren sus muslos buscando piel, calor y realidad, clavándole los dedos.

No sé en qué momento exacto empieza el movimiento, pero pronto Valeria comienza a frotarse contra mí con un ritmo lento, deliberado, tortuoso y terriblemente rítmico, presionando su rodilla justo en el punto exacto donde más lo necesito.

Me arqueo de forma instintiva sobre los cojines.

Ella desciende su boca hacia mi cuello, mordiéndome con suavidad justo bajo el lóbulo de la oreja, y jadea contra esa zona tan sensible, erizando cada milímetro de mi piel y haciéndome temblar como una adolescente.

—No te haces una vaga idea de las noches que he soñado con esto, Aitana… —susurra de forma pecaminosa contra mis labios, rozándolos con los suyos, antes de volver a besarme con una fiereza que me hace ver estrellas.

Yo también lo he soñado. Dios sabe que lo he soñado hasta la saciedad en mis noches más solitarias en mi apartamento.

Pero mi maldito orgullo me impide decírselo en voz alta.

En lugar de usar las palabras, me dedico por entero a tocarla, a hundir mis dedos en sus nalgas firmes y prietas, apretándola contra mi cuerpo mientras siento cómo me humedezco cada vez más, cómo mi sexo palpita de pura necesidad.

Mis dedos bajan con desespero por sus muslos tensos, clavándole las uñas sin querer, buscando desesperadamente ese calor empapado que ya se filtra de forma evidente a través de sus bragas.

—He soñado con pasarte la lengua por cada rincón de tu cuerpo jefa… —continúa ella, moviendo sus caderas con más fuerza, con un ritmo que me está volviendo loca de atar— y con sentir cómo te derrites enterita en mi boca.

Un calor abrasador me sube por todo el cuello hasta instalarse en mis mejillas, encendiéndome por dentro.

Paco, el de mantenimiento, tenía toda la maldita razón del mundo cuando me soltó aquello de que necesitaba darme una alegría para el cuerpo.

Follar con una mujer con este desparpajo, con esta juventud y esta energía salvaje es como subirse veinte veces seguidas a la atracción más alta de un parque de atracciones sin arnés de seguridad.

—¿Qué ocurre, Aitana? —pregunta ella de golpe, deteniendo el movimiento de sus caderas como si pudiera leer a la perfección los pensamientos que saturan mi mente.

Se incorpora ligeramente sobre mí, apoyando las manos a los lados de mi cabeza, y me mira fijamente a los ojos con un brillo de pura lujuria mientras una de sus manos se cuela con decisión por debajo de mi vestido.

Sus dedos apartan la tela de mis bragas con una lentitud deliberada, tortuosa, que me hace jadear—.

¿No te gusta que tome el mando? ¿O es que la Directora se está asustando?

—No digas… tonterías, Valeria… —respondo con la voz completamente rota, quebrada por la tensión sexual, mientras empujo de forma instintiva mis caderas hacia arriba, buscando el contacto de sus dedos con una desesperación que me asusta.

Valeria sonríe con una picardía puramente gaditana, relamiéndose los labios, y no tarda ni un segundo en complacer mi muda súplica.

Sus dedos se deslizan con maestría entre mis pliegues íntimos, completamente empapados, sintiéndose deliciosamente fríos contra mi calor abrasador.

El placer es tan sumamente agudo, directo e intenso que noto cómo mis pezones se endurecen dolorosamente contra la tela fina del vestido de marfil.

Escucho el sonido húmedo, obsceno y maravilloso de sus dedos entrando y saliendo de mí, curvándose con una precisión milimétrica justo en ese punto interno que me hace perder la puta razón.

Perdiendo los papeles, levanto una mano temblorosa y tiro con fuerza del escote de su vestido de lino, liberando uno de sus pechos para atraparlo con ansia entre mis dedos, estrujándolo y amasándolo con pura necesidad animal.

—Estás completamente empapada, jefa… —gruñe ella cerca de mi oído, aumentando el ritmo, follándome con los dedos con una fuerza brutal mientras su dedo pulgar dibuja círculos perfectos y despiadados sobre mi clítoris hinchado—.

¿Cuánto tiempo llevas deseando que te meta mano, Aitana?

Cuéntame. ¿Desde que te tiré aquel cóctel…

o desde el remojón después de disfrutar de las curvas del Kamikaze?

Sus dedos entran y salen de mi cuerpo con una energía desbordante, golpeando rítmicamente ese punto mágico que me hace arquear la espalda sobre los cojines y ver estrellas en mitad de la noche.

El orgasmo se me echa encima demasiado rápido, de una forma brutal, violenta e incontenible.

Intento por todos los medios ahogar mis propios gemidos tapándome la boca con el dorso de la mano izquierda, horrorizada de que alguien pueda estar paseando por los acantilados, pero Valeria me agarra la muñeca con firmeza y me la aparta de la cara de un tirón.

—Ni se te ocurra taparte, Aitana. Quiero oírte —exige con un tono autoritario que me vuelve loca, añadiendo un tercer dedo en mi interior sin previo aviso—. Quiero que grites mi nombre con ganas, aunque te dé vergüenza.

Me corro con una violencia inaudita apenas unos minutos después, incapaz de contener el torrente de placer.

Mi cuerpo se tensa como un arco perfecto sobre la arena, mis paredes internas se contraen con una fuerza descomunal alrededor de sus dedos y grito su nombre, desgañitándome en mitad de la cala mientras el placer más puro me atraviesa la espina dorsal como un rayo candente.

Valeria, lejos de asustarse, no detiene sus movimientos para nada.

Sigue follándome con los dedos con un ritmo frenético, prolongando la oleada del orgasmo, hasta que empiezo a temblar descontroladamente y un par de lágrimas de puro éxtasis escapan de mis ojos nublados.

Cuando por fin retira la mano de mi interior, dejándome flotando en una nube, se inclina sobre mi rostro y me besa con tanta pasión, que creo de verdad que me va a robar el alma.

—Por favor… déjame tocarte —suplico con la voz entrecortada, agarrándola por las caderas con una necesidad urgente de reciprocidad.

Sus ojos marrones brillan con una lujuria pura, líquida y salvaje bajo la luz de la luna.

—Está bien, jefa. Toda tuya —concede con una sonrisa de lo más canalla.

Se quita las bragas con un solo movimiento rápido y fluido de sus piernas y se arrastra hacia arriba por mi cuerpo con una determinación pasmosa, hasta colocarse y sentarse directamente sobre mi cara.

Su sexo joven, terso y completamente empapado en sus propios jugos desciende sobre mi boca sin ningún tipo de preámbulo.

Huele a deseo salvaje, a sexo puro y a mujer en celo.

Pierdo la cabeza. Empiezo a lamerla con una desesperación que no sabía que poseía, hundiendo mi lengua lo más profundo posible entre sus labios mayores, succionando su clítoris hinchado con fuerza mientras ella se frota de delante a atrás contra mi rostro sin tener ninguna piedad de mi falta de aire.

—Así… joder, Aitana, sí… ¡dale ahí! —gime ella con fuerza, echando la cabeza hacia atrás.

Valeria me folla la cara de una manera brutal, desinhibida y desesperada.

Sus caderas se mueven en círculos perfectos, adelante y atrás, restregando su coño mojado contra mi lengua, mi nariz y mi barbilla de forma salvaje.

Apenas puedo respirar por la presión de su cuerpo, el aire me falta y me asfixio entre sus muslos, pero me da exactamente igual.

No me importa morir ahogada esta noche si es en este altar.

Solo quiero que se corra en mi boca, saborearla y hacerla mía.

Valeria empieza a temblar de forma violenta de la cabeza a los pies. Los músculos de sus muslos se aprietan con una fuerza increíble alrededor de mi cabeza, bloqueándome los movimientos.

—Me voy a correr… ¡Aitana, que me corro ya! —me avisa con la voz completamente rota por el clímax.

Y lo hace de una manera espectacular. Se corre con una fuerza brutal, gritando mi nombre al viento de la costa mientras sus jugos calientes, abundantes y densos inundan mi boca, mi lengua y mi rostro.

Sigue frotándose contra mí con una violencia rítmica durante varios segundos más, espasmódica, hasta que el orgasmo la deja completamente temblando y sin fuerzas sobre mi cara.

Cuando por fin recupera un mínimo de movilidad y se aparta de mi rostro, se da la vuelta sobre los cojines y coloca su cuerpo en la postura de la tijera contra el mío.

Nuestros sexos, completamente empapados, abiertos y sensibles, se encuentran de frente en un choque térmico brutal, y el simple roce directo de nuestra piel desatada es tan sumamente intenso que ambas gemimos al unísono.

El sonido húmedo, rítmico y obsceno de nuestros coños frotándose con fuerza inunda el silencio de la cala abandonada.

—Joder… Valeria… —gimo, echando la cabeza hacia atrás sobre el cojín, perdiendo la cordura por segunda vez.

Valeria me agarra firmemente de las caderas con ambas manos, hundiéndome las uñas, y me folla sin piedad alguna, restregando su sexo contra el mío con una intensidad que raya en lo salvaje y lo primitivo.

Me corro otra vez casi de inmediato, soltando un grito desgarrador, y ella me sigue apenas unos segundos después, soltando un alarido agudo, clavándome las uñas en piel mientras se deshace espasmódica contra mí.

Durante la siguiente hora, esa mujer de veintitantos años me hace suya de todas las formas posibles, imaginables y prohibidas, sin quitarnos apenas la ropa, jugando con los encajes y las telas arrugadas.

Me corro cuatro veces más a lo largo de la madrugada, y cada maldito orgasmo es muchísimo más devastador, prolongado y profundo que el anterior, dejándome el cuerpo laxo, la mente en blanco y el corazón temblando.