CAPÍTULO 21
AITANA
—¿Me está secuestrando usted, señora directora? —pregunta con un tono de lo más sugerente y pícaro, con los labios a escasos centímetros de mi oído.
—Baja la voz de una vez, que te van a oír —le pido en un susurro desesperado, empujándola hacia un hueco oculto.
—Uy, qué miedo me da usted cuando se pone en plan jefa autoritaria, doña Aitana —susurra con un descaro provocador que me vuelve loca.
La arrastro hasta una zona muerta, parcialmente oculta a la vista de los clientes entre las estructuras metálicas del escenario y las lonas de los patrocinadores del torneo.
La música de la banda llega ahora hasta nosotras de forma amortiguada, lejana.
Cuando me giro del todo hacia ella, descubro que está muy cerca de mí.
Apenas nos separan unos milímetros de aire.
Valeria se cruza de brazos justo bajo el pecho, adoptando una postura desafiante, orgullosa y terriblemente atractiva.
—A ver, suelta ya de una vez ese discurso que traes preparado.
Intento con todas mis fuerzas recuperar el control de la situación, la frialdad ejecutiva y la distancia profesional. De verdad que lo intento.
—No puedes comportarte de esa manera tan ligera delante de los huéspedes del complejo, Valeria. Tienes una responsabilidad —digo, intentando que mi voz suene seria e imponente.
—¿De qué manera me he comportado yo, a ver? —inquiere ella, dando un paso decidido hacia delante que elimina cualquier rastro de distancia física. Nuestros cuerpos se rozan de arriba abajo, noto su calor corporal y ese aroma avainillado que desprende su piel.
—Estabas coqueteando de forma descarada con ella —le espeto, clavando mis ojos en los suyos.
—¿Y qué problema hay, si puede saberse? —susurra ella, entornando los ojos con un brillo cargado de pura insolencia y deseo reprimido.
—Sois parte del personal del resort, Valeria. Y yo, como tu superior, debo evitar que los huéspedes empiecen a ver vuestra interacción como una telenovela —le recuerdo, intentando usar mi cargo como un escudo que ya no me sirve de nada.
—Ah, claro, por supuesto. El problema real es la imagen del resort —replica ella con una sorna andaluza que me enciende la sangre—. No que te estés volviendo loca al imaginarme follando con Nadia.
El silencio cae de golpe entre las dos, un silencio pesado, denso y cargado de una electricidad estática tan brutal que juro que noto cómo saltan chispas.
Ella me observa fijamente con esos ojos marrones suyos llenos de insolencia, rebeldía y un deseo sexual tan evidente que me provoca un temblor brutal en el cuerpo.
—Estás muerta de celos, Aitana, y lo sabes bien.
—No confundas una llamada de atención con otra clase de sentimientos, Valeria —intento defenderme en un último y patético arranque de orgullo.
—¿Sabes qué es lo más divertido y lo que más me gusta de este numerito que me estás montando?
—me interrumpe ella, acortando los últimos milímetros que nos separan, obligándome a inclinar la cabeza hacia abajo—.
Que cuanto más intentas hacerte la fría e inalcanzable, más evidente es lo que sientes por mí.
Tus ojos verdes te delatan, Aitana. Siempre lo han hecho, desde el primer día que me viste. No sabes mentir.
La rabia me atraviesa el cuerpo como una descarga de alto voltaje, pero no es una rabia fruto del enfado. Es deseo puro, hambre atrasada y una frustración acumulada durante días de fingir una indiferencia que me está matando.
—Valeria... —murmuro su nombre a modo de advertencia ronca, con la respiración entrecortada.
—¿Qué pasa, jefa? —susurra ella, tan sumamente cerca de mi rostro que su aliento cálido roza mis labios de forma tortuosa—. ¿Te molesta acaso imaginarme gimiendo en su boca? ¿Te reconcome por dentro pensar que otra mujer me desee tanto como lo haces tú? ¿Es eso?
El aire se me queda atrapado en los pulmones, asfixiándome, porque sí: me molesta muchísimo.
Me vuelve completamente loca de atar. Me horroriza pensar en otra persona tocándola.
Es algo que va más allá de la lógica, que carece de sentido común y que rompe con todo lo que soy, pero me da exactamente igual.
Cualquier atisbo de distancia desaparece y mi cuerpo, completamente ingobernable, reacciona antes que mi cabeza y mis principios lo frenen.
La sujeto firmemente por la cintura con las dos manos, hundiéndole los dedos en la piel, y la pego a mí con una fuerza bruta.
Valeria suelta un jadeo sorprendido y ahogado contra mis labios, y ese sonido ronco me atraviesa el pecho como una flecha de fuego.
—No juegues conmigo de esa manera, Valeria, te lo aviso —murmuro, rozando mis labios contra los suyos con pura desesperación.
—A mí me encanta jugar con el peligro, jefa —responde ella en un susurro desafiante, levantando el mentón para clavar sus ojos en los míos—. Llevo muchos días esperando a que dejes de huir y hagas realidad todo lo que deseas conmigo.
Dios mío . Tiene granos de arena pegados en la clavícula, los labios ligeramente hinchados por el efecto del sol y esa mirada canalla que desmonta todas y cada una de mis defensas profesionales pieza por pieza, dejándome desnuda.
—Eres insufrible —susurro, incapaz de apartar los ojos de su boca, sujetándola de la mejilla con una mano.
—Y tú estás obsesionada conmigo —replica ella con una sonrisa lenta, de esas que me excitan y enloquecen a la par—. Y te gusto muchísimo, Aitana. Admítelo de una vez, que no pasa nada.
—No estoy obsesionada contigo.
Ella sonríe aún más, con una suficiencia deliciosa, y baja la vista de forma descarada hacia mi boca, humedeciéndose los labios con una lentitud tortuosa que me hace perder la cabeza.
—Pues mira, jefa, resulta que tu propio cuerpo parece estar opinando todo lo contrario ahora mismo.
Noto su respiración acelerada y caliente contra mi piel, el calor de su abdomen hundiéndose contra el mío a través de la ropa, la forma tan instintiva en que sus dedos largos se aferran con fuerza a mis hombros.
—Dime que no te estás muriendo de ganas por besarme y te juro por mi madre que te dejo tranquila y no te vuelvo a molestar en todo el verano. Dímelo si tienes el valor.
La miro fijamente a los ojos, intentando por todos los medios encontrar un mínimo rastro de cordura, una pizca de sensatez o un recordatorio de todo lo que está en juego.
Pero es inútil. No encuentro nada de eso.
Solo encuentro su boca perfecta, su olor a sal y vainilla, el recuerdo abrasador de lo que pasó bajo el escritorio del despacho, el tacto de sus manos entrelazadas con las mías en la penumbra...
y antes de que mi cerebro pueda levantar una barrera o detenerme, me inclino hacia delante y la beso. Otra vez. Con todo lo que tengo dentro.
Valeria responde al beso al instante, con una voracidad salvaje, como si llevara siglos enteros esperando a que diera este paso al frente.
Sus manos suben con rapidez por mi cuello hasta enredarse con fuerza en mi pelo, descolocándome el peinado, mientras yo empujo suavemente su espalda contra una de las lonas publicitarias que nos oculta del resto del mundo.
El beso deja de ser contenido; se vuelve profundo, húmedo, caliente, desesperado y hambriento.
Ella suelta un gemido bajito, ahogado y roto contra mi boca que me hace perder el sentido común y la noción de dónde demonios nos encontramos.
Mis dedos se hunden con fuerza en la carne de su cintura, los suyos tiran de mi cabello obligándome a profundizar más y más el beso, y el resort de lujo, los inversores, el torneo y el mundo entero desaparecen.
Solo existe este calor abrasador que nos consume.
Esta bendita locura de verano. Esta mujer que me está destrozando la vida tal y como la conocía.
Cuando finalmente nos vemos obligadas a separarnos por pura falta de oxígeno, ambas respiramos de forma agitada, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.
La frente sudada de Valeria queda apoyada con suavidad contra la mía y, durante unos segundos, somos incapaces de articular una sola palabra.
Porque ya no queda absolutamente nada que negar ni que ocultar.
Porque la tensión entre las dos acaba de explotar y porque ambas sabemos, con total certeza, que acabamos de cruzar un límite y no podremos volver atrás.