CAPÍTULO 22
VALERIA
A las ocho y diez de la mañana, me encuentro cruzando el umbral del edificio administrativo de Paraíso Azul con un café helado tamaño gigante en la mano derecha, unas ojeras que ni el mejor corrector de ojeras del mundo puede tapar y un nudo marinero en el estómago.
Después del beso de película que nos pegamos Aitana y yo contra aquellas malditas lonas, lo de dormir ha sido un concepto puramente utópico.
Cada vez que cerraba los ojos en la cama, mi mente traicionera me arrastraba de vuelta a la arena caliente, al calor abrasador de sus manos hundiéndose en mi cintura, al roce salvaje de su aliento contra mis labios y a esa intensidad desbocada con la que me besó, como si llevara siglos deseándome.
Ese beso lo ha cambiado todo de un plumazo.
Y cuando digo todo, es todo. Explica perfectamente por qué me he probado tres vestidos distintos antes de salir de casa esta mañana, antes de decidirme por este de lino blanco que se ajusta a mis curvas de categoría.
Explica también por qué llevo veinte minutos exactos ensayando mentalmente una conversación que, conociendo el temperamento de la fiera, tiene un noventa por ciento de probabilidades de terminar en una catástrofe de dimensiones épicas.
Y explica, sobre todo, por qué ahora mismo me detengo en seco frente a la puerta de madera del despacho que compartimos, aspiro una bocanada de aire acondicionado y trato de calmar el maldito temblor de mis manos.
Que parece que voy a entrar a una entrevista para que me hagan presidenta del Gobierno en vez de a enfrentarme a la mujer que me dejó las piernas temblando con un solo beso.
—Venga, Valeria, tira para adelante —me murmuro a mí misma en un susurro, dándome ánimos mientras me recoloco el bolso en el hombro—.
Tú puedes con esto y con más. Has sobrevivido a hordas de turistas alemanes borrachos pidiendo sangría a las nueve de la mañana, a despedidas de soltera caóticas y a Clara intentando encender una barbacoa. Aitana no te va a mandar al hospital.
Empujo la puerta con una decisión que no tengo y entro en el despacho.
Aitana levanta la vista del portátil apenas un segundo, el tiempo justo para registrar mi entrada y escanearme de arriba abajo con esos ojos verdes suyos que despiertan rincones de mi cuerpo que no sabía ni que existían, antes de volver a clavar la mirada en sus eternos informes y documentos.
Lleva puestas esas gafas de lectura de montura fina que acentúan su mirada y le otorgan un aire todavía más peligroso, elegante y de jefa implacable.
El despacho huele divinamente a café recién hecho y a su perfume, ese aroma a sándalo que se me ha quedado grabado a fuego en la memoria.
Un error gravísimo por mi parte, por cierto.
Porque ahora, cada vez que percibo una nota de esa fragancia, me invade un impulso casi irrefrenable de saltar sobre su mesa y besarla hasta que se le olvide cómo se deletrea la palabra "protocolo".
—Buenos días, Valeria —saluda con una voz completamente tranquila, medida y formal. Demasiado serena para la mujer que hace muy poco me devoró la boca como si le fuera la vida en ello.
Cierro la puerta despacio a mi espalda y me apoyo contra la madera un instante, buscando el equilibrio físico y mental que he perdido nada más verla.
—Buenos… sí. Buenos días, jefa —respondo, y mi voz suena muchísimo más insegura y aflautada de lo que me gustaría admitir. Maldita sea mi estampa.
Un silencio sepulcral se instala entre nosotras, roto únicamente por el sutil tecleo de sus dedos largos sobre el ordenador.
Ella sigue escribiendo como si yo fuera un mueble más de la estancia y yo permanezco de pie junto a la entrada, sintiéndome como la mujer más idiota de toda la Comunidad Valenciana.
Entonces, me cruzo de brazos y caigo en la cuenta de una cosa: cabe la posibilidad real de que Aitana pretenda activar su modo "Señora de Hielo" e ignorar lo que ocurrió ayer en la playa.
No, ni hablar. Esta vez no lo pienso permitir.
Dejo el café helado sobre mi escritorio y camino directamente hacia el suyo, deteniéndome justo al otro lado de la mesa. Sus dedos se detienen sobre el teclado al instante, quedándose suspendidos en el aire.
—Tenemos que hablar —afirmo sin rodeos, enfrentándome al problema de frente con toda la firmeza que logro reunir.
Aitana suelta un suspiro lento por la nariz, se quita las gafas con un gesto pausado y elegante, y las deja sobre la mesa con cuidado. Luego, se recuesta en su sillón de piel y me mira con una frialdad que ya no me creo.
—Valeria, si vas a empezar con lo del beso…
—No —la interrumpo con suavidad, levantando una mano para cortarle el discurso antes de que empiece—. No esquives de nuevo lo que ha pasado y hagas de ello un error. Vamos a hablar como dos personas adultas y sin esa coraza en la que te escondes cada vez que cruzas los límites conmigo.
Una de sus cejas se arquea.
—Eso suena a amenaza, ¿no crees? —pregunta, inclinando un poco la cabeza.
—Es que lo es —respondo de inmediato, sosteniéndole la mirada con descaro. Por primera vez desde que he entrado por la puerta, la comisura de sus labios se curva ligeramente hacia arriba en una microsonrisa. Eso me infunde un subidón de valor tremendo.
Apoyo ambas manos con firmeza sobre su pulcro escritorio e inclino el cuerpo, acortando la distancia física entre las dos.
—Lo que pasa entre nosotras no puede seguir pasando de esta manera. Nos estamos haciendo daño y esto es una locura.
La expresión de Aitana cambia al instante, volviéndose muchísimo más cautelosa, seria y reservada.
—¿A qué te refieres exactamente con "de esta manera"? —pregunta con una calma fingida que no le llega a los ojos.
Suelto una risa incrédula por la nariz y niego con la cabeza, enderezándome un poco.
—¿En serio me lo estás preguntando? Aitana, por favor...
Que nos estamos besando a escondidas por las esquinas del hotel, detrás de las lonas de los torneos y debajo de los escritorios como si fuéramos las protagonistas de una telenovela para adolescentes.
No podemos seguir así. Yo no soy una niña y tú tampoco.
—Valeria, entiende que… —intenta argumentar de nuevo, adoptando su postura defensiva corporativa.
—Que no he terminado de hablar, mi alma, espérate un momento —la detengo con un deje rotundo que la deja callada al instante—.
Si quieres tener algo conmigo, si de verdad te gusto aunque sea la mitad de lo que me gustas tú a mí, vamos a tener que cambiar las formas.
Sin juegos de poder, sin el rollo de jefa y empleada, y sin esconderte detrás del trabajo como una excusa para alejarme cada vez que te sientas vulnerable o te dé miedo.
Aitana guarda un silencio absoluto y no dice nada. Sus ojos fijos en mí empiezan a ponerme de los nervios, haciendo que el estómago se me de la vuelta, pero me mantengo firme en mis sandalias, apretando los puños.
—No voy a convertirme en tu entretenimiento de verano, Aitana —añado, hablando de más por culpa del dichoso torrente de adrenalina que me recorre las venas—.
No voy a ser la chica con la que te desfogas a escondidas los fines de semana mientras finges que no existo de lunes a viernes.
No podría soportarlo, las cosas como son.
Me gustas demasiado y a mí las montañas rusas de emociones me dan un mareo que no veas. Yo prefiero pisar tierra firme.
Ella baja la vista hacia sus propias manos unos segundos, entrelazando los dedos sobre la mesa como si necesitara desesperadamente ordenar sus pensamientos antes de soltar una respuesta boba.
Cuando vuelve a levantar la cabeza para mirarme, la coraza de hielo ha desaparecido de sus facciones.
Por primera vez desde que la conozco, Aitana parece humana, vulnerable e insegura.
Y ver esa pequeña grieta en su perfección me noquea el corazón.
—Si te soy completamente sincera, Valeria… no estoy muy acostumbrada a gestionar este tipo de situaciones —admite con una voz bajita, casi inaudible.
—Ya, bueno… yo tampoco estoy muy acostumbrada a ir enamorando a mis jefas —respondo, rompiendo la tensión del ambiente con una sonrisa tentativa y un guiño de lo más pillo.
Aitana niega despacio con la cabeza, soltando un suspiro que parece más bien de rendición absoluta.
Entonces se levanta del sillón con esa elegancia innata que tiene para todo, rodea el escritorio y se detiene justo frente a mí.
Está tan cerca, pero tan cerca, que vuelvo a olvidar cómo se respira.
Noto el calor que desprende su cuerpo y el aroma de su perfume me nubla el juicio.
—¿Qué es lo que propones exactamente? —pregunta, apoyando una de sus manos sobre un par de carpetas que hay en la estantería a nuestro lado, sin dejar de mirarme.
Su voz grave, modulada en un susurro íntimo, me recorre toda la espina dorsal como una auténtica caricia de fuego.
Trago saliva con dificultad, haciendo un esfuerzo monumental por sostenerle la mirada sin caerme de espaldas sobre el lino.
—Salir como dos personas normales. Una cita, Aitana.
Pero una de las de verdad. De las que se hacían antes.
Ir a algún donde podamos estar juntas y no tener que estar pendiente por si viene alguien.
Una cita donde no nos besemos escondidas detrás de una lona como si estuviéramos cometiendo un delito federal.
Una sonrisa auténtica, pequeña, un poquito tímida pero absolutamente devastadora, ilumina su rostro.
Aitana me observa en silencio durante unos segundos que a mí se me antojan eternos, analizándome como si estuviera tomando la decisión más importante de su carrera.
Luego, para mi absoluta e increíble sorpresa, asiente con la cabeza.
—De acuerdo.
Parpadeo dos veces seguidas, completamente desconcertada por la rapidez de su respuesta. Me he quedado en fuera de juego.
—¿De acuerdo… qué? ¿De acuerdo de que me das la razón o de acuerdo a lo otro?
—Acepto la cita, Valeria —aclara de viva voz, cruzándose de brazos sobre el pecho con esa postura de autoridad que tanto me intimida y me pone a partes iguales—. Tienes razón. Debemos hacer las cosas bien.
Mi cerebro tarda unos instantes en procesar la información y salir del bucle.
—Espera un momento, ¿qué? —balbuceo, abriendo los ojos como platos—. Pero bueno... ¿dónde se ha quedado tu famoso discurso de tres páginas sobre las normas internas del personal, el código ético de la cadena y los conflictos de intereses? Estaba convencida de que me ibas a soltar la de San Quintín.
—Lo tenía preparado mentalmente desde las siete de la mañana, no te lo voy a negar —confiesa ella con una media sonrisa de lo más pícara y sincera, dando medio paso más hacia mí—. Pero entonces has aparecido tú por esa puerta y de repente todo lo demás me ha dejado de importar.
Madre del amor hermoso. Que me da un síncope aquí mismo. Que alguien me traiga un abanico, por favor.
Aitana da el último paso que le quedaba, inclinándose ligeramente hacia mí de una manera que me revoluciona las pulsaciones.
—A medianoche. Cuando el complejo esté tranquilo.
—¿Dónde? —pregunto, casi sin hilo de voz, completamente hipnotizada por su cercanía.
Sus ojos verdes brillan con una complicidad que no le había visto nunca. Una chispa traviesa que me vuelve loca.
—¿Conoces el viejo faro abandonado que hay en la zona norte? El que queda justo al límite de la propiedad del resort.
Asiento con un entusiasmo que no puedo disimular.
—¡Claro que lo conozco!
—Paco, me enseñó un sendero escondido por allí hace unos días mientras revisábamos las luces exteriores de los jardines. Me dijo que lleva directo a una cala privada que es una auténtica preciosidad, una joya escondida.
No puedo evitar soltar una risotada tonta al atar cabos.
—Espera... ¿Paco?
—Paco cree firmemente que su jefa necesita, cito textualmente, “darse una alegría para el cuerpo de una vez y dejarse de tantos papeles” —explica Aitana con un suspiro resignado pero con una sonrisa terriblemente divertida dibujada en los labios—.
Palabras textuales que me soltó ayer mientras revisaba los generadores del club de playa.
Me echo a reír con ganas, con toda el alma, y Aitana me observa de una forma tan intensa, tan cálida y tan desprovista de escudos que el pecho se me aprieta de pura emoción. Me va a provocar un ataque al corazón, lo tengo clarísimo .
—A medianoche entonces. No te retrases —confirma ella, dando un paso atrás para regresar a su lado del escritorio, recuperando su postura profesional como si nada hubiera pasado.
—A medianoche en punto, jefa. Allí me tendrás —repito, sellando la promesa en el aire con una mirada que lo dice todo.
Diez minutos después, cuando salgo del despacho, os juro que tengo el corazón desbocado y una sonrisa de oreja a oreja tan grande y delatadora que, media hora más tarde, Clara casi se atraganta con un donut de chocolate al cruzarse conmigo en el pasillo de los vestuarios del personal.