¿Y a ti, qué más te da mi edad, jefa? (Paraíso Azul 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

VALERIA

A las once y cincuenta de la noche, me encuentro junto a la barandilla de piedra del viejo faro abandonado, intentando por todos los medios no parecer una psicópata desquiciada carcomida por los nervios de una primera cita.

La brisa nocturna es una bendición a estas horas, trayendo un aroma intenso a sal marina, a pinos y a jazmín en flor.

El mar brilla con un tono oscuro, casi magnético, reflejando la luz de una luna llena espectacular que parece puesta ahí por el mismísimo departamento de decoración del hotel.

A lo lejos, se escucha el canto escondido de algunos grillos entre los arbustos y alguna que otra lucecilla, proveniente de los barcos, tintinea en la lejanía.

Para la ocasión, y tras un debate de lo más tenso por videollamada con Marta, me he puesto un vestido de tirantes azul claro que, según las sabias palabras de mi amiga me “potencia el culo, realza el bronceado y multiplica por mil las posibilidades de éxito sexual”.

Yo solo espero que funcione. Cuando escucho el crujido inconfundible de unos pasos sobre la grava del camino, me giro de golpe y…

Madre de mi vida. Que me caigo muerta aquí mismo sobre las rocas.

Aitana emerge de entre la penumbra del sendero iluminada por la luna con un vestido largo de gasa color marfil que parece haber sido diseñado por los mismísimos ángeles con el único propósito de destruirme y mandarme directa a urgencias.

La tela, semitransparente y ligera como una pluma, se mueve al compás del viento de la costa, pegándose con una delicadeza criminal a sus curvas de infarto.

Lleva el pelo suelto, ligeramente ondulado por la humedad del mar, y calza unas sandalias finas de tiras que dejan al descubierto sus tobillos.

Parece una auténtica diosa del Olimpo, una muy peligrosa, imponente y absolutamente irresistible.

Me quedo mirándola de arriba abajo con la boca abierta, sintiéndome la mujer más idiota del planeta entero, mientras ella se detiene a escasos dos metros de mí, mirándome con una timidez que me resulta del todo nueva en ella.

—Hola, Valeria —susurra con una voz que me hace vibrar hasta las pestañas.

Os juro que en este momento no tengo ni la más remota idea de cómo funciona el mecanismo de las cuerdas vocales. Se me ha olvidado hablar.

—Hola… jefa. Bueno, Aitana. Hola —respondo al fin, logrando hilar las palabras de milagro.

Sus labios se curvan apenas en una sonrisa de lo más dulce y contenida.

—Estás muy callada, ¿no? Eso sí que es una novedad en ti. Empiezo a pensar que me he equivocado de camino y me he encontrado con otra persona.

—Es que estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para recordar cómo se forman las frases en castellano, de verdad te lo digo —admito con total sinceridad, llevándome una mano al pecho para comprobar que el corazón sigue ahí—.

Verte así… vestida de esa manera y con el pelo suelto...

es demasiado para mi salud mental, Aitana. Estás...

Joder, me he puesto caliente.

Aitana baja la vista un segundo, ladeando la cabeza con un ligero rubor que la luna se encarga de delatar en sus mejillas, y ese gesto de timidez me mata de amor si es que eso es posible.

Ver a la mujer más poderosa del resort mostrarse insegura frente a mí es la cosa más rara, preciosa y tierna del mundo.

—Tú también estás increíble —dice finalmente, volviendo a mirarme y modulando una suavidad completamente nueva en su tono de voz—. Ese color azul te sienta de maravilla.

Sonrío de medio lado, recuperando un poquito de mi desparpajo habitual para que no se note que me tiemblan las rodillas como si fueran de gelatina.

—Cuidado, Directora. Como sigas hablándome con esa dulzura y regalándome los oídos de esa manera, voy a terminar creyéndome que te gusto de verdad y te vas a tener que quedar conmigo todo el verano por contrato.

Ella niega con la cabeza entre risas, soltando una carcajada bajita que me ensancha el alma, mientras empieza a caminar hacia el inicio del sendero escondido entre la maleza.

—Ven aquí, andaluza descarada. No te quedes atrás.

La sigo de inmediato, soltando alguna que otra risa tonta y vigilando dónde piso.

El sendero que descubrió Paco serpentea con gracia entre pinos altos, matorrales de romero y pequeñas rocas que quedan iluminadas por la luz plateada de la luna.

El sonido del oleaje rompiendo contra las rocas se vuelve cada vez más intenso, más rítmico y más cercano con cada paso que damos colina abajo.

En cuestión de tres minutos, la cala escondida aparece delante de nuestros ojos como por arte de magia.

Pequeña. Recogida. Perfecta. Absolutamente privada.

Aunque no es eso lo que llama mi atención.

Sobre la arena hay distribuidos varios cojines grandes de lino blanco y mantas mullidas.

Alrededor del espacio, una docena de velas protegidas dentro de faroles de cristal de estilo marinero proyectan una luz cálida, dorada y titilante que crea un ambiente de película romántica de las buenas.

Y justo en el centro, sobre una pequeña mesa baja de madera flotante, reposa una cubitera plateada con una botella de champán de los caros rodeada de hielo y un cuenco rebosante de fresas rojas maduras.

—Aitana… —murmuro, girándome hacia ella con los ojos brillantes de la emoción—. Pero bueno... ¿se puede saber qué es esto?

Ella se remueve en su sitio, pareciendo extrañamente incómoda y vulnerable de repente, frotándose las manos con cierta timidez mientras observa el escenario que ha preparado.

—Quizá me he excedido un poco con la puesta en escena, ¿verdad? —admite, rascándose la nuca con una sonrisa algo nerviosa—. Lo siento si es demasiado pretencioso. La verdad es que no sabía muy bien cómo organizar algo así sin caer en los tópicos.

—¿Demasiado pretencioso? —me acerco a ella a paso rápido, cogiéndole las manos y obligándola a mirarme con una sonrisa de oreja a oreja—.

Pero si esto es una auténtica maravilla.

Te juro por mi madre que en mi vida nadie había hecho algo tan bonito, tan pensado y tan especial por mí. Me vas a hacer llorar y todo.

Sus hombros rígidos se relajan de forma perfectamente visible al escuchar mis palabras, y una oleada de alivio cruza sus ojos verdes.

—Me alegra mucho escuchar eso —dice en un susurro sincero.

Nos quitamos el calzado y nos sentamos juntas sobre las mantas mullidas, y nos acomodamos en los cojines dejando que la brisa del mar nos acaricie el rostro. Aitana descorcha la botella de champán con una destreza impecable, sirve dos copas y me entrega una, rozando mis dedos en el proceso.

La conversación empieza despacio, como el oleaje de la noche.

Al principio, para romper el hielo y espantar los nervios iniciales, hablamos de algunas anécdotas absurdas y divertidas de los huéspedes del resort, riéndonos de las excentricidades de los socios ricos.

Pero poco a poco, conforme el champán va haciendo su efecto y la intimidad de la cala nos envuelve, el tono cambia de forma natural.

La noche se vuelve más íntima, suave, cercana y densa.

Aitana estira sus piernas largas sobre la manta, hunde los pies en la arena fresca y suelta un suspiro largo, de esos que arrastran el cansancio y la tensión de toda una semana de trabajo.

—Mi familia odiaría esto con todas sus fuerzas —comenta de golpe en voz baja, con la mirada fija en las burbujas de su copa.

—¿Por qué dices eso? —pregunto, ladeando la cabeza para observarla de perfil, fascinada por las sombras que la luz de las velas proyecta en su rostro.

—Porque aquí la gente es feliz de forma sencilla.

Porque en esta cala no hay ninguna necesidad de aparentar un estatus, un apellido…

—responde con un deje de amargura en la voz—.

Recuerdo perfectamente que, cuando era una niña…

bueno, y no tan niña, mi padre convertía absolutamente cada comida familiar en una reunión empresarial encubierta.

En mi casa la disciplina, la apariencia, el protocolo estricto y éxito laboral estaban por encima de todo.

No había espacio para los errores ni para los sentimientos.

—Vaya… pues eso explica muchísimas cosas de tu forma de ser —digo con una ternura infinita, acercándome un poquito más a ella sobre los cojines.

Aitana me mira de reojo, entornando los ojos con curiosidad.

—¿Cómo cuáles?

Sonrío apenas, estirando una mano para rozar con delicadeza el borde de su vestido de gasa marfil.

—Pues, por ejemplo, lo mucho que te cuesta relajarte en el día a día, delegar en los demás o dejar que alguien se acerque a ti de verdad.

Tu miedo a no ser perfecta y cumplir con lo que se te exige.

También esa fuerza tremenda que tienes, esa determinación arrolladora de mujer alfa que a mí personalmente, me vuelve loca perdía.

Aitana suelta una risa bajita, una de las más genuinas y limpias que le he escuchado jamás, y se gira del todo hacia mí sobre la manta.

—No tienes ni idea de la cantidad de veces que me han dicho que soy una mujer demasiado rígida, fría e inflexible. Pero contigo… bueno. Contigo todo es diferente desde el primer segundo. Me fue imposible mantener la fachada.

El viento de la costa mueve el tejido de su vestido, dejando al descubierto parte de sus piernas. Tengo que hacer un esfuerzo monumental para seguir prestando atención a lo que dice y no quedarme completamente hipnotizada mirando su cuerpo.

—¿Andaluzas por el mundo rompiendo corazones de hielo, se llama la película? —bromeo para rebajar la intensidad, haciéndola sonreír de nuevo.

—¿Y tú? —pregunta ella de golpe, clavando sus ojos verdes en los míos con una intensidad analítica que me rompe las defensas—. ¿Qué miedo real escondes tú detrás de esa sonrisa permanente, ese desparpajo andaluz y esos chistes constantes? Todo el mundo tiene un escudo. ¿Cuál es el tuyo?

La pregunta me pilla por sorpresa. Aparto la mirada de sus ojos por un instante y me quedo observando el mar antes de responder, buscando las palabras adecuadas para desnudar mi alma por primera vez frente a ella.

—Me paso la vida entera entregándome a los demás —admito al fin en voz baja, con un tono mucho más serio de lo habitual y sintiendo un nudo pegado en la garganta—.

Dándolo absolutamente todo, desviviéndome por cuidar y ayudar a la gente que quiero porque que esa es mi manera de estar en el mundo.

Pero si te soy sincera... mi mayor terror, el miedo más oscuro que guardo aquí dentro, es quedarme sola.

Me aterra pensar que un día me ocurra algo malo, mirar a mi alrededor y sentir que no tengo a nadie a mi lado.

Que después de haber estado para todos, no haya nadie para mí.

Aitana me observa en un silencio absoluto, sumamente atenta, casi sin respirar, como si estuviera grabando a fuego en su mente cada palabra y cada sílaba que sale de mi boca.

—Y también tengo miedo de enamorarme de alguien que no juegue limpio, que se asuste de lo que hay y termine dejándome tirada —añado aún más bajo, casi en un susurro que se confunde con el rumor de las olas—.

Quedarme estancada, conformarme con una vida gris y terminar sufriendo el doble por haber sido una cobarde que no luchó por lo que de verdad le hace feliz.

Ella aparta la vista hacia el horizonte oscuro del agua durante unos segundos largos que se me hacen eternos, y noto cómo se le tensa la línea de la mandíbula.

—Yo pasé exactamente por esa situación hace unos años, ¿sabes?

—susurra finalmente, con una vulnerabilidad que me encoge el corazón—.

Ella se aprovechó de mí, del amor que sentía y de nuestra relación para robarme un proyecto en el que llevaba trabajando mucho tiempo.

Rompió todo lo que habíamos construido, me dejó con una sensación de inseguridad gigante y me juré a mí misma que jamás volvería a dejar que nadie se acercara tanto a mí como para tener el poder de destruirme de nuevo.

Mi pecho se aprieta de pura compasión y amor por ella. Sin pensármelo dos veces, acorto la distancia que queda en la manta y me pego a su costado, permitiendo que nuestros hombros se rocen con firmeza en un contacto cálido y reconfortante.

—Yo no soy ella, Aitana. Yo juego limpio siempre.

Aitana gira la cabeza muy lentamente hacia mí. La tengo tan cerca, tan increíblemente cerca que puedo ver el brillo titilante de las velas reflejado en sus pupilas y notar el olor a fresas y champán que emana de sus labios. Se me seca la boca al instante.

—Lo sé, Valeria —responde, y su voz grave tiembla de una manera tan sutil y hermosa que me dan ganas de comérmela a besos—. Contigo siento, por primera vez en muchos años, que de verdad puedo bajar la guardia sin peligro a salir herida.

El silencio que sigue a sus palabras ya no es incómodo; es el silencio más íntimo, cómplice y denso de toda mi vida.

Mi mano, que descansa sobre manta, se desliza lentamente hasta rozar los dedos de la suya.

Aitana no lo duda ni un solo segundo y entrelaza sus dedos largos con los míos de inmediato, apretándolos con fuerza, como si llevara deseando ese contacto físico toda la bendita noche.

Como si llevara deseándolo muchísimo tiempo en secreto.

Durante horas que se nos pasan volando como si fueran suspiros, disfrutamos de la brisa marina, del champán y del sonido rítmico del mar.

Hablamos de los sueños que aún tenemos pendientes por cumplir, de las locuras que nos gustaría hacer antes de volvernos viejas y de esas heridas del pasado que alguna vez nos dañaron el alma y que, de algún modo, todavía no hemos podido olvidar del todo.

Nos reímos con una complicidad absoluta al recordar el momento estelar de mi tropezón contra ella en su primer día de trabajo, y nos miramos con una intensidad abrasadora cada vez que las palabras se vuelven más profundas y el deseo contenido vuelve a reclamar su sitio entre las dos.

Y al final, cuando las velas están a mitad de consumirse, Aitana deja su copa sobre la mesa, se inclina muy lentamente hacia mí y todo lo que forma parte de nuestra vida en el resort, los horarios, los problemas, las diferencias de edad y las normas de la cadena desaparecen de la faz de la tierra.

Solo existe ella. Solo existimos las dos.

Y el delicioso, dulce y pecaminoso sabor de las fresas con champán en su boca cuando nuestros labios se funden por fin en un beso.